HUGO WAST" EL KAHAL-0RO.

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AENA

Noticia sobre el autor

Hugo Wast es el pseudónimo de Gustavo Martínez Zuvi- ría. Nació el 22 de octubre de 1883 en Córdoba. En 1907 se doctoró en Leyes. En 1910 fue titular de la cátedra de Sociología y en 1916 de la de Economía Política en la Uni- versidad Nacional de Santa Fe.

En 1915 afilióse al Partido Demócrata Progresista; e in- tegró, como candidato a vicegobemador de Santa Fe, la fórmula Thedy-Martínez Zuviría en las elecciones de 1916; las perdió como tal, pero salió elegido diputado nacional para el período 1916-1920, En 1922 renunció al partido por el rumbo sectario violentamente anticatólico que le im- primió Lisandro de la Torre.

En 1923 la Real Academia Española premió Valle Negro, y en 1928 lo designó miembro correspondiente. En 1926 recibió el Gran Premio Nacional de Literatura, En 1931 fue designado director de la Biblioteca Nacional y miembro de número de la Academia Argentina de Letras. En 1997 asu- mió la presidencia de la Comisión Nacional de Cultura. En 1941 desempeñó la intervención federal a Catamarca. En 1943 fue Ministro de Justicia e Instrucción Pública en el gobierno revolucionario.

El 28 de marzo de 1962 falleció en Buenos Aires, Fue un argentino insigne, fidelisimo a su Religión y a su Patria. Sobre su obra y su persona pesa un silencio canallesco, Gran novelista de costumbres, se interesó además en los pro- blemas y lacras de su amada tierra. Este libro es prueba de ello,

HUGO WAST

Miembro de número de la Academia Argentina de Letras Miembro correspondiente de la Real Academia Española Miembro correspondiente de la Academia de Letras Colombiana

EL KAHAL ORO

Editorial AOCRA Argentina

El Kahal y Oro tuvieron 22 ediciones, con un tiraje total de 106, ejemplares para cada una. Nacieron juntas y en un solo volumen; mas luego el autor las publicó en tomos separados, Aparecieron además en alemán, esloveno, ita- ! liano e inglés, En México se vendieron cinco ediciones clandestinas, no computadas en las cifras de esta página.

Todos los derechos reservados.

Hecho el depósito que marca la ley 11.723. Impreso en la Argentina.

'O Copyright para todas las ediciones en castellano,

I, EL KAHAL

1. Hace 30 años no había antisemitismo en la Argentina. Primeros antisemitas: los faraones de Egipto. El anti- semitismo no es producto del cristianismo.

Hace muchos años, en mi mocedad, escribí una no- velita con el título de El Judío, para no recuerdo qué revista española,

Me la devolvieron sin publicarla, y me dieron como razón de no aceptarla el que la obrilla defendía a los judíos, presentando como injusto el común re- celo de las gentes contra la raza judía.

Es posible que esta explicación no fuese más que un pretexto para devolverme la historieta, que, cier- tamente, era muy malucha. Pero es seguro tam- bién que tal excusa no se le hubiera ocurrido en aquel tiempo a ninguna revista argentina, Entonces no sabíamos aquí de los judíos más que lo que nos contaban los libros de Europa.

El episodio sólo sirvió para enardecer en mi joven corazón una romántica simpatía hacia el pueblo más perseguido de la historia.

No se me ocurrió pensar que aquella prevención, a mi juicio señal de intolerancia y de atraso, podía tener motivos que aún ignorábamos en la tierra argentina,

El judío era para nosotros uno de los tantos ex- tranjeros, que la excelencia del clima, la fecundi- dad del suelo, la dulzura de las costumbres y la ge-

-nerosidad de las leyes, atraen a nuestras playas in-

defensas.

Ni más ni menos que el francés, el alemán, el ita- liano o el español,

Nos vanagloriábamos de nuestros doscientos o tres- cientos mil inmigrantes anuales.

Teníamos confianza ilimitada en la poderosa pep- sina de esta tierra, capaz de asimilar los alimentos más heterogéneos. Y con pueril satisfacción com-

mos que nuestra literatura era francesa; nuestra filosofía, alemana; nuestra finanza, inglesa; nuestras costumbres, españolas; nuestra música, ita= liana; nuestra cocina, de “todos los países de la tierra”, como dice la Constitución,

En suma, no se advertía aquí malquerencia al extranjero; más bien lo contrario: una debilidad por las ideas y los gustos de afuera, Y el judío era un extranjero como los demás.

Han pasado treinta años. Seguimos creyendo que aquí no existe un problema inglés, ni francés, ni alemán, ni español, ni italiano. Pero ya no pensamos igual respecto de los judíos,

A nadie se le ocurre fundar periódicos para atacar ni defender, por ejemplo, a los vascos o a los irlan- deses. 1

Pero todos los días vemos diarios y revistas cuyo principal propósito, disimulado o no, es atacar o de- fender al judío.

¿Qué significa eso? Significa que este país, a pesar de que no tiene prejuicios de raza, ni prevencio- nes xenófobas, no ha podido comprar la paz inte- rior, ni con su hospitalidad sin tasa, ni con la gene- rosidad hasta el despilfarro de su riqueza y de sus puestos públicos y aun de su ciudadanía, y ha visto nacer el conflicto de que no se ha tibrado ningún pueblo, en ningún siglo: la cuestión judía,

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Efectivamente, releyendo las historias, penetrando ] hasta en los tiempos más remotos, observamos este

hecho singular; en todas partes el judío aparece en

lucha con la nación en cuyo seno habita,

Mil novecientos años anies de la era cristiana los israelitas se establecen en Egipto, conducidos por Jacob.

Siglos después, el Faraón se alarma y dice: “He aquí que los hijos de Israel forman un pueblo más numeroso y fuerte que nosotros. ¡Vamos! Tomemos precauciones contra él, porque si sobreviene una guerra, se podrían unir con nuestros enemigos y combatirnos.” (Exodo, 1, 9-10.)

Ni la hospitalidad de cuatrocientos años, ni la mul- titud de generaciones nacidas en el propio Egipto, habían convertido a los israelitas en ciudadanos de la nación, Seguían siendo extranjeros, y el Faraón temía que, en caso de guerra, se aliasen con los enemigos del suelo donde habían nacido.

Esto desencadenó la primera persecución antise- mita de que habla la historia. Se impusieron a los hebreos las más rudas tareas y toda clase de seroi- dumbres, y, como no bastara a disminuirlos, el Fa- raón llamó a la parteras y les ordenó que mataran a los niños recién nacidos, y discurrió otras iniqui- dades, que provocaron la cólera de Dios,

Sobrevinieron las diez plagas de Egipto, y los he- breos emigraron en masa, conducidos por Moisés, hacia la tierra prometida,

En el quinto siglo antes de nuestra era, los vemos en Persia, bajo el reinado de Jerjes 1, que es el Asuero de la Biblia, conforme al libro de Esther.

El decreto en que el rey manda «a los sátrapas y gobernadores de sus ciento veintisiete provincias pasar a degiiello a todos los hebreos, hombres y mujeres, viejos y niños, desde la India hasta la Etio- pía, se fundó en una acción que honra a Mardo- queo, el judío que no quiso doblar su rodilla delante de Amán, primer ministro, S

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ed la terrible carta de Asuero merece transori- irse:

“Hay un pueblo malintencionado, mezclado a to» das las tribus que existen sobre la tierra, en oposi- ción con todos los pueblos en virtud de sus leyes, que desprecia continuamente el mandato de los re- yes e impide la perfecta armonía del imperio que dirigimos. Habiendo, pues, sabido que este único pueblo, en contradicción completa con todo el gé- nero humano, del cual lo aparta el carácter extraño de sus leyes, mal dispuesto hacia nuestros intereses, comete los peores excesos e impide la prosperidad del reino, hemos ordenado... que sean todos, con mujeres e hijos, radicalmente exterminados por la

de sus enemigos, sin ninguna misericordia, el décimocuarto día del mes de Ader, del presente año.” (Esther, 13, 4-7,)

Es sabido cómo la reina Esther, que era judía, con- siguió de su esposo, el rey Asuero, la anulación del espantoso mandato.

Mil años antes de Cristo, bajo el reinado de Salo- món, hallamos israelitas hasta en España (Tarsis), encargados de proveerle de oro y de plata, (1 Reyes, 10-22,) 1

Y Estrabón, en el primer siglo de nuestra era, afir ma “que sería difícil señalar un solo sitio en la tierra donde los judíos no se hayan establecido po- derosamente”.

En todas partes proceden igual, forman un estado dentro del Estado, se infiltran en las leyes y en las costumbres y acaban por provocar el odio y la per- secución,

1 Actualmente España, después de treinta siglos de colo- vización judaica, no tiene sino tres mil israelitas en su te- rritorio; y el gobierno de la Generalidad de Cataluña acaba de negar permiso para instalarse allí a un grupo de judíos expulsados del Saar alemán y mo admitidos en Francia. La Argentina, con sólo medio siglo de colonización judai- ca, ya contiene 600.000 judíos, los cuales hay 300.000 en Buenos Aires, (Nota de 1935),

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“Los romanos —exclama Séneca— han adoptado el sábado!” Y en otro lugar: “Esta nación abominable (Israel) ha llegado a difundir sus costumbres en el mundo entero; los vencidos han dictado la ley a los vencedores,”

Y Tácito, por su parte, dice de los judíos: “Entre se guardan fidelidad y misericordia, pero contra todos los demás tienen enemistad y odio.” (Hist. V-5.)

El antisemitismo, o el odio al judío, no es, pues, un producto del cristianismo. Ha existido mucho antes de Cristo y también en pueblos como los árabes, enemigos a muerte de la Cruz,

Si el antisemitismo no es producto cristiano, ¿he- mos de pensar que sea anticristiano?

2. El odio a personas o razas es anticristiano. El odio a malas doctrinas, no. Escándalo de los fariseos. ¿San Pablo era anticristiano? ¿La Iglesia es anticristiana? Oremos, de pie, por los judíos.

El odio a un hombre o a una raza es siempre anti- cristiano; el mandato de Cristo es categórico: “amaos los unos a los otros”, sin distinción de razas, porque todos somos prójimos, hijos de Dios, y redimidos por la sangre del Redentor,

Pero conviene que nos expliquemos, porque al- gunos bondadosos católicos han dado en escandali- zarse cada vez que otro católico (afrontando los riesgos que acarrea toda actitud definida en estos asuntos) plantea el problema judío.

—“¡Acordaos que N. $. Jesucristo era judío y judía su Santísima Madre, y todos los santos apóstoles, y también San Pablo, etc., etc.T”

“¡Todo racismo es anticristianol”

“¡Los judíos se convertirán al final de los tiempos!”

Estamos de acuerdo. Pero si el odio a una persona o a una raza es siempre anticristiano, el odio a una mala doctrina, o a una institución que la encarna es, por el contrario, virtuoso y laudable.

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El odio a los protestantes es perverso y anticató. lico; el odio al protestantismo es profundamente católico, y hasta se han fundado órdenes religiosas para combatirlo,

Con la misma razón podemos decir que si el odio al judío es anticatólico, porque debemos amarlo como a prójimo, el odio a las doctrinas de la Si- nagoga, autoridad civil y religiosa del judaísmo, que persigue la destrucción de la Iglesia Romana y pre- tende establecer en todo el mundo el imperio de su espiritu, abolido por Cristo, y el dominio del oro, instrumento de opresión de los pueblos, ese odio, mejor dicho, ese toque de somatén contra la Sina- goga, es auténticamente católico, y no digamos cris- tiano, para no incurrir en confusiones, pues algunas E protestantes hacen muy buenas migas con e

Ya en tiempos de Cristo los fariseos aparentaban escandalizarse de su doctrina.

No nos asustemos, pues, de que algunas almas medrosas hoy se hagan cruces de nuestro lenguaje.

Hay ciertamente entre los judíos excelentes perso- mas, dignas de todo aprecio por sus virtudes natu- rales, pero son precisamente las que están fuera del espíritu y de los planes de la Sinagoga, enemiga milenaria de Cristo,

El propio Jesús, sin tener en cuenta las muchas excepciones que había entre las personas de su raza, entre ellas nada menos que su propia divina Per- sona y su Santísima Madre, y considerando sólo a la generalidad, llamó a los judíos raza diabólica: “Vosotros hacéis lo que habéis visto en vuestro pa= dre (el diablo). Respondiéronle diciendo: Nuestro padre es Abraham... Nosotros no somos de raza de fornicadores; un solo padre tenemos, que es Dios. A lo cual les dijo Jesús: Si Dios fuera vuestro padre, ciertamente me amaríais a mi... Vosotros sois hijos del diablo.” (Juan, 8, 38-44).

En esas palabras el Señor nos ha dado la clave para discernir quiénes son los que pueden llamarse hijos

mM

de Dios, no otros que aquellos que aman a Cristo, quien ha dicho: “Cuando yo seré levantado en alto de la tierra (crucificado), todo lo atraeré a mí” (Juan, 12,32). Je ll

La Sinagoga, que odia activamente a Cristo cru- cificado, quiere impedir su triunfo, pues significa su reprobación de ella, y desde hace veinte siglos trabaja por la destrucción de la Iglesia, que es el cuerpo místico del Redentor.

Uno de los instrumentos de que se vale la Sina- goga es el liberalismo, condenado por Pío IX en el Sillabus, pero vivo siempre en el corazón de esos católicos medrosos, aparentemente mansos y real» mente tibios, que se escandalizan hasta del propio Evangelio,

Si llamar a los judíos perseguidores de la religión no es cristiano, tampoco fue cristiano el primer már- tir de la nueva ley, San Esteban, muerto a pedra- das precisamente porque en la Sinagoga se atrevió

a Manos

“Hombres de dura cerviz y de corazón y oído in- clrcuncisos, vosotros resistis siempre al Espíritu Santo: como fueron vuestros padres, así sois vos- otros. ¿A qué profeta no persiguieron vuestros pa- dres? Ellos son los que mataron a los que preanun- ciaban la venida del Justo, que vosotros acabáis de entregar” (Hechos, 7.51.)

Si decir que los judíos son enemigos del género humano no es cristiano, no fue cristiano San Pablo, cuando dijo de ellos: “Los cuales también mataron al Señor Jesús, y a los profetas, y nos han perse- guido a nosotros, y no son del agrado de Dios, y son enemigos de todos los hombres.” (1. Tes,, 2. 15.)

Si llamar pérfidos a los judíos de todos los tiempos y sin hacer distingos, no es cristiano, tenemos que confesar que la Santa Iglesia Católica no es cristia- na, puesto que en las solemnísimas oraciones pú- blicas del Viernes Santo los llama pérfidos a gritos por el sacerdote celebrante, y —entiéndase esto bien—, no a los judíos del tiempo de Herodes, sino

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4 los de todos los tiempos y sin entrar en distingo, como si la perfidia fuera su característica,

Alguna razón tendrá la Iglesia infalible para cali. ficarlos a ellos, y solamente a ellos, como no lo hace con nadie,

Abramos el Oficio litúrgico, en las páginas corres- pondientes al Viernes Santo, y escuchemos las ora» ciones que reza en alta voz el sacerdote en la prin- cipal de sus ceremonias, que se llama la misa de los presantificados, misa que no tiene ni Introito, ni Gloria, ni Credo, ni Consagración.

Se reduce especialmente a las oraciones que ento- na el celebrante y que el pueblo acompaña puesto de pie,

Invita a rezar primero por el Papa; después, por los obispos, sacerdotes y otras órdenes de la jerar- quía eclesiástica. Luego, por el emperador, el rey, el gobernante, En seguida, por los catecúmenos, y por los herejes, y los cismáticos, y los judíos, y los paganos, y finalmente, por los enfermos, prisioneros y viajeros,

Es digno de notarse que, cuando se refiere a los ] herejes, cismáticos y paganos, no los califica de nin- guna menera, Se lnnita a decir: Oremos por los É herejes y cismáticos; oremos por los paganos. Pero cuando se refiere a los judíos, la Iglesia cam-

K bia de estilo, y solamente a ellos les agrega un ¿ enérgico calificativo: “Oremus et pro perfidis ju- ME dacis (Oremos por los pérfidos judíos). Y en se- > ida les remacha el adjetivo agregando estas pala- ras: “Dios Todopoderoso y Eterno, que no excluís de vuestra misericordia ni siquiera a la perfidia de los judíos, escuchad las oraciones...”

Muy curioso, además, y vale la pena llamar sobre esto la atención, es que, estando el pueblo de pie, al comenzar cada oración del Viernes Santo, la Igle- sia manda arrodillarse un momento.

Después que el sacerdote indica por quiénes se reza, si por el Papa, los obispos, los paganos o los _cismáticos, el diácono invita a ponerse de rodillas,

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con aquella frase que hemos cído mil veces: “Flec- tamus genua” (Doblemos las rodillas).

Solamente cuando se reza por los judios, la Iglesia no nos manda ponernos de rodillas, ni siquiera el Viernes Santo,

¿Qué quiere decir esta particular diferencia? Todo, en la liturgia, tiene su intención.

Los ritos en apariencia más insignificantes entra- ñan un sentido profundo, y cuando la Iglesia los mantiene por siglos y siglos, sin modificarlos a pesar de las gestiones que sin duda se habrán hecho, por algo será,

La explicación puede ser la siguiente: la Iglesia manda a rezar por la conversión de todos los here- jes, cismáticos y paganos, arrodillándonos, porque no teme que se conviertan falsamente y se intro- duzcan en el cuerpo del catolicismo para hacer obra de destrucción.

Pero esta confianza no la tiene con los judíos, y, al rezar por ellos, nos manda rezar de pie, preparados para defendernos.

Ni siquiera convertidos los cree seguros,

“El pérfido Judá no ha vuelto a de todo cora- zón; lo ha hecho con falsíad”, así dice el Señor Dios que los conocía por boca del projeta Jeremías. (3.10.)

La tradición católica no la vamos a hallar en los discursos y los folletitos de propaganda que preten- den enternecernos con la suerte de los pobrecitos judíos dueños del oro y acaparadores de las cose- chas argentinas, fundadores de la masonería y del comunismo, tantas veces anatematizados por los papas; propietarios de las radios, de los cinemató- grafos y empresas de publicidad; es decir, dispen- sadores de la fortuna y de la fama y de las posi- ciones políticas, que alucinan a tantos

La tradición católica comienza en las palabras de Jesús que los llama hijos del diablo; sigue en San Pablo, que los llama enemigos del género humano, y se perpetúa en la Iglesia, que desde hace siglos los

nv

llama pérfidos, y a la que no se le ha ocurrido, por quedar bien con nadie, modificar el oficio del Vier- nes Santo,

Los libros santos de los católicos nos enseñan la satánica obstinación del pueblo deicida, que, no contento con aceptar para su generación la culpa del mayor crimen del universo, todavía quiso que la sangre de Cristo cayera sobre la cabeza de los fudios no nacidos aún, pero que nacerían por los siglos de los siglos, para heredar el odio de sus remotos abuelos.

¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nues- tros hijos! Diabólica oración que encierra un secre- to de persistencia y malignidad.

¿Quién puede desear que algún día sobre la cabeza de sus hijos, que han de nacer, caiga la culpa de la sangre de Cristo? Pues ese horror es lo que pi. dieron los judíos para su generación y para su des- cendencia,

Oremos por los judíos, pero de pie, como lo manda la Iglesia católica,

Y no olvidemos que los judíos, hacia el fin de los tiempos, se convertirán, y desaparecerá la Sinagoga, enemiga de Cristo. ¿Qué no podrá esperar la huma- nidad de este hecho? Si el pecado de ellos (la cru- cifixión del Redentor) fue la riqueza del mundo, ¿qué no será la conversión de ellos? (Rom. 11.)

3. La supervivencia de Israel es un milagro. Doble enig- ma: su vitalidad y el odio universal que lo persigue. El judío es patriota y nómade. Añora la patria, pero no quiere volver a ella, “Esdras se llevó el afrecho”, dice el Talmud. Fracaso de la restauración de Palestina. La pa- tria real del judío es el mundo, Está cómodo en todas partes, pero no es asimilado en ninguna.

“El judaísmo ha triunfado contra la antigua poten- cia asiria, Ha sobrevivido durante 70 años a la dis- locación de su nación. Ha resistido los esfuerzos de Antioco Epifanio y de sus sucesores, Ha sido un

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obstáculo contra el cual se ha estrellado el vasto y poderoso imperio de los seléucidas, Ha sobrevivido al imperio romano. Afronta impasible desde hace 18 siglos el odio de todos los pueblos.

“En contacto con los dogmas y las prácticas reli- giosas de todos los pueblos del universo, el elemen- to judaico permanece el mismo, sin alteración y sin mezcla, En medio de los católicos, de los pro» testantes, de los mahometanos, de los idólatras, el judío queda siempre tan alejado de los unos como de los otros.

“Las persecuciones por el hierro, y el fuego, y el odio, y el desprecio no lo han cambiado. Desde hace uno o dos siglos, algunas naciones entre las cuales acampa, ya que no tiene patria en ninguna parte, lo han atraído con toda suerte de seducciones, le han dado la libertad, le han conferido los dere- chos cívicos, lo han admitido, cerrando los ojos, en el hogar doméstico. El ha aceptado todo y ha per- manecido siendo el mismo, y cuando todo cambia para él, él no cambia para nadie.

“Esta indestructibilidad no está en la naturaleza de las cosas, puesto que la historia no ofrece otro ejem- plo. Si ella no es un milagro permanente, es el re- sultado y la continuación de los milagros que refie- re la historia de este pueblo excepcional.” 1

Tan encarnizada persecución habría exterminado a cualquiera otra nación, El pueblo de Israel, sin te- rritorio y sin gobierno aparente, ha sobrevivido a muchos de sus perseguidores, y ófrece al historia- dor un doble problema: 1% Razón de su vitalidad. 20 Causas del odio universal que lo persigue,

Conviene dejar la explicación a libros de autores judíos. Ciertas cualidades de ese pueblo, aunque fuesen una gloria para él, suenan como injurias si son dichas por cristianos; y es mejor que sean auto- res de su raza quienes repitan en nuestra época, con

1 Mígne, Dictionnaire des Propheties et des Miracles, par Fabbé Secanu, t. 1, p, 22,

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otras palabras, lo que dijeron un Faraón y el rey Asuero, muchos siglos antes de Cristo.

Llamo la atención de quienes me leen hacia el hecho muy simple, pero muy significativo, de que no cito aquí sino escritores judios y de los mejores.

Teodoro Herzl, gran apóstol de la restauración de la patria israclita, dice: “La cuestión judía existe dondequiera que habitan judíos en cierta canti- dad... No es ni una cuestión económica, ni una cuestión religiosa, aunque a veces tenga el color de una y otra. Es una cuestión nacional, y para resol- be tenemos que hacer de ella una cuestión mun-

lial.” *

El judío, según Kadmi Cohen, en su libro Nóma- des, pertenece a una raza distinta de las otras, física y moralmente.

“La sangre que corre por su venas ha consercado su fuerza primitiva, y le sucesión de los siglos no hará más que reforzar el valor de la raza... La historia de este pueblo, tal como está consignada en la Biblia, insiste en todo instante en la prohibi- ción de aliarse con extranjeros... Y en nuestros días, como hace treinta siglos, la vivacidad de este par- ticularismo de raza se justifica y se mide con la escasez de los matrimonios entre judios y no judíos.

"El pueblo es una entidad autónoma y autógena, que no depende de un territorio ni acepta el esta- tuto real de los países en donde reside,

"Y es igualmente ese formidable valor, así confe- rido a la raza, el que explica este fenómeno único y exclusivo: de entre todos los pueblos, uno solo, el pueblo judío, sobreviviéndose a mismo, prolonga una existencia paradójica, continúa una duración ilógica y, para decirlo todo, impone la fulgurante claridad de la unidad, el signo resplandeciente de la eternidad y la supremacía de la idea, a pesar de todos los asaltos, de todas las desmembraciones y de

XT, Menos D'Etot Jul, París, Librarte Ligschutz, 192, p. 17.

todas las persecuciones ordenadas. Un pueblo ha sobrevivido a pesar de todo.” *

Tal aislamiento es una fuerza, pero al mismo tiem- po es un fenómeno, tal vez una monstruosidad,

Escuchemos aún a Kadmi Cohen,

“Desde la dispersión, la historia judía es una pa- radoja y un reto al buen sentido,

"Es una monstruosidad vivir durante dos mil años en rebelión permanente contra todas las poblacio- nes donde se vive, e insultar a sus costumbres, y a su lengua, y a su religión, por un separatismo in. transigente, ?

En suma, a ese sentimiento separatista, de que el Talmud (su Código civil, penal y religioso) ha hecho un dogma de fe; a ese horror por la mezcla de san- gre, debe Israel el no haberse disuelto en la marea cristiana, que lo ha envuelto y oprimido, como las aguas del diluvio al Arca de Noé.

Admiremos este patriotismo forjado como una co- raza con dos metales indestructibles: la nacionali- dad y la religión.

Todos los pueblos desterrados del suelo que los vie» ra nacer lloran un tiempo la patria perdida, pero acaban por refundirse en la nueva patria y olvidar su propia lengua, y su historia, y su religión.

El judío no. Lo hallamos en todos los siglos y en todos los climas; en Europa, en Asia y en América. Siempre está de paso, como un peregrino, con el hordón en la mano, cumpliendo las palabras del Exodo, que prescribe la forma de comer el cordero pascual: “Lo comertis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, el bastón en la mano, y lo co- meréis de prisa? (Exodo, 12-11.)

En vano las leyes de los países que habitan intentan avimilarlos y les atribuyen tal o cual nacionalidad y hasta los obligan a batirse por una bandera. Su

1 Kaomi Conex; Nómades, p. 26, cit. Posciss: Las fuer- zas secretas de la revolución, Fax, Madrid, 1932, p. 202. 2 lo: ibíd., p. 26, cit. Poxcins; Op, cit., p. 203,

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corazón está preso por las tradiciones de la ciudad santa, inspiradora de salmos exquisitos:

“A la orilla de los ríos de Babilonia nos sentába- mos a llorar acordándonos de Sión.

"En las ramas de sus sauces habíamos colgado nuestras arpas. Y allí los que nos tenían cautivos nos pedían que cantásemos; y los que nos habían oprimido nos pedían alegría diciéndonos: “¡Can- tadnos un cántico de Sión!”

"¿Cómo cantaríamos canción de Jehovah en tierra de extranjeros?

*Si me olvidara de ti, ¡oh Jerusalén!, que mi mano derecha se olvide de moverse; y que mi lengua se pegue a mi paladar.”

La dulce y melancólica canción del desterrado ter- mina en una tremenda imprecación contra los hijos del extranjero:

“Hija de Babilonia, bienaventurado el que te diera el pago de lo que nos hiciste,

”Bienaventurado el que tomase tus niños y los es- trellare contra las piedras.” (Salm, 137.)

Esta fidelidad feroz a su nacionalidad hace del ju- dío un ser insociable e inasimilable en país extraño.

En cualquier nación que habite, y aunque detrás de él tenga veinte generaciones nacidas en esa tie» rra, el judíó se siente cautivo, como sus antepasados a la orilla de los ríos de Babilonia.

Pero su adhesión a la tierra santa es de un ca- rácter singular,

Las nostalgias que tiene de su patria son puramente imaginativas.

Cuando Ciro, rey de Persia, conquistó el imperio caldeo, permitió a los israelitas, que Uoraban el cau- tiserio de Babilonia, la vuelta a Palestina,

Mas no fueron muchos los que aprovecharon el permiso, y siguieron a Esdras y Nehemías, los jefes de la nación judía restaurada, La mayoría, especial- mente los ricos e importantes, permanecieron en Asi- ria y Babilonia.

“Esdras se llevó el afrecho y dejó la flor de harina en Babel”, dicen la tradición y el Talmud, (Kidus- chin, fol, 70.)

Después de la guerra mundial se restauró en Pa- lestina, gracias al apoyo inglés —declaración Bal- four—, la patria israelita, que otros conquistadores habían destruído de nuevo.

Se entregó a Sión un territorio de veintitrés mil ki- lómetros para que lo gobernase bajo la protección de Inglaterra, y se hizo grande y costosa propagan» da invitando a los judíos de todo el mundo a volver a la tierra prometida, El gobierno inglés la ponía en sus manos; soldados ingleses los defenderían, si a los quinientos mil árabes, habitantes del suelo, se les ocurría discutir a los recién llegados el derecho de ser sus señores.

De los quince o veinte millones de israelitas que viven desterrados sobre el globo, ni cien mil acudie- ron al llamado de las dulces colinas de Judea.

Los otros siguen cantando el salmo: “que mi mano derecha se olvide de moverse, si te olvido, ¡oh Je- rusalén!; que mi lengua se pegue”... Pero no van, porque el judío sólo puede prosperar entre los cris- tianos.*

No nos asombremos de esta contradicción. Desde los tiempos de la Biblia, las más rudas contradic- ciones son frecuentes en el carácter del pueblo esco- gido, que era, a la vez, según palabras de Jehovah, el pueblo pérfido hasta cuando manifestaba el arre- pentimiento; “El pérfido Judá no ha vuelto a de todo corazón: lo ha hecho con falsía.” (Jeremías, 3-10.)

Nadie ha perfeccionado tanto el sistema capitalis- ta, como los banqueros judíos: Rothschild, etc.

Y nadie lo ha condenado con más acerbidad que los economistas judíos: Marx, etc.

1 En el año 1928 llegaron a Palestina 3.086 inmigrantes, poro emigraron 3,122, de los cuales 2.168 eran judíos. Se trata de un año normal.

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A e

El judío es conservador y es revolucionario, Con- serva con tenacidad sus instituciones, pero tiende a destruir las de los otros.

Es patriota como ningún otro pueblo, y al mismo tiempo, fácil para abandonar la patria. Se le en- cuentra en todas partes, pero no es asimilado en ninguna.

Y la razón es simple: la patria real del judio mo- derno no es la vieja Palestina; es todo el mundo, que un día u otro espera ver sometido al cetro de un rey de la sangre de David, que será el Anticristo.

Tal esperanza de un pueblo escaso y disperso pare- cería ridícula, si no fuera un dogma de su religión, una promesa de Dios por la boca de los profetas que le hablan desde hace miles de años, en las sina- gogas.

En la fiesta de año nuevo (Rosch Hassanah), pri- mer día del mes de tizri (septiembre), entre los aulli- dos del cuerno que toca treinta veces, leen siete la profecía de David:

“Batid palmas y aclamad a Dios con júbilo. Por qe Jehovah, el altísimo y terrible, someterá a todas 7 e y las arrojará a vuestros pies.” (Salm.

Hay en ese orgullo judaico una mezcla de patrio- tismo y de religiosidad, que, amasada por dieciocho po de Talmud, ha hecho el carácter del judío actual,

El más miserable de ellos se considera cien codos arriba del más noble y poderoso de los goyim (cris- tianos), pues forma parte del pueblo escogido,

“El mundo —afirma el Talmud-— no ha sido creado sino a causa de Israel. (Bereschith Rabba, sec. 1.)

”Si Israel se hubiera negado a aceptar la ley del Sinaí, el mundo habría vuelto a la nada.” (Sabbath, fol. 88.)

Ya el salmista lo proclamaba: “El (Jehovah) ha re- velado su palabra a Jacob, sus leyes a Israel. Y no

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ha hecho lo mismo con las otras naciones.” (Salm.

147. 19-20.)

¿Cuál fue el motivo de esta predilección divina?

El cumplimiento de las promesas a los patriarcas Abraham, lsaac y Jacob.

“Vosotros sois un pueblo santo para Jehovah —dice uno de los libros de Moisés, que constituyen la sa- grada Thora judía—. Jehovah os ha elegido para ser su pueblo predilecto, más que todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra, No porque vosotros sobrepaséis en número a los otros, puesto que sois el más pequeño de todos los pueblos, sino porque Jehovah os ama y quiere cumplir las promesas he- chas a vuestros padres” (Deuter., 7. 6, 8.)

¿Y de qué manera ha correspondido Israel?

Muy conocida es aquella amarga expresión del Eterno, repetida no menos de diez veces en los li- bros santos: “Pueblo de cerviz durísima eres tú. (Exodo, 33. 5.)

Si el orgulloso aislamiento en que le gusta vivir, fundado en la tradición y en la sangre, explica la su pervivencia del pueblo judío, es al mismo tiempo la razón del odio universal que ha provocado,

Bernardo Lazare, uno de los escritores judíos que mejor han disecado el espíritu de Israel, en su exce- lente libro L'Antisemitisme plantea la cuestión:

“¿Qué virtudes o qué vicios valieron al judío esta universal enemistad? ¿Por qué fue a su tiempo igual- mente odiado y maltratado por los alejandrinos y por los romanos, por los persas y por los árabes, por los turcos y por las naciones cristianas?

"Porque en todas partes y hasta en nuestros días, el judío fue un ser insociable.

Porque jamás entraron en las ciudades como ciu- dadanos sino como privilegiados. Querían ante todo, habiendo abandonado la Palestina, permanecer ju- díos, y su patria era siempre Jerusalén.

”Consideraban impuro el suelo extranjero y se creaban en cada ciudad una especie de territorio sagrado, Se casaban entre ellos; no recibían a na-

2

die... El misterio de que se rodeaban excitaba la curiosidad y a la vez la aversión” *

Es posible que si los judíos se hubieran regido so- lamente por las leyes de la Biblia, habrían acabado por confundirse con los pueblos cristianos. Mas se aferraron al Talmud, su código religioso y social, selva inextricable de prescripciones rigurosas que conferían a los rabinos, sus únicos intérpretes, una autoridad superior a la de Moisés y de los profetas.

“Hijo mío —ordena el Talmud—, atiende más a las palabras de los rabinos que a las palabras de la ley.” (Tratado Erubin, fol. 21 b.)

“Las palabras de los antiguos (léase rabinos) son más importantes que las palabras de los Profetas.” (Tratado Berachot 7, 4.)

El gran rabino Miguel Weill, en una obra funda: mental, dice: “Istael debe a la moral del Talmud en buena parte su conservación, su identidad y el mantenimiento de su individualidad en el seno de

Ta dispersión y de sus terribles pruebas”?

La misma idea, en Bernardo Lazare:

“El Talmud formó a la nación judía después de su dispersión... fue el molde del alma judía, el creador de la raza.” *

Pero al Talmud ya no lo leen sino los rabinos; la mayoría de los judíos ignora la lengua (un antiguo caldeo, muy difícil) en que está escrito,

Es verdad: el judío moderno ha perdido las ideas

sobrenaturales; no cree en Dios y, si observa algún

rito religioso, no es por piedad, sino por naciona- lismo.

El no lee el Talmud, pero su rabino lo lee, y eso basta para que el fuerte espíritu de la obra se di- funda en ese pueblo que ve en sus sacerdotes a los conductores de la raza.

1 a L'Antisemitisme, Jean Crés, París, 1934, t. L . 43 y 74. Pra Le Judaisme, ses dogmes et sa mission Introd.

génerale. París, A la Librairie isradlito, 1866, pág. 135, 3 Lazane: L'Antisemitisme. Jean Crés. París, 1934, t. L

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“El judío irreligioso y a veces ateo, dice Lazare, subsiste porque tiene'la creencia de su raza, Ha conservado su orgullo nacional; se imagina ser una individualidad superior, un ser diferente de los que le rodean, y esta convicción le impide asimilarse; porque, siendo exclusivista, rehusa mezclarse por el matrimonio con los otros pueblos.” *

4. Espíritu del Talmud: orgullo y astucia. El Talmud ha suplantado a la Biblia, Los rabinos mataron a los pro- fetas. Maimónides, ejemplo de astucia. El gobierno ju slo es una sociedad secreta. El Kahal. Misterio am- bulante,

¿Cuál es, pues, el espíritu de ese libro, que ha pre- servado a Israel de fundirse en la masa de los pue- blos cristianos? En dos palabras: el orgullo nacional y la astucia,

Dejaré otra vez la palabra a grandes escritores judios, que son testigos insospechables de preven- ción contra Israel,

Sin embargo, no se tema que un buen israelita pueda ofenderse porque le digan orgulloso y astuto. La simplicidad y -la humildad son virtudes del Evangelio, no del Talmud,

“El punto de vista utilitario de la moral judía, dice un escritor religioso de esa nacionalidad, aparece en el término mismo con que designan su ide: aque- llos que la enseñan: el término hokma, sabiduría,

"Mas no entienden que sabiduría sea conocimiento de Dios y mucho menos especulación filosófica, sino posesión de los medios prácticos para llegar al fin de la vida, que es la felicidad; la sabiduría es, pues, la habilidad, la prudencia” 2

Quien dice habilidad y prudencia, dice astucia. No hay nada más sutil y travieso que la casuística de un rabino, experto en el Talmud.

1 Lazane: Op. cit., t, 1, pág. 138, 2 Ap, Lons: Les Prophetes d'Israél. París, La Renaissance du Livre, 1935, pág. 374.

27

AA OA PS

Diremos en pocas palabras lo que es el Talmud, Los judíos, desde la más remota antigiiedad, reco- nocían una ley oral, con que se interpretaba la ley escrita (de Moisés y sus profetas). Esta ley oral se llamaba Mischna (segunda ley), y con el andar de los siglos llegó a ser infinitamente copiosa y confirió un poder inmenso a los doctores que la conocían y la interpretaban.

Pero la vida entera de un hombre no bastaba para aprender de memoria y trasmitir de palabra a un su- cesor aquella colosal legislación, y se fueron per- diendo millares de reglas.

En el siglo 1 (Era Cristiana), el rabino Jehuda el Santo, condolido de la desaparición paulatina de tantas prescripciones, resolvió recogerlas por escri- to, violando con ello cierta regla que lo prohibía.

Contocó un sínodo de doctores y empezó la re- dacción de la Mischna, y luego aparecieron los co- mentarios de los rabinos, o sea la Guemara.

Estos comentarios constituyeron el Talmud, Casi simultáneamente se redactaron dos: uno en Tibería- des, que se llamó Talmud de Jerusalén, y otro en Babilonia, que lleva su nombre, Este es el más acre- ditado y el que generalmente se cita.

No sólo contiene todas las grandes cuestiones teo- lógicas y filosóficas que interesan a la humanidad, y se refieren a la naturaleza y a la creación del hom» bre, al alma, a la vida futura, a la resurrección, me- tempsicosis, cielo e infierno, ángeles y demonios, deshiladas en hebras finísimas, verdaderos cabellos partidos en cuatro; sino también innúmerables le- yendas, poéticas y pueriles, graves y ridículas; y nociones acerca de todo, agricultura y matemáticas, higiene y astronomía, metafísica e historia sagra-

El lector pierde la paciencia y pasa de la admira- ción a la sorpresa, a la indignación misma, atraído w desorientado alternativamente, por aquel fárrago de contradicciones y de extravagancias, de gran-

deza y de puerilidad, de profundidad y de pomo- y

grafía...

Y si considera que el Talmud ha sido durante casi dos mil años el alimento espiritual de todo un pue- blo, y ha suplantado a la Biblia, no puede menos de caer en profundo estupor,

Recordemos la acerba palaba de uno de sus Pro- fetas:

“He aquí que para la mentira ha trabajado la plu- ma engañadora de los escribas.” (Jeremías, 8, 8.)

Los rabinos mataron a los profetas, y su casuística utilitaria y astuta sirvió maravillosamente para que aquel pueblo odiado y perseguido se doblegara bajo la persecución y se adaptara, y subsistiera, y pros- perase.

“El Talmud y las legislaciones antijudías, dice Ber- peleo Lazare, corrompieron profundamente al ju- dío.

Más adelante completa así su pensamiento:

“En esta guerra que, para vivir, tuvo el judío que librar contra el mundo no pudo salir vencedor sino por la intriga, Y este miserable, condenado a las humillaciones y a los insultos, obligado a agachar la cabeza bajo los golpes, bajo los vejámenes, bajo las invectivas, no pudo vengarse de sus enemigos, de sus verdugos, sino por la astucia.

"El robo y la mala fe fueron sus armas, las únicas armas de que pudo sertirse, y así se ingenió para afilarlas, complicarlas, disimularlas.” *

Siento la necesidad de repetir que B. Lazare es un escritor judío que goza de gran autoridad.

Y lo que afirma podría ilustrarse con ejemplos. Básteme citar uno solo, por la actualidad que tiene.

Hace poco tiempo los judíos han celebrado el oc- havo ventenario :Lel nacimiento de Maimónides (30 de marzo de 1135) con entusiastas ceremonias, con=

1 M, Lazane: L'Antisemitisme, Jean Crés, París, 1934, t. H, pág. 231.

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ferencias, escritos, que nos presentan al sabio cor- dobés como un Tomás de Aquino de la Sinagoga.

Era ciertamente un hombre extraordinario, pero en la Iglesia católica no hubiera llegado a los altares.

Rabino perfectísimo, por su ciencia, por su into- lerancia y por su astucia, escribió un libro que puede considerarse un segundo Talmud, la Mischna-Thora,

De una ortodoxia audaz y al mismo tiempo rígida, no consideraba verdadero israelita al que discrepa- ba en cualquier punto de su doctrina,

Pues bien, “es ún hecho extraño, pero del que no se puede dudar, que el mayor doctor de la Sina- goga, a quien llamaban la antorcha de Israel, la luz del Oriente y del Occidente, y a quien un ada- gio presentaba como un nuevo Moisés, durante diez Y seis o diez y siete años ha profesado exteriormente la doctrina musulmana”!

No nos escandalicemos demasiado de esta apa- rente apostasía, que no era más que un rasgo de astucia talmúdica, Maimónides tenía en El Cairo el empleo altamente provechoso de médico a sueldo del emperador Saladino,

Además, era autor de una obra en que sostenía ser lícito apostatar aparentemente,

Los rabinos del Talmud han trabajado, pues, el barro milenario de los judíos bíblicos, duros y re- zongones, y han hecho al judío de Los Protocolos de los Sabios de Sión,*

Pocos problemas tan difíciles de resolver como los que se relacionan con el gobierno interior de este pueblo, No hay misterio mejor guardado que el de sus telones,

1 Franck: Dictionnaire des Sciences Philosophiques, artic. Maimónides.

2 Sin pronunciarme sobre la insoluble cuestión de la auten- ticidad de Los Protocolos, me límitaré a decir que con bue- mas palabras los pos alegan que son falsos; pero, con

hechos, todos los días nos prueban que son verdaderos. Los los serán falsos... pero se cumplen maravillosa-

mente,

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El gobierno judío es una verdadera sociedad se- creta,

Y así como en todas las sociedades secretas existen iniclados que no pasan de las últimas filas y no pe= netran jamás en los bastidores, ni llegan a conocer a los directores de las figuras que ven moverse en el proscenio, así en el judaísmo hay circuncisos de absoluta buena fe que ignoran la constitución y hasta la existencia mismo del Kahal, es decir, de la autoridad que desde la sombra gobierna a su na- ción,

El poeta Heine, que era judío y sabía a qué ate- nerse, ha dicho:

“Las acciones y los gestos de los judíos, al igual que sus costumbres, son casi ignoradas del mundo. Se cree conocerlos porque se ha visto su barba; pero no se ha visto nada más que eso, y, como en

Edud Media, los judíos continúan siendo un mis- torio ambulante”

Ml boceno de oro, Israc), ¡he aquí tu dios! ¿Fronía texto sagrado? ¿Profecía? El judío mo es productor. == Un texto del Talmud sobre la agricultura. El oro, úni-

Israel lleva en su propio nombre un poco su des» tino.

Israel significa en hebreo: el que lucha contra Dios. (Gen. 32, 28.) Y, en efecto, la historia del pueblo escogido es la batalla de Dios, que quiere condu- cirlo por los caminos de su providencia y se estre- lla en su rebeldía y obstinación,

“Desde el día que salisteis del país de Egipto, hasta que entrasteis en este lugar (la tierra prometida) ha- béis sido rebeldes a Jehovah.” (Deuter., 9. 7.)

Colmado de promesas y de favores, libertado mi» lagrosamente de la esclavitud de los egipcios, ape- nas se aleja Moisés, empieza a rezongar, y pide a Aarón, sumo sacerdote de Jehovah, que le fabrique un ídolo para adorarlo.

31

2 E AM

Aarón consiente; recoge las joyas de las mujeres, las funde, fabrica un becerro de oro y lo presenta al pueblo:

“Israel, ¡he aquí tu dios!” (Exodo, 32, 4.)

Estas palabras fueron de los israelitas, según el sa- grado texto, Seguramente fueron también las de Aarón,

Pero el hermano de Moisés ¿con qué espíritu las pronunció? ¿Fue un ironista o un profeta?

¿Quiso decirles: “¿A qué me pedís un dios, si ya lo tenéis y lo adoráis en secreto, y es el oro?”,.o pre- tendió anunciarles cuál sería su destino y el móvil de su futura política?

¡No sé! Sin embargo, sospecho que cuando en la sinagoga el rabino desenvuelve el venerable rollo de la Thora, donde sobre una piel escrupulosamente preparada está escrito el Pentateuco, al exponer el pasaje del becerro de oro, debe sentir la misma per- plejidad.

¿Profecía? ¿Ironía?

Y, no sabiendo cómo resolver la cuestión, se enco- gerá de hombros, ¿Qué importa? Al fin y al cabo, el amor al oro está prescrito en sus libros santos, El Zohar, comentando las bendiciones de la Biblia, afirma que “la bendición en la tierra consiste en la riqueza.” (1-87 b.)

Pero el judío no es productor. Prefiere ganar la riqueza por el intercambio. Al servir de intermedia- rio entre los que producen y los que compran, algo queda siempre en sus manos, y se acumula y consti- tuye su capital,

No se aviene sino con las ocupaciones sin raíces, que le permiten estar de paso en todas partes: el pequeño comercio, la pequeña industria, el présta- mo, la comisión, la banca, Y en los últimos tiempos, las profesiones liberales,

En la Argentina se han creado colonias judías, co- piosamente regadas por las subvenciones del Barón Hirsch, Entre Ríos, Corrientes —la Mesopotamia argentina— estuvieron a punto de ser la nueva Me-

sopotamia judía, Pero al cabo de pocos años el co- lono abandonó el arado, se transformó en comer. ciante, y dejó en su lugar, en la tierra desdeñada, a un italiano, a un español, que serían sus mejores elientes,

La colonización judía en la Argentina ha fracasado.

No en vano aconseja así el Talmud: “El que tiene 100 florines en el comercio come carne y bebe vino todos los días; el que los tiene en la agricultura come pasto.”

“El que quiera hacer agricultores de los judíos, dice Teodoro Herzl, comete un extraño error *

Y otro autor judío amplía el pensamiento:

“El instinto mismo de la propiedad, que, por otra parte, resulta del apego a la tierra, no existe en los semitas, esos nómades que nunca han poseído el suelo y no quisieron poseerlo, De ahí sus tendencias Comuntetas innegables, desde la más remota anti-

La sola riqueza indiscutible para el judío es el oro, que se adhiere a su dueño y lo acompaña en sus avatares, y se puede guardar indefinidamente, es-. conder y transportar.

Mientras los otros pueblos manejaban la espada, el judío, arrinconado en el ghetto, aprendía los se- cretos del oro,

Y a medida que lo acaparaba, y a fin de aumentar su valor, sus financieros iban haciendo penetrar en las universidades y en los libros cristianos una doc- trina que les convenía, y que el mundo ha aceptado, como un dogma económico, pero de la cual se mo- farán los siglos futuros: “No puede haber moneda sana, que no tenga por garantía el oro.”

Fetichismo funesto, verdadera trampa judía.

Es imposible apoderarse de toda la riqueza de un país, Pero no tan difícil fiscalizar sus negocios, para quien logra fiscalizar su moneda.

1 Tn, Herzi.: L'Etat Juif, pág. 77. 2 Kabmi Conex; Nómades, p. 85.

La riqueza de una nación vale cien mil millones. ¿Quién posee cien mil millones para comprar una nación?

No es necesario! La moneda de esa nación no pasa

le mil millones, El que se apodere de esos mil mi- Mones en dinero líquido se habrá apoderado del

Ís, Pero tampoco es necesario. Esa moneda es papel, cuya garantía son quinientos millones en oro.

Bastaría adueñarse de ese oro, aunque se lo dejara dormir en las cajas de sus bancos, para dominar los negocios y poseer prácticamente la riqueza entera d ; la nación,

a judaica. he de los fi-

La doctrina del oro, como supermoneda universal, conduce al superreinado de Israel sobre el mundo.

Este es el sentido en que debe interpretarse el fa- moso manifiesto de Adolfo Crémieux, fundador de la Alianza Israelita Universal, que ya en 1860 se di- rige a Moisés Montefiore y le dice:

“...80 —No está lejano el día en que todas las ri- quezas de la tierra pertenezcan a los hebreos.”

Ciertamente, no lograrán nunca apoderarse de to- dos los campos, de todas las fábricas, de todos los ferrocarriles, de todas las empresas cristianas; pero, al apoderarse del oro, a en sus manos todos los medios de pago de la humanidad, que se fundan en el oro.

Podrán provocar crisis y encender guerras y pre- parar por ellas la revolución mundial, que allanará el camino del Anticristo, su mesías,

En el capítulo V de la segunda parte de esta no- vela, el banquero judío Blumen dice a los financie- ros consternados por la noticia de que un alquimista

ha descubierto la manera de producir oro artificial al precio del jabón:

“Algún día la humanidad se asombrará de que haya habido una época en que ella misma se dejó encerrar en esta prisión israelita del prejuicio del oro, Hallará inconcebible una crisis, como la actual, en que el mundo, conservando y hasta aumentando sus fuerzas productoras, ha vivido pereciendo de miseria, por carecer de medios de pago, a causa de que el oro, del que nuestros sabios han sabido hacer la base de las monedas universales, ha sido retirado de la circulación, en grandes masas, por nosotros mismos...”

Nunca había el mundo presenciado la avidez por el oro, que actualmente se observa, En todas las calles de esta ciudad y en todas las ciudades de la República y del mundo han aparecido sugestivos le- treros: “Se compra oro”, “Compramos oro”. “Oro, oro, oro, pagamos el mejor precio.”

No es una simple casualidad: es el indicio claro de una política no menos clara, aunque se dirige desde la sombra: la política del Kahal, que por un lado incita a los judíos a acaparar el oro, y por el otro difunde en libros, periódicos y universidades la docirina económica que ha dado al metal amarillo un privilegio insensato,

Con el andar del tiempo se verá que esla crisis ha sido una vasta maniobra de financieros, para quie- nes los mejores semilleros de negocios son las crisis y las guerras.

Esta crisis prepara la guerra que acabará en una colosal revolución e introducirá el caos en las na- ciones. Del caos saldrá lo que el Talmud promete a Israel,

“El Mesías dará a los judios el imperio del mundo, al cual estarán sometidos todos los pueblos.” (Trat. Schabb £. 120 c.l.)

¿El Mesías? ¿Acaso los judíos esperan el adveni- miento del Mesías?

35

Es posible que algunos it de esos que todavía Moran al pie del muro de las lamentaciones en la Ciudad Santa, conserven la esperanza de un Mesías personal, que vendrá como un rey omnipotente au realizar las profecías.

Pero la inmensa mayoría, inclusive sus teólogos de más autoridad, han abandonado hace tiempo esa interpretación.

No creen en el Mesías, pero creen en la misión me- siánica de Israel.

Y se apoyan en las palabras de Moisés, en la últi- ma asamblea general de su nación (Denuter, 30, 1-9), donde, como en un testamento, predice la futura grandeza del pueblo escogido.

“En esta profecía —observa el gran rabino y teó- logo Weill— no hay ninguna mención directa ni in- directa de un mesías personal... Ningún vestigio de.un rey, príncipe o personaje cualquiera, encar- gado de esta misión reparadora. Moisés no conoce, o al menos no anuncia, al Mesías personal, Predice una regeneración, un renacimiento nacional... Este mesianismo se resume en una restauración moral y religiosa” *

Tan restringida interpretación de las profecías con- cuerda muy bien con la religiosidad judía, deísmo vago o inanimado, pequeño par de alas de su nacio- nalismo pesado, vigoroso y materialista.

El judío encuentra insustancial la esperanza del cielo. No sabe ni quiere saber de las cosas del otro mundo. Cree en el paraíso terrenal.

No siempre es ateo, pero siempre es anticristiano,

“Habría que examinar, dice B. Lazare, cuál ha sido la contribución del espíritu judío al terrible anticle- ricalismo del siglo xvm. 2

Sabido es que de ese anticlericalismo brotó el libe- ralismo del siglo xrx, pesado mar Muerto en cuyas

1 Micnen Wet1: Le Judaisme, Librairie A. Franck. Paris, 1869, t. IL, pp. 409-421. 2 Lazane; Op. cit, t. 1, p. 193,

o plúmbeas ninguna vida espiritual subsiste; f Sei taimada que encendió las luchas religiosas y políticas de aquel siglo, y atiza la guerra social del presente. y Dejemos otra vez la palabra al autor de L'Antise- mitisme, “En la historia del liberalismo moderno en Alema- nia, en Austria, en Francia, en Italia el judio ha desen; lo un gran papel. Abe

"El liberalismo ha marchado a la par del anticleri- calismo. El judío ha sido ciertamente anticlerical; él. ha provocado el Kulturkamp, en Alemania; él ha aprobado las leyes Ferry, en Francia, Es justo decir que los judíos liberales han descristianizado, o a lo menos han sido los aliados de los que fomentaban esta descristianización, y, para los antisemitas con- servadores, descristianizar es desnacionalizar.” 1

Recojamos esta preciosa confesión: el judío es un poderoso factor antinacional.

Por el apego que tiene a sus tradiciones, por su espíritu de economía, por su admirable patriotismo, se nos presenta como un tenaz conservador.

Y lo es, pero conservador de sus propias institu- ciones.

Sumergido en un ambiente cristiano, resulta inso= cial, inasimilable y revolucionario,

Citemos otro testimonio insospechable:

Oigamos de nuevo a Teodoro Herzl, en una estu- penda confesión:

“Abajo nos volvemos revolucionarios proletarizán- donos, y constituimos los suboficiales de todos los partidos subversivos, al mismo tiempo que se agran-

- da arriba nuestra temible potencia financiera.” ?

“El judío tiene espíritu revolucionario; consciente 0 no, es un agente de revolución”, dice B. Lazare. Y más adelante agrega esta observación: “El día en

Y Lazare: Op, cit., t, UL, p. 224. Dia a L'Etat Juif, París, Librairie Lipschutz, 1926, Y. 34,

37.

que el judío ocupó una función civil, el estado cris- tiano se puso en peligro... En ese gran movimiento que conduce cada pueblo a la armonía de los ele- mentos que lo componen, los judíos son los refracta- rios, la nación de la dura cerviz.”*

Palpita en las entrelíneas de estos escritores el orgu- llo de la raza, porque esa condición de revoluciona» rio y de insociable que confiesan es toda una defi- mición: El judaísmo no es una nacionalidad, no es una religión; es un nacionalismo; mejor todavía, un

hi nealismo,

esto es lo que sintieron dos mil años antes de Cristo los primeros antisemitas de la historia, los faraones de Egipto, y después todos los pueblos de todos los siglos,

No podía nuestra joven patria ser una excepción, y ya tiene también su conflicto,

El judío argentino no es generalmente el personaje antipático que han caricaturizado los escritores euro- peos.

Por de pronto, no es mezquino. Nosotros conoce- mos otros pueblos que son característicamente cica- teros y miserables.

El judío no. Cuando pobre, es económico hasta el heroísmo. Pero cuando rico, es generoso y gran se- ñor, como nadie,

No es áspero ni prepotente, Por el contrario, sus maneras son civiles y afables, Nadie sonríe como él; nadie es complaciente como él.

Añádase que es dúctil, tenaz e inteligente, y suple con sagacidad y perseverancia las condiciones de fuerza o de genio que pueden faltarle,

Los argentinos no hemos inventado la cuestión ju- día. Existía fuera de aquí y mucho antes que noso- tros, Ahora existe aquí, porque los judíos mismos la han planteado. Recordemos las palabras ya cita das de su gran apóstol Herzl; “Tenemos que hacer de la cuestión judía una cuestión mundial”

1 Lazane: Op. cit,, t. IL, pp. 182, 225, 269, 38

Debemos creer que la Argentina tiene para ellos una atracción especial, Y aun hubo un tiempo en que pensaron seriamente hacer de una porción del territorio argentino (tal vez la provincia de Entre Ríos o el norte de Santa Fe) la tierra prometida, donde se cumplirían las profecías de sus libros santos,

Les parecía fácil lograr de nuestro gobierno una cesión de territorio, que transformarían en nación independiente. Y hasta llegaban a creer que nos ha- lagaría mucho su preferencia. ta no es una suposición gratuita. He aquí las pa- labras del gran sionista ya citado, Teodoro Herzl:

“La República Argentina tendría el mayor interés en cedernos parte de su territorio. La actual infil- tración judía ha producido allí, es verdad, cierta inquietud. Sería, pues, necesario explicar a la Re- pública Sram, la diferencia esencial de la nueca

asa

da apatía criolla, que es una forma de la genero- ada petrificada en el preámbulo de la Constitu- -elón, todavía no le inquieta la infiltración judía en nuestro comercio, en nuestra hacienda, en nuestras leyes, en nuestra enseñanza, en nuestra política y en nuestro periodismo, No le damos importancia al descanso del sábado, porque le llamamos sábado inglés, y No nos preocupa la multiplicación de esas escuelas misteriosas, en que se enseña a los niños argentinos, no solamente una lengua, sino un alfabeto extraño, que hace poco menos que imposible vigilar el espí- ritu de esa enseñanza, Cuando pensemos de otro modo, ¿será tiempo to- davía? e Repitamos las palabras de Bernardo Lazare, cuyo testimonio es irrecusable: “El día en que el judío ocupó una función civil, el Estado cristiano se puso. en peligro” E

1 Tu. Henzt: Op. cit., 94.

Buenos Aires, cabeza enorme de una república de

¡ción escasa, palanca de dirección omnipotente de este país sin tradiciones, densamente extranjeri- - zado, puede ser la Babilonia incomparable, la capital

del futuro reino de Israel,

Ni Nueva York, ni Varsovia podrían disputarle el honor de ser la cuna o la metrópoli del Anticristo, Nuestros judíos no creen, seguramente, en el Me- , pero en la misión mesiánica de Israel, que día tendrá a todas las naciones a sus pies,

ladie como el judío está armado para esta con- - quista universal, que no se realizará por la espada, ino por el oro, el arma de los tiempos modernos. En muchos pueblos se está librando ya la gran batalla financiera, que primero conduce a la crisis, luego a la guerra y, finalmente, a la revolución, El judío la fomenta, la dirige, la subvenciona, y cuando ha hecho tabla rasa del estado cristiano, la ofoca y se instala en el Capitolio vacío, a gobernar bajo la inspiración del Kahal, precursor del Anti- - cristo,

La revolución rusa es un ejemplo actual y com-

-pleto,

Y ésta es la razón por la que, en todos los pueblos,

A contra el que se ha levantado constante y 'gicamente la voz de los Papas: “¡muera el ju-

- dío!” haya querido ser sinónimo de “¡viva la Pa-

Porque dos nacionalismos no pueden coexistir en la misma nación,

Buenos Aires, 22 de abril de 1935.

IL. Dos enemigos en la Sinagoga

El 15 de setiembre de 1887 se levantó el censo de Buenos Aires.

Sobre 433,000 habitantes, aparecieron 366 isracli- tas, reconcentrados en los barrios del norte y del en el triángulo que forman las calles de Cór- y Junín cortadas al sesgo por el Paseo de

Ma pasado casi medio siglo, ¿Cuántos son ahora? Lo ignoramos, porque una necia preocupación li- ha borrado de las planillas de los censos la pregunta sobre la religión de los censados.

Al pobre estadígrafo a quien se le ocurrió la idea de eliminar ese dato, con una inspiración digna del boticario Homais, le interesaba más saber cuántos eretinos, tuertos y músicos ambulantes hay en Bue- mos Aires, que cuántos católicos, protestantes, bu- distas o teósofos.

En el fondo, lo que deseaba era ocultar oficial- mente esta vigorosa realidad argentina: que el país, por inmensa mayoría, es católico,

Lo cierto es que aquel triángulo se ha extendido ahora sobre kilómetros y kilómetros, hacia el oeste

iy manzanas que hoy contienen más judíos que toda la ciudad en 1887,

el sur, y en las vecindades de Callao y Corrientes

Basta ver las calles, al atardecer, cuando los niños vuelven de las escuelas y los viejos se asoman al umbral. Arden las cabelléras de color pimentón de las pequeñas Rebecas y Sarahs, entre las barbas tal- múdicas de Salomón, Jacobo y Levy.

Hacia 1887, uno de los más relumbrosos levitones del Paseo de Julio era el de Zacarías Blumen. «Desde hacía cuatro o cinco lustros habitaba tres piezas de la planta baja, con recova, en ese antiguo Hotel Nacional, que existió hasta hace muy poco, esquina de la calle Corrientes, en cuya arcaica muestra se leían estas palabras impresionantes: “Fundado en 1830,” Un siglo ha durado ese hotel aquí, donde una casa envejece en veinte años y una constitución se desacredita a los cincuenta,

A la puerta de su tienda, Blumen tenía suspendida una caña, que los transeúntes se habían acostum- brado a ver sin explicarse su significado,

Era la Mezuza, que, al entrar o salir, tocaba con tres dedos de la mano derecha, que luego. besaba,

Esa caña encerraba un pergamino en que un co- pista, con la admirable escritura ritual, que no tolera defecto alguno, había escrito seis versículos del Deuteronomio, comenzando por el que dice; “Escu- cha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es uno...”

Zacarías Blumen es aquel Matías Zabulón que, con David, su hermano mellizo, fue proveedor del ejér- cito aliado durante la guerra del Paraguay, en 1867.

Luego habrá ocasión de referir por qué Matías cambió de nombre y David desapareció.

Con su nueva firma Zacarías fundó una casa de cambio de moneda en la recova del Hotel Nacional. Su clientela principal fueron los marineros y la gente de ultramar, que pululaban en las cercanías del puerto.

Traficando en rublos y zlotis, libras y dólares y hasta monedas asiáticas y africanas, prosperó de tal modo, que a los pocos años pudo instalar un ver- -dadero banco en la calle Reconquista.

42

q se

No por eso abandonó la recova. Allí se casó con Milka Mir, la de los ojos color de aceituna que, cincuenta años después, se hicieron famosos entre las pestañas negras de Marta Blumen, su nieta.

El gran mundo, que no conoció a Milka, se pregun- taba: ¿De dónde saca Marta Blumen esos ojos fe- linos, soñadores y crueles?

Y allí, en el tenducho de la recova, nació el segundo Zacarías Blumen, padre de Marta, el que había de ser, andando el tiempo, el hombre más rico de Sud América.

Es justo decir, en honra del primero de los Blumen, que él preparó la grandeza de su hijo y echó los sólidos cimientos de su fantástica fortuna.

Vamos a leer su historia,

Una tarde, en el invierno de aquel año, Zacarías Blumen cerró las puertas de hierro de su banco y fue al Hotel Nacional a recoger ciertos papeles.

Levitón nogro, relumbroso en codos y omóplatos. Pastelito de felpa, color pasa de uva, cubriendo un cráneo piramidal, mezquinamente guarnecido de ca- bellos que descendían en dos tirabuzones sobre las pci orejas, Pantalones estrechos y verdosos, como

indas de clarinete, cuyos bordes luidos apenas lle- gaban a la caña de los botines elásticos.

Tez pálida, con la palidez ritual de un cabrito des- ES que el rabino lo ha sangrado, para que sea.

oscher (puro) y puedan comerlo los fieles, Ojos como dos pedazos de hulla, vivos, escrutadores. Barbas retintas y manos suaves, largas, alabastrinas, de uñas enlutadas,

El Talmud, que dispone minuciosamente cómo de- ben vivir los judíos, prescribe frecuentes abluciones. Hay que lavarse las manos al levantarse y antes de. sentarse a la mesa, pero nada dice de las uñas. Por ello, sin violar la ley ni los Profetas, un buen hijo del Talmud puede Ma de cualquier color,

La calle Corrientes tiene, a la altura del Hotel Na- cional, una agria pendiente, señal de antigua ba-

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LN

to legaba el río de la Plata ¡ace tres cuartos de siglo, Zacarías Blumen asciende la rampa, casi pegadito las paredes, con el andar silencioso y veloz de la - cucaracha, - Al llegar a la esquina de la calle 25 de Mayo, siente la corneta del tranvía. Hace señas y salta a la plata- forma, se sienta en la banqueta y extrae su porta- monedas para pagar el viaje con un mugriento bi- to de cinco centavos, 1 boletero lo reconoce, Ns milagro por aqui, don Zacarías! El banquero responde sonriendo: —Un paseíto a las quintas para tomar aire, Las quintas, los caserones coloniales de vecinos pu- dientes, con inmensas huertas y jardines, que a ve- - €es ocupaban una manzana, estaban en su mayoría al oeste de la ciudad. Pero ya escaseaban, pues el crecimiento de la población obligaba a los propie- tarios a subdividirlas y a venderlas, para aprovechar enorme valorización de los solares, Sin embargo, decíase “ir a las quintas” cuando uno salía rumbo al oeste. - En realidad Zacarías Blumen se dirigía a la Sina- goga, donde esa tarde, mejor diríamos esa noche, Lie ya se encendía el gas en los faroles públicos, iban a tratar un asunto que le importaba: la venta _de la casa solariega de los Adalid, un cuarto de manzana en plena calle Florida. ¡Extraña y peligrosa costumbre judía esas ventas, que se llaman Hazaka y Meropiié, y se realizan con- _ forme al Talmud, en el secreto de la Sinagoga y en presencia de los grandes dignatarios de la nación! La Sinagoga es dueña virtual de los bienes poseí- dos por idólatras (pueblos no judíos) y tiene dere- cho de ofrecerlos a sus fieles si alguno de ellos lo vide, y de venderlo ejor postor, El adquirente paga a la Sinagoga una suma, de la ni un centavo llega al propietario idólatra, Ver- es que éste continúa en posesión de su casa

o de su campo, ignorante de la original subasta que ha sido objeto.

La Sinagoga sólo se obliga, por el precio que recibe, a notificar a los judíos de la ciudad y del mundo entero la operación que se ha realizado, para que se abstengan, hasta la consumación de los siglos, de - pretender la cosa adjudicada, ni comprándola direc- tamente al propietario, según las leyes del país.

Sobre ella sólo tendrá derecho, en adelante, a los ojos de los judíos, el que la adquirió en la Sinagoga.

Y tal notificación implica, además, la prohibición de negociar con el propietario. Solamente el que ha cumplido el privilegio puede prestarle dinero o tra- tar con él. Lo cual no significa nada en un país donde Israel no tiene mayor influencia, pero equi- vale a la ruina a largo plazo en un país donde el comercio, la prensa y los bancos están visiblemente manejados por los judíos. ;

Los caballejos del tranvía, cabezas gachas, van pespunteando el camino, a lo largo de las calles.

Esquina de Florida, Justamente la casa de los Ada- lid, bajo la desabrida luz del gas, en el sitio de las tiendas de lujo, donde se realizan los mejores nego- cios, y cada vara de terreno cuesta un ojo de la cara.

El banquero Blumen siente la atracción de Flori- da, torbellino viviente, Maelstrom que bombea la riqueza y la fantasía de todo cl país.

Hormiguean los peatones, mientras los suntuosos carruajes se atropellan en la calzada.

Realmente parece un desatino el pretender la casa solariega de una de las más ricas familias argenti- nas. Blumen sabe que así pensarán todos, y espera mo encontrar rivales que hagan subir el precio.

Quiere instalar su banco en Florida, con un in- menso letrero de luces que arroje su nombre como un insulto sobre la ciudad, que ahora se reiría de él si adivinara sus pensamientos. Pero mañana tem: blará bajo su garra de financiero.

Hace veinte años que vive en el país. Apenas habla u lengua, mas ya en sus venas blancas siente ar- dores de dueño y señor. F¡Florida será míal ¡Y después Buenos Aires será de mis hijos; y después la nación entera, de los hi- jos de mis hijos!” No faltarán hasta en los miembros del ghetto (ba- rrio judío) quienes lo crean loco de ambición o de avaricia, ¡Peor para ellos, que no ven el porvenir de Israel en un país que, con virginal inexperiencia y desde la primera hoja de su Constitución, se ofrece a todas las razas del mundo como una granada que se partel Todas las razas no son igualmente temibles, por- que no todas son igualmente capaces para las con- quistas modernas. Ha concluido la misión de la espada. Ha pasado Ja era de los cartagineses, romanos, árabes, españo- les, franceses, hombres de hierro y de sangre, ven- cidos y aplastados por las ídeas económicas. Mejor que la espada, el fusil; mejor que el fusil, el - cañón; mejor que el cañón, el oro, Quien maneje el _ oro, mandará más que César, más que Felipe II, más que Napoleón. Pero, así como no todas las razas fueron capaces de manejar la espada, no todas son capaces de ma- nejar el oro. Esto piensa Blumen, encorvado sobre el asiento, 'arécele sentir el carro del Anticristo, sobre ruedas oro, tirado por los economistas cristianos! —¡Dentro de medio siglo habrá llegado! ¡Y será el Mesías! Su agitación es tal, que otros pasajeros lo notan y

el boletero se le acerca,

—¿Está enfermo, don Zacarías?

El banquero lo mira, atolondrado, completamente en la Luna, y sin responderle se agacha y vuelve soñar. En las bocacalles hay un farol debajo del cual algún impaciente, que acaba de comprar un diario de

la tarde, “El Nacional” o “Sud América”, devora las

noticias, El oro sube, las acciones en la Bolsa bajan,

en la Cámara de Diputados se pronuncian discursos amenazantes, Rumores de revolución. Las horas del gobierno están contadas.

Zacarías Blumen sueña que algún día sus hijos o los hijos de sus hijos serán diputados o ministros; tal vez uno de ellos, presidente de la República. Toda su fortuna y todo el poder de la Sinagoga se arrojarán al platillo de la balanza. ¿Quién podrá vencerlo?

En verdad, no tiene más que un hijo, linfático mu- chachito de trece años, que ha heredado su nom- bre, sus venas blancas, su nariz fina. Pero cuando él se case, con una muchacha argentina, cristiana de religión, ella será más fecunda que la bella Milka Mir.

La estridente corneta del mayoral rompe el frágil tul de sus visiones. El sueño y el viaje han termi- nado. Desciende. Calle lóbrega, con aceras de la- drillo y calzada de tierra, la calle de la Sinagoga, casi en los extramuros del oeste,

Los pocos zaguanes vecinos, cerrados a esa hora, Un farolito, de trecho en trecho, y algunas som- bras que se deslizan a lo largo de las paredes y de pronto se hunden en mayor idad

Zacarías piensa: Cuando solamente la mitad del oro del mundo esté en manos judías, la Sinagoga o, más propiaménte, el Gran Kahal, de París o de Nueva York, con un solo signo, podrá desencade- nar tan grande crisis en el mundo, que las naciones cristianas perezcan de hambre y se vendan ellas mismas a Israel,

Y se cumplirán las promesas del misterioso Salmo 47, que los judíos leen siete veces el día del año muevo (Rosch Haschma) entre los horripilantes au- llidos de un cuerno de carnero que sólo esa vez se toca: “Pueblos, batid palmas y celebrad a Dios con gritos de alegría, Porque Jehovah, el Altísimo, so-

47

AS AAA EZ

; 3

meterá y arrojará a vuestros pies a todas las nacio- nes.” j Con esto llegó a la puerta de la Sinagoga, que miraba al occidente, y estaba entornada, La empu- jó, haciendo deslizarse la piedra que la mantenía, entró y volvió a cerrarla,

Es el vetusto caserón de una quinta, lugar de re- creo de algún rico, en tiempos de los españoles. Entonces aquel punto de la ciudad era la plena campaña y las casas tenían humos de fortalezas, con sus espesos paredones, sus sólidas rejas, sus puertas infranqueables.

Una lámpara a querosene, colgada en el zaguán, apenas alumbra el primer patio, circundado de ga- lerías con gruesos pilares. Luego'otro zaguán y otra lámpara, que oscila en el viento; un segundo patio sin galerías, con un aljibe y un parral, a manera de toldo, y más allá, detrás de una tapia, la huerta de naranjos, tan sombría, que ya al atardecer causa miedo.

AMí está la Sinagoga; y allí funcionan los dos su- premos tribunales que mantienen la unidad y la fi- sonomía de los judios: el Kahal y el Beth Din.

Los cristianos piensan que ser judío es profesar la religión judaica. No se imaginan que es otra cosa: que es pertenecer a una nación distinta de aquella en que se ha nacido o se vive.

Suponen que la Sinagoga no es más que el templo del culto israelita. Ignoran que es, además, su Casa de Gobierno, su Legislatura, su Foro, su Tribunal, su Escuela, su Bolsa y su Club,

La Sinagoga es la clave de uno de los hechos más sorprendentes de la historia,

Los fenicios, los caldeos, los asirios, los egipcios, los medas, los persas, los cartagineses, han desaparecido, mientras que los judíos, sus contemporáneos y algu- na vez sus siervos, han perforado los siglos, han lle- gado a nosotros, y, con admirable orgullo nacio- nal, se proclaman el pueblo anunciado por la Sa- grada Escritura para dominar el mundo,

De la antigiiedad, anegada en el diluvio de los pueblos cristianos, no queda más que la Sinagoga, insumergible, como el arca de Noé, con su tripula-

ción escogida, sus leyes, sus costumbres, sus ritos, su

sangre y hasta las líneas indelebles de su rostro,

La Sinagoga es el alma del judaísmo,

Y el alma de la Sinagoga no es la Biblia; es el Talmud.

Y el alma del Talmud es el Kahal.

Pero ¿quién sabe; sobre todo, quién osa explicar exactamente lo que es el Kahal?

En un ángulo de aquella vieja mansión de galerías enladrilladas y patio con aljibe y parral, había un pedazo de pared sin revoque, en memoria de Jeru- salén y su templo destruido, y un letrero que decía: Zescher la shorban (recuerdo de la desolación).

Y en otra esquina, un largo tronco de palmera, que asomaba, como un mástil, por arriba de los techos.

Solamente quienes conocían el ritual compren- dían su sentido, La Sinagoga, donde funciona el sa- grado Kahal, tiene que ser la construcción más alta de la ciudad.

Cuando no pueden levantar una torre, erigen un mástil. Los rabinos son los más ingeniosos casuistas del mundo.

El mástil era una solución allá por 1887. Ahora no basta, por culpa de los rascacielos, cada día más audaces. ¿Dónde hallar palmeras más altas que un vigésimo piso?

Y los rabinos se han vuelto a sumergir en el estudio de la Mischna, que es la Ley escrita, y de la Gue- mara, comentarios de la Ley por los antiguos rabi- nos, Y ciertamente en esa vasta colección de libros que forman la Mischna y la Guemara, y a la cual se da el nombre de Taímud, acabarán por hallar algún versículo que los libre de rehacer sus sina- gogas,

Entretanto —recurso de emergencia—, han discu- rrido alquilar, para ciertas ceremonias, el último piso del más alto rascacielos de la ciudad, que las

ñ Ñ de las veces pertenece a un buen hijo del Tal- mud,

¿Qué son, pues, el Kahal y el Beth Din?

Desde que un judío toca los umbrales de la vida hasta que sus despojos, lavados con agua en que se han hervido rosas secas y envueltos en un taled, se entierran en la “casa de los vivos” (Beth hachaim), vive secretamente sometido al Kahal.

Tribunal misterioso, como una sociedad de carbo- narios, existe dondequiera que hay judíos,

Si son pocos y la comunidad es pobre, se le llama

Kehillah,

Si son muchos y tienen rabino y Sinagoga, es un Kahal, que manda sobre todos los Kehillahs de

la región.

Y si se trata de una capital populosa, donde habi- tan millares de hebreos, se instala un Gran Kahal, con jurisdicción sobre todos los Kahales del país.

Hace medio siglo, los trescientos y tantos judíos de Buenos Aires no hubieran obtenido en Europa o los Estados Unidos más que un modesto Kehi- . Sin embargo, concedióseles un verdadero Ka- |, en atención a las riquezas del país y a las ili- mitadas perspectivas que sus leyes sabias y genero- a 24 a hospitalaria población ofrecen al pueblo

le Sión,

Esperanzas que no se defraudaron. Hoy Buenos Ai- res tiene la honra de poseer un Gran Kahal, la supre- ma autoridad de innumerables Kahales y Kehillabs

_erigidos en ciudades y pueblos argentinos, que sólo dependen, a su vez, da Gran Kahal de Nueva York, verdadero Vaticano judío, Aunque sean varios los miembros del Kahal, la ac- ¡ón se la imprime el más enérgico; y ése puede ser un ilustre Rosch (jefe), un Gran Rabino o un sim- ple Ikur (vocal) y hasta un. modesto Schemosch - (secretario) que haya hecho conferir la temible facultad de perseguidor secreto, o sea de ejecutor de las altas decisiones del tribunal. El Kahal es un soberano invisible y absoluto.

Comercio, política, religión, vida privada en s detalles más minuciosos (relaciones entre padres e hijos, entre marido y mujer, entre amos y criados), todo está regido por el Talmud y fiscalizado por el Kahal, que es su expresión concreta,

Y, aunque instituido para aplicar la ley de Moisés y el Talmud, en la práctica desborda y contradice a la misma ley. Y

La Biblia es como el agua.

El Talmud es como el vino, 4

El Kahal es, mejor aún, como el vino aromático,

El mismo Talmud proclama la infalibilidad y la omnipotencia de los rabinos, sus intérpretes.

“Hijo mío, atiende más a las palabras de los rabi- nos que a las palabras de la ley.” (Erubin, 21 b.)

“Porque la palabra de los rabinos es más suave que la de los profetas.” (Sepher Caphtor U-Perach, 1590, 121.)

“Y el temor al rabino es el temor de Dios” (Maimo- nides Jad. Chaz. Nilch Talm. Thora, Prek S. L),a tal punto que “si un rabino te dice que tu mano derecha es tu izquierda y que tu izquierda es tu de- recha, debes creerle,” (Rabbi Raschi, Ad. Deuter. XVII, 1.) Mb

Por lo cual, el Talmud declara que “el que des- precia las palabras del rabino, merece la muerte”. (Erubin, 21 b.)

Y entre el rabino que hace la doctrina y el Kahal que la aplica, hay una estrecha inteligencia, que el público ignora.

El sólo sabe que es inútil rebelarse y conveniente obedecer. Porque si el Kahal es duro y temible como un tirano caprichoso, es también un protector omni- potente,

Junto al Kahal, que legisla y manda, actúa el Beth Din, verdadero tribunal secreto que se avoca todo pleito judío, y lo juzga no conforme a las leyes del país sino conforme al Talmud. Y sus sentencias se cumplen, así el condenado se esconda en el seno de la tierra,

Ambos tribunales funcionan en la Sinagoga.

La sala de 1887, donde se reunían las asambleas de los judíos, era modesta y limpia, toda pintada de blanco. Sus paredes, hasta donde un hombre podía alcanzar, estaban cubiertas de tapices, sobre cuyo borde superior corrían una ancha franja de lienzo, con misteriosas leyendas hebraicas, estrellas de seis picos y tablas de la Ley.

Cada vez que se abría la puerta, una bocanada del viento de la calle hacía oscilar como péndulos las tres lámparas de aceite suspendidas de los desnudos tirantes del techo,

En el costado del oriente había un arca, llamada Arón, recuerdo del Arca de la Alianza, donde se guardaban, envueltos en preciosas telas, los rollos de la Ley, o la Sefer Thora, el libro sagrado por excelencia,

La Thora contiene los cinco libros de Moisés, el Pentateuco, que es la historia del pueblo de Israel desde la creación del mundo hasta la muerte de Moisés, y su legislación civil y religiosa,

En largos rollos de pergamino, minuciosamente preparado, un copista de rara habilidad, empleando tinta negra cuya estricta fórmula dan los rabinos, ha escrito a mano el antiquísimo texto, sin cometer un solo error.

Bastaría, en efecto, que se hubiera equivocado en una jota, o que su tinta no fuera la del ritual, o se descubriera que una de las pieles había sido ade- rezada por un cristiano, para que toda la obra fuese desechada como indigna de la Sinagoga.

Hacia el tercio de la sala, no lejos del Arón, estaba el altar, sobre el cual ardían cuatro velas, para fa- cilitar la lectura de la Thora, ya que la luz de las oscilantes lámparas era harto mezquina,

Seguían los escaños, para los fieles.

Blumen sentóse en el primer lugar, por haber com- prado al Kahal ese privilegio,

A su lado sentábase Mauricio Kohen, de Varso- via, descendiente de la familia de Aarón, los anti-

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guos levitas, como lo indicaba su nombre (Ki sacrificador).

En otros escaños sentáronse diversos persona todos con el sombrero puesto, porque los israelitas en la Sinagoga, y en la mesa, y en sus visitas, per- manecen cubiertos, 3

Cuando se llenaron todos los asientos se levantó el. Rosch-hak Keneset (jefe de la asamblea), que er; entonces también el jefe del Kahal, Salomón Wol ey, anciano barbudo, de anteojos de oro.

Tenía puestas las tefflilin, correas con que se ciñe en la frente y los antebrazos un pergamino donde se han escrito pasajes del Exodo: “Escucha, Israel eto”

Y arriba del sombrero, el taled, velo blanco de cu- yas cuatro puntas cuelgan los zizith, flecos de ocho hilos de lana, anudados cinco veces,

El Rosch tenía majestad de sacerdote y de prín- cipe, 1 Desplegó ante la asamblea uno de los rollos de la Sefer Thora, y con voz penetrante pronunció én hebreo las clásicas palabras del libro santo: “Esta es la ley que Moisés impuso a los hijos de Israel” E invitó a Kohen, primero que a Blumen, a leer el comienzo del capítulo correspondiente a ese día.

Han dividido el Pentateuco en 52 lecciones, una. para cada semana, de tal modo que al cabo del año terminan su lectura y vuelven a empezar.

Kohen conocía el hebreo, e iba él mismo traducien- do al idisch lo que leía, para que le entendieran sus oyentes, en su mayoría rusos, polacos y alemanes.

Después fue el turno de Zacarías Blumen, que en- tendía la letra hebrea pero no comprendía el texto, pereiade el auxilio del turgeman (traductor) de la Sinagoga, el cual lo interrumpía al final de versículo, si era la Ley, o de cada tres versículos, si eran los Profetas, marcando así la menor veneración

merecen los profetas, comparados con Moisés; ' ponía sus palabras en lengua vulgar.

Zacarías Blumen, más rico que Mauricio Kohen, sentíase humillado por su ignorancia.

El leer ante la asamblea es un honor, que, como todos los honores de la Sinagoga, se adquiere me- diante pago al Kahal.

Pero existía, además, el derecho de hablar, a ma- nera de predicación o de comentarios y aun para debatir asuntos y negocios.

En este caso apagábanse las velas del altar, señal de que podían tratar de cosas profanas.

Esa noche Zacarías Blumen pidió la palabra, Su voz era exánime y sin timbre, mas sus ojos lanza- ban penetrantes rayos.

Quiero que, según nuestras leyes y costumbres, el Kahal ofrezca en venta la casa de don Justino Adalid, en la calle Florida, y su estancia de diecio- cho leguas cuadradas, con haciendas y colonias,

Gracias a la poca luz, pudo Mauricio Kohen disi- mular su fastidio, No habló, sin embargo; ni miró a Blumen, que, con la cabeza caída sobre el pecho, aguardó la respuesta del Kahal, por boca del jefe,

El vecino de Kohen, a su derecha, dijo a éste, en voz bajísima:

—Yo ofreceré por usted. ¿Hasta cuánto?

Kohen escribió con el dedo sobre la tabla del es- caño, para que no advirtieran sus maniobras, la cifra que él quería ofrecer. Mas fue inútil, porque Blumen principió las ofertas con una cantidad cinco veces mayor, lo cual significaba su propósito de no dejarse vencer.

—¡Está loco! —dijo, entre dientes, Kohen.

Los seis miembros del Kahal, y el Rosch, delibe- raron por fórmula, y respondieron a Blumen que aceptaban su propuesta, y él, sin prisa, contó un centenar de billetes de cien pesos, y los depositó sobre el altar, Y el Rosch se puso de pie y solem- mnemente, los brazos extendidos sobre los ya invisi- bles rollos de la Thora, pronunció estas palabras:

“Hoy, jueves, víspera de la luna Aira, del año 5648, sepan todos que este Kahal ha vendido a Zacarías

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¿ Blimen, por la suma de 10.000 pesos, el derecho de lotar la casa paterna y la estancia de don Jus! . Adalid, desde el centro de la tierra hasta las nubes más altas, para él y para todos sus descendientes. sepan todos los judíos que ninguno de ellos puede comprar esas propiedades, aunque el mismo Adalid. quiera vendérsclas en todo o en parte, por ningún precio, motivo ni pretexto...” p Zacarías Blumen habló de nuevo, —He comprado el Hazaka, esto es, el derecho de - ES explotar los bienes materiales de don Justino Adali e e ahora comprar el Meropiié, o sea el de- recho de explotar su persona. Mauricio Kohen repuso prontamente: —Yo ofrezco diez mil pesos por ese derecho, Sardónica sonrisa de su rival. —¿Diez mil pesos? ¡Yo ofrezco cien mill MS Kohen pareció hundirse bajo aquella cifra, que para un negocio absolutamente imaginario resultaba in- sensata; y guardó silencio. Y el Rosch se levantó de nuevo, recibió los cien mil pesos y con fría so- lemnidad anunció que el negocio estaba consuma- do, y que ningún judío de Buenos Aires ni del mun- do podría en adelante prestar dinero o comerciar en otra forma con don Justino Adalid ni sus des- cendientes, hasta la terminación de los siglos. Y para que eso fuera sabido, se mandaría copia del acta de venta a todos los Kahales del Universo, F —¡Cien mil veces loco! —murmuró Kohen. Blumen alcanzó a oírlo, y exclamó con voz lamen- table: ; —¡He pagado un alto precio! Ahora exijo que el santo Kahal apostrofe y maldiga al que intente bur- lar mi derecho. —Es justo —dijo el Rosch, que extendió las manos. otra vez, y pronunció esta solemne imprecación: “En nombre de Aquel que dijo: “No hay más Dios que yo, y yo soy el Dios de todos, que te saqué de la tierra de Egipto y de la casa de la servidumbre,

pe

conozco los pecados de los padres, que me abo- - rrecieron en los hijos de los hijos hasta la cuarta generación, y tengo misericordia de los que me Aman y guardan mis mandamientos, y en nombre del Kahal y del Beth Din de Buenos Áires, aviso a todos los judíos del mundo el derecho de Zacarías Blumen; y si alguien no cumple y lo desconoce, sé- pase que su pan no es el pan de un judío; que su vino es el vino de un goy; que sus frutos están po- dridos; que sus libros son libros de hechicería; y hay que cortar los zizith de su manto; y arrancar la mezuza de su puerta; y no hay que comer ni beber con él; ni circuncidar'a su hijo; y si bebe en una copa, y es de cristal, hay que romperla; y si es de plata, hay que fundirla en el fuego, porque es un nahri (pagano).”

Unos escuchaban con horror; otros, con indiferen- cia, Los más ignoraban quién fuese don Justino Ada- lid, ni qué clase de negocios podía tener nunca ninguno de ellos con tal señor.

Mauricio Kohen, profundamente irritado, pidió la palabra y se aproximó al altar. Las pupilas, pene- trantes, detrás de los gruesos cristales de sus anteo-

jos de oro. Las mejillas, encendidas; el rubio y os caso cabello, en remolinos, ¿Odio personal? '¿Fa- natismo religioso? ¿Intereses desbaratados?

Mientras él habló, Zacarías Blumen parecía dor- mitar.

—Recordad, hermanos, que se aproximan los tiem- pos anunciados por los profetas. Dentro de 89 años, según nuestro Zohar, el Libro del Esplendor, o sea en 1966 para los cristianos, se levantará el verdadero Cristo, que entregará a Israel el Imperio de todas las naciones, El Universo no ha sido creado sino a causa de lsrael, según afirma el Talmud. Nos han perseguido, nos han dispersado. Con eso nos han derramado sobre la tierra, y hemos podido filtrar- nos en todos los países. Hemos destruido los privi- legios de las castas y de las coronas y hemos inven-

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tado los privilegios del oro, ídolo que el Sumo Sacerdote Aarón levantó en el desierto y adora los israelitas de Moisés.

“Somos el uno por ciento de la población del mun- do entero, y poseemos ya la mitad de las riquezas de todo el mundo. No'es necesario luchar por la otra mitad, Nos bastará apoderarnos de todo el o que es apenas la centésima parte de la riqueza versal, Y cuando ya no quede ni un adarme de o: en manos de los gobiernos ni de los particulares, po- dremos hacer que los pueblos cristianos mueran d hambre y de frío, aunque posean todo el trigo, y

todos los rebaños, y todas las minas existentes. Por- que no podrán cambiar lo que les sobre por lo que les falte y no serán capaces de renegar de las doc- trinas que les hemos enseñado,

“No nos embaracemos, pues, ni de casas, ni de campos, ni de haciendas que no se puedan trans- portar ni esconder, y que apartan nuestro corazón de la tierra prometida.

“Y a ti, que quieres llenarte de campos y de es- tancias, te pregunto: ¿vas a hacerte agricultor? ¿No ' conoces la máxima del Talmud: “El que tiene cien florines en el comercio, come carne y bebe vino; el que los tiene en la agricultura, comerá hierba”...P Por eso te conjuro y te digo con el espíritu de nues- tra raza: “No cultives el suelo extranjero; pronto Cultivarás el tuyo; no te fijes en ninguna tierra, por- que serás infiel al recuerdo de tu patria; no te so- metas a ningún señor, porque no tienes otro que Jehovah; consérvate como si estuvieses de viaje, a punto de partir; y pronto verás las colinas de tus abuelos, y esas colinas serán el centro del mundo, - Y del eo que estará bajo tus pies.”

Gruesas gotas de sudor aparecieron sobre la fren- te del fogoso Kohen,

Zacarías Blumen no contestó, ni pareció advertir la. alusión, y la asamblea se disolvió en silencio,

7 , 3 la de la calle juntáronse de nuevo n y Kohen y tomaron el mismo tranvía, sucedió aquella noche que Blumen dio diez cen- os al mayoral, y dijo a Kohen: -——Mauricio, ti pago la tranvía, ) uricio se hizo el desentendido, pero se lo dejó

r

IL. Los comienzos de Zaca

Los que vieron a Zacarías Blumen meterse en

covacha del Paseo de Julio, con sus guedejas ritua-

les, su barbaza retinta y su levita escrofulosa, nune: lo hubieran reconocido en el caballero de frac, atu= sado y sin tirabuzones que a eso de la diez de la noche salió para asistir al casamiento de la hija ma yor de don Justino Adalid.

De acuerdo con la extraña costumbre talmúdi

acababa de comprar en la Sinagoga el derecho di

arruinar al rico estanciero.

Pero una cosa son los negocios y otra cosa la amis--

tad. va

El era ya un personaje a quien agasajaban no sola-

mente los que podían necesitarlo, sino todos e que alternan gustosos con los ricos, aunque no de buena estirpe ni reputación. Zacarías, merced a sus relaciones de Bolsa y di banca, iba penetrando en los salones. Y, como e de ver que su aspecto era ridículo, resolvió trans- formarse.

Se mandó hacer un frac por el mejor sastre de capital, y aguardó la primera invitación. Le Nlegó en buena hora la de Adalid. Su fi

haría época en los fastos de la vida porteña, y |

- permitiría ver por dentro aquella casa que tanto le gustaba por fuera.

-Mandó llamar al peluquero y, ante la estupefacción de Milka, se hizo cortar a Ñ moda la barba y el

De frac, con chaleco blanco, una flor y guantes ní- veos, su mujer y su hijo empezaron a admirarlo. La blandura, la simplicidad, el apocamiento con que se presentaba en público, no eran sus cualidades do- mésticas, En su casa tronaba y fulminaba como un Sinaí, y cuando en las mejillas se le pintaban dos chapitas de carmín, señales de mal tiempo, la bella Milka y el alebronado pequeño Zacarías procura- ban lares a la calle o guarecerse en un rincón. —¡Yo querría acompañarte, Zacarías! —suspiró su mujer. Y él respondió:

Como me llamo Zacarías, que significa Dios se acuerda, un día llegará en que hasta los perros de mi casa entrarán en la sala de Adalid.

Escalón por escalón iba ascendiendo en la vida social. Ya, varias veces, había llegado al despacho - del presidente de la República. Más difícil resultaba entrar en las aristocráticas mansiones porteñas.

La fiesta de Adalid sería, pues, su bautismo de fuego, Seguramente lo habrian invitado, con la es- - peranza de que no fuese,

Temerían verlo aparecer con su indumentaria de mercachifle, ¡No! El sabía muy bien cómo debía presentarse.

No le importaba que aquellos pobres goyim (cris- - tianos) se rieran de su torpe idioma. Era blando y

humilde por fuera; por dentro, orgulloso. A su tiem- po se despojaría de su humildad exterior y los aris- -tócrátas se disputarían su amistad. Y las mujeres de ellos, más vanas que ellos mismos, y más codi- josas, invitarían a Milka,

¡Señor, Señor! —pensó Zacarías—. ¡Lo que voy tener que gastar en joyas, cuando esto suceda!

¡Pero no importa! Los brillantes y las perlas, comprados, son una buena inversión. . Al peluquero que lo afeitó y ayudó a vestirse le regaló su levita,

—Te servirá para ir a la Sinagoga, Samuel. =Sí, sí. El día de Yom Kipur me la pondré —res- pondió Samuel, pensando que por aquella prenda le daría dos pesos otro judío de la misma calle. Ñ

Voló el pequeño Zacarías a la plaza de Mayo, cuatro cuadras del Hotel Nacional. Recorrió la fila de victorias apostadas allí, y eligió una a su gusto y se la llevó al banquero.

—No conviene llegar a pie a una fiesta semejante —había dicho Blumen tocando la mezuza de su puerta y besándose los dedos, 5

Y su mujer le clavó una saeta al partir. Y

—Apuesto mi tapado de pieles a que a ella la han invitado,

Inútil nombrarla. Ella era la mujer de Mauricio Kohen, que se iba introduciendo en todas partes y había hecho del descendiente de Aarón un persona: je influyente. d

Zacarías reprimió un gesto de fastidio, acordándo- se de que Sarah Zyto, la actual esposa de Mauri- cio Kohen, había sido desdeñada por él, años antes, a causa de los bellos ojos de Milka Mir. ¿Error o acierto? ¡Dios lo sabía! 3

Si grande era la rivalidad de los dos banqueros, mucho mayor era la. de sus dos mitades: Milka, la. de Blumen, y Sarah, la de Kohen. y

Esta envidiaba a aquélla su fortuna; y aquélla en- | vidiaba las buenas relaciones de ésta. Si la fortuna de Kohen se calculaba en un millón, había que cal- cular en cinco la de Blumen. Y, sin embargo, esa nocho, la ambiciosa Milka bebería sola y aburrida el de su samovar, mientras Sarah exhibiría sus collares sospechosos bajo las arañas de los Adalid.

El gas tiñó de espectro la cara del nuevo invit: Los curiosos le abrieron paso sin reconocerlo, Un criado le tomó sombrero, sobretodo y bastón.

El dueño de casa acudió a recibirlo, y quedó pas- mado,

—¿Usted es... Blumen?

—Para servirle...

Mauricio Kohen, su contendor de esa tarde en la Sinagoga, estaba en el salón, con su mujer, y ambos corrieron a presenciar el prodigio: ¡Zacarías Blu- men a la moda!

Sarah Zyto lo llamó por el nombre que él habría querido enterrar bajo siete leguas de tierra,

Elo», mi querido Zabulón! ¿Qué has hecho de tus barbas patriarcales? ¿Qué va a decir tu pobre Mil- ka? Y ella ¿no ha venido? ¿Por qué no has traído a la hermosa Milka?

Zacarías maldijo su estrella, dio algunas explica- ciones, y se escabulló de aquella mujer que lo tutea- ba como a un criado,

—¿Tan amigo es de Sarah Zyto, que lo trata con tanta familiaridad?

Sí... no... Es decir, entre nosotros...

Huyó de nuevo, para no contar que Sarah Zyto, veinte años atrás, fue la mujer de su hermano David. Y se perdió en el tumulto de los invitados, salu- dando a todos, y sin saber en qué grupo mezclarse,

Hasta que le cortó el paso un muchachón despe- jado e insolente, que lo condujo al buffet.

—Venga, vamos a tomar champaña, y a hablar de negocios. Yo soy Rogelio, el menor de los Adalid varones, Hay todavía una hermana de seis años. Yo tengo quince, pero soy el que sabe más. Ellos se burlan de porque no quiero trabajar. Y yo les contesto que cuando se tienen cinco millones, es una imbecilidad ponerse en peligro de perderlos, por tener seis,

Zacarías hizo el gesto habitual de tirarse las gue- dejas, y su mano indecisa arañó la mejilla fláccida,

—¿Y qué es lo que sabe usted, mi amiguito?

—¡Vivirl... Supongo que usted querrá champaña seco, ¿no es así? El dulce, para las mujeres... Bue- no, óigame. Yo quiero que usted sea mi banquero. ...

62

PAN

Zacarías bebió una copa y preguntó suavemente:

—¿Tiene usted la libre ¿iaposición de sus bienes? —Todavía no; pero cuando el viejo... usted sabe, nadie es eterno, y un día u otro también a él le to- cará el turno. Mi madre ya murió, y de ella tene- mos, cada uno de los hermanos, dos millones. Si el viejo no se funde, por trabajar demasiado, hereda- remos otros cinco o seis millones, cada uno.

—¡Dios del Talmud! Continúe, niño; me interesa...

—Pongamos que no sean más que cinco; que no sean más que cuatro, Cuatro que tendré y dos que tengo, son seis... ¿Puede un mozo vivir en París, y en Londres, y en Viena con la renta de seis mi- Mones?

—¡Ya lo creo! ¡Más que vivir] Puede morirse, si se empeña en gastar su renta,

—¿Y cuál sería la de seis millones?

—Según en qué los invirtiera. ¿Casas? ¿Campos? ¿Vacas?

—¡Ni casas, ni campos, ni vacas! ¡Dinero contante! ¡Buenas hipotecas! Mi padre y mis hermanos son

unos infelices, Echan los bofes adelantar sus -

capitales; viven comprando y vendiendo; mejorando sus estancias, edificando sus terrenos; levantándose al alba y trabajando como negros todo el día.

Zacarías asintió. Las gentes citaban como ejemplo la laboriosidad de los Adalid,

—La gran ambición de mi padre es que lo llamen pioneer del progreso argentino. ¡Qué estupidez! ¡Tome otra copa! Y óigame bien, Usted es judío, y yo soy cristiano, pero tengo más confianza en los que van a la Sinagoga, que en los que van a la Ca- tedral.

—Muchas gracias,

—Me refiero a negocios. Ningún judío se empo- brece, En cambio, los cristianos viven dando tum- bos.

—También suele ser verdad.

—Yo quiero entonces confiar mis asuntos a un ban- co judío...

—¿Como el Banco Blumen?

—Eso es, Cuando a mi padre le toque el turno... ¿usted me entiende?, no aceptaré ni una vaca, ni un terreno, ni una hectárea de campo, Si me obli- gan a aceptar, lo liquidaré en el acto, y le entregaré a usted el dinero, y usted lo colocará en buenas hi- potecas. No me ha dicho qué renta pueden dar seis millones de pesos... ¿Otra copa? Y ahora, mi ban- paso y amigo, dígame por qué esa rubia lo trata

e y lo llama Zabulón...

Zacarías inventó cualquier explicación y salió del paso como pudo, El mozalbete, en realidad, apenas lo escuchó. En los salones danzaban elegantes pa- rejas, y él envidiaba a los mayores aquel placer, vedado todavía para un colegial.

Zacarías aprovechó ese instante para escabullirse. Ya se había estrenado en la alta vida social. Ya lo habían visto en correcta indumentaria y nueva fiso- nomía, En adelante lloverían las invitaciones.

—¡Ah, Milka! De no haber sido tan hermosa, yo sería dueño del corazón de Sarah Zyto. Y ella no se acordaría de llamarme Zabulón. .. ¡Maldito seal

Era un historia antigua, Los viejos Zyto, de Polo- nia, a raíz de uno de esos frecuentes pogrom en que los judíos son perseguidos a sangre y fuego, emigraron a la Argentina, con su única hija, Sarab, que tenía cinco o seis años,

Mala suerte y peor salud. Murieron dejando en la miseria a Sarah, de quince años, que no tardó en hallar amparo en casa de los mellizos Zabulón, pues se casó con uno de ellos, David, el más juicioso y tímido y tartamudo,

Buenos y laboriosos muchachos, David y Matías. Habían llegado de Varsovia sin más bienes que sus Justrosas levitas y dos pastelillos de felpa, a guisa de sombreros.

Llegaron en tiempos propicios, pues no tardó en estallar la guerra,

Desde la antigiiedad el judío ha preferido la guerra a la paz, porque ésta no engendra negocios,

64

o

Cuando hay príncipes que se utan y De que se entrematan, el ojo acostumbrado a leer los caracteres hebraicos del Talmud sabe también des-. cubrir soberbias oportunidades. , El judío no ama la guerra como soldado, sino como proveedor de los soldados y prestamista de los g: biernos, k Ciertamente, alguna vez ha tenido que formar en las filas y marchar al frente. Pero siempre ha halla- do manera de cumplir la avisada máxima del Ti mud: “Si partes a la guerra, no vayas adelante, sino atrás, a fin de que puedas volver el primero,” (Pe- sachim, 112 b.)

Los dos Zabulones tenían buen ojo, y eran capaces de convertir en oro no solamente el hambre y la sed de un ejército, sino también la sangre, el dolor y hasta la derrota. Y lo hacían con una sencillez en- ternecedora y una dulzura invencible. á Eran, pues, los tiempos de la guerra del Paraguay, ue se inició en noviembre de 1864, y duró más - le cuatro años.

Parece increíble que la pequeña nación ya resistiera tan largo tiempo contra los ejércitos alia- dos de la Argentina, el Brasil y el Uruguay. Conviene explicar que en aquella época el Para- guay tenía mejores arsenales, astilleros, telégrafos y ferrocarriles que la Argentina.

Francisco Solano López, su ominoso presidente vi- talicio, había logrado reunir más de sesenta mil sol. dado, en sus famosos campamentos de Cerro León, Encarnación y Humaitá, y provocó la guerra para hacerse conocer del mundo,

Un día de noviembre del 64, en plena paz, se animó a desafiar al Brasil, apoderándose de un vapor mer- cante que tocó en Asunción,

Y meses después, todavía en paz con la Argentina, - invadió su territorio y pasó a degúello las tripula- ciones de dos vapores de su escuadra, sorprendidos en Corrientes.

Entre los proveedores de las tropas argentinas que partieron a los lejanos campos de batalla deslizá- -ronse David y Matías. Aquél, según dijimos, ya era asado con la joven Sarah Zyto, que se quedó en la ciudad para servirle de corresponsal. Vendiendo aguardiente y tabaco, y contrabandean- do yerba del Paraguay,” que es insustituible para los buenos tomadores de mate; pasándose del cam- -pamento argentino al de los brasileños o de los uru- guayos; y en ocasiones metiéndose furtivamente has- ta en las líneas paraguayas, es decir, traficando con 1 enemigo, los mellizos Zabulón, en cuatro años, ganaron centenares de miles de pesos fuertes, Infinitas penurias y verdaderos peligros. Tan ver- daderos que al fin se produjo la tragedia, - Su don de oportunidad, que los hacía caer a tiem- ) y volverse indispensables, pues siempre tenían ¡ero listo; su discreción, su paciencia, su manse- - dumbre, su sagacidad vulpina, virtudes históricas de su raza, y hasta el ser dos personas tan idénticas jue resultaba imposible saber cuándo se trataba de lavid y cuándo de Matías, y facilitaba ciertos nego- os y muchas coartadas, explican su éxito, Mas tanto va el cántaro a la fuente... Un día los centinelas brasileños sorprendieron a id Matías volviendo de las líneas paraguayas, y se tuvo - indicios de que había llevado noticias. Consejo de guerra inmediato y pena de muerte dentro de las veinticuatro horas, El prisionero mandó llamar a su hermano para despedirse. Desde el campamento argentino acudió el dulce David, deshecho en lágrimas y más tarta- mudo que nunca, - Y el cauto Matías le hizo una extraordinaria pro- ición. -—¿No te crees capaz de obtener mi gracia del pre- o Mitre, general en jefe de los ejércitos alia- ?

- —¡Hermano mío, más querido que la misma Sa- ahi No me creo capaz ni de obtener la vida de un nz

caballo, ni de una vaca, ni de un ratón; mucho me- nos la tuya. Soy tímido y tartamudo, como Moisés, No me tientes y prepárate a morir...

—No, hermano mío: tengo una idea salvadora. eres tímido, pero yo soy audaz; eres tartamudo, como Moisés, pero yo soy elocuente como su her- mano Aarón,

—¡Es verdad!

—Estoy seguro de que si el general Mitre me es. cuchara, me concedería su gracia,

—También yo estoy seguro, porque hablas como un profeta, Pero estás preso y el general no te es- cuchará. ¡Prepárate a morir, querido mío!

—No, porque yo iré al general Mitre, y le diré...

—El centinela no te dejará pasar.

—Sí, me dejará pasar, si ocupas mi lugar, Nuncu sabrán ellos, ni nadie, si eres o soy yo el que se queda preso, o el que sale, Recuerda que la misma Sarah, tu querida esposa...

David no acertaba con un argumento que disua- diera a su hermano Matías de aquella pavorosa ocu- rrencia. Hallaba de pésimo gusto explicarle que, aunque eran tan parecidos que nadie los distinguía, él sentíase absolutamente distinto de su hermano.

Para él, Matías no era el mismo que David, Le causaría inmensa pena si fusilaban a Matías, pero mayor pena si fusilaban a David,

Silenciosamente se mesó las barbas, hasta que Ma- tías le dijo con amargo desprecio:

—¡Mal hermano! ¡No quieres salvarme, cuando es- toy preso por haber hecho negocios para til ¡Y cuán- tos buenos negocios tengo pensados! ¡Pero no quie- res que viva!

—Sí, hermano mío, quiero que vivas. Pero sin opo- nerme a la voluntad del Eterno. El ha querido que seas el preso y el fusilado, ¿Qué puedo hacer yo, pobre hormiga, contra los designios de mi Crea- dor

Discutieron una hora más. Matías se lamentaba de las grandes ideas que con él se irían a la tumba.

Y David se horripilaba ante el riesgo de dejar viuda a la joven Sarah. ¡Viuda y sin posteridad!, es decir, que su nombre desaparecería de la haz de la tierra, tremenda visión para un buen judío.

Pero no de balde era uno tartamudo y el otro elo- cuente. Acabó Matías por convencer a David. Y éste se quedó en la prisión y el otro partió para andar quince leguas a caballo y volver con el in- dulto,

Al darse el postrer abrazo, todavía David, aga- rrando por los hombros a Matías y mirándolo en el fondo de los ojos, le preguntó:

—Y si no consiguieras el indulto, ¿volverías lo mismo?

—Sí, hermano; si no consiguiera tu indulto, volvería lo mismo.

—Mi indulto, no; el tuyo, querrás decir.

Como quieras; pero desde este momento, y puesto que eres el que se queda preso, el indulto que yo debo pedir no es el mío, sino el tuyo... ¡Adiós, hermano mío!

Pasó por delante de los centinelas, que no advir- tieron el cambiazo, y voló a convencer al general Mitre; mientras David se quedaba sumido en los más tristes presentimientos.

No era buen jinete, pero galopó toda la tarde, a través de la selva correntina, hasta llegar a la carpa de Mitre. Pero el generalísimo de los ejércitos alia- dos estaba a veinte leguas de allí.

Ya no había tiempo de llegar.

Entonces Matías pensó qué debía hacer, si prose- guir en busca de Mitre o volver a ocupar su sitio y libertar a su hermano,

¡Extraña terquedad la suya! Se empeñó en buscar a Mitre. Y al fin dio con él, pero tres días después. Y cuando, bañado en lágrimas, le habló del asunto, el generalísimo le mostró un papel donde le daban cuenta de la ejecución de Matías Zabulón, fusilado por espionaje días atrás.

a juedó pulverizado, con el flaco mentón huadido % y . —¡Yo también voy a morir! —dijo, en su desesp ración.

Y los que le oyeron exclamaron: “¡Pobre hombrel”, creyendo que se iba a suicidar. i

—Puesto que Matías Zabulón ha muerto para ley, y David Zabulón ha muerto para mí, yo Lo puedo ser Matías ni soy David. ¡Yo también voy a morir!... MN

Y se mató... civilmente,

Adoptó el nombre de su abuelo, Zacarías, y el ay Nido materno, Blumen, que en alemán significa res, Era eufónico y poético.

Liquidó sus asuntos en el campamento y regresó a Buenos Aires, donde lo aguardaba Sarah, para arre- glar cuentas. 48

No hablaron de negocios al principio. Los ojos hermosos de ella tenían fulgores románticos, h

—Hermano mío, ¿has leído el libro de Ruth?

—Sí, hermana mía.

—¿Te acuerdas algo de él?

—¡Ni una letra!

Entonces ella le entregó una edición de la Ley

dio mayor importancia al capricho literario de Sa= rah, ni a los románticos fulgores de sus ojos, ni a ' cadencia de sus palabras. Ni releyó el Libro Ruth.

Entonces ella hojeó el Deuteronomio, uno de los cinco libros sagrados que forman la Thora, y le leyó el versículo 5 del capítulo 25, que dice así: E

“Cuando los hermanos viviesen juntos y muriese uno de ellos, y no tuviese hijo, la mujer da muerto no se casará con hombre extraño; y su cuñado tomará por mujer,”

Esto era a fin de que el primogénito que ella diera

a luz fuese llamado como el muerto, y el nombre de éste no pereciera,

Mas como Zacarías no se apresuraba a cumplir con la ley, Sarah lo acorraló delante del rabino y de los ancianos de su nación, reunidos en la Sinagoga.

Era de mañana y las pálidas velas del Hechal, don- de se extendería la Sefer Thora, tenían aspecto fu- erario,

El Rosch revistió sus ornamentos: ciñóse en la

y frente, en las manos y en el antebrazo los minucio-

sos teffilin; separó con un apretado cinturón las

- partes nobles e innobles del cuerpo; se echó sobre

| sombrero el thaled sacerdotal, adornado por los simbólicos flecos (zizith) y, vuelto el rostro hacia

Jerusalén, y puesta la mano sobre el corazón, y

juntos los pies, a la manera de los ángeles, porque

Ezequiel ha dicho: “sus pies estaban derechos” (c. 1,

vw. 7), entonó las dieciocho bendiciones (scemona

esre) comenzando por aquella hermosísima que se recita desde hace cuatro mil años en las sinagogas,

y que Nuestro Señor Jesucristo rezó muchas veces:

'ndito seas, Señor, Rey del Universo, que pro- duces la luz y creas la oscuridad; que haces la paz

E os las cosas de la nada, y día por día renuevas

la obra de tu creación.”

Después, vuelta la cara a la concurrencia, en la que había muchas mujeres, desplegó un rollo de la Thora, leyó algunos pasajes y lo cerró, diciendo: “Esta es la ley que nos ha dado Moisés.”

Guardólo respetuosamente y volviéndose al pueblo explicó la historia de Ruth le moabita.

Hallábase entre las mujeres la joven y hermosa viuda de David Zabulón, que sentía llover sobre ella miradas fogosas y textos sagrados; y estaba, tam-

bién, muy resignado a su deslucido Esper Matías

—Zabulón, que iba a ser el chivo negro de los pecados

10S. cc el Rosch de qué manera Ruth, habiendo enviudado en el país de Moab, fue a Bethleem, por

- consejo de su suegra Noemí, y entró en casa de Booz, su pariente, Y Booz se desposó con ella para suscitar posteridad al muerto, “a fin de que su nom: bre no se borrara de entre sus hermanos.”

—¡Tal se hacía en los tiempos antiguos! —exclamó el Eo, despidiendo llamas por los ojos=; pero los judíos de ahora no quieren dar hijos a los muer- tos y se resisten a cumplir tan dulce ley de frater- nidad.

Diciendo esto miró a Sarah Zyto y añadió para su coleto:

—¿Qué pretende ese animal de Zabulón? ¿Dónde va a hallar mujer más hermosa? ,

Y, en voz alta, prosiguió:

—Por la terquedad de Matías Zabulón y en defensa de los derechos de Sarah Zyto, debe procederse a la santa ceremonia Ibum y Caliza, mas no en la Si- nagoga, lugar sagrado, sino en el cámpo, sitio de oprobio,

Todos sabían que Ibum quiere decir “tomar la viu- da”, y Caliza, “descalzarse el zapato”, Zacarías debía optar entre quedarse con Sarah o entregarle un zapato.

Salió el Rosch, a reculones, para no dar la espalda al Hechal, y lo siguió el público en la misma forma,

Sarah abría gallardamente la marcha y nuestro Za- carías la cerraba con aire compungido, esquivando las furibundas miradas de las mujeres.

Todavía podía hacer las de Booz.

Sarah no había cumplido veinte años y tenía fama de hermosa. Pero en el corazón de Zacarías había otro argumento.

A cierta distancia detuviéronse en un terreno bal- dío, detrás de unas cercas de pita, que impedían - ver desde la calle,

Formaron corro, y el Rosch, después de rezar algu- nas oraciones, invitó a Zacarías a seguir las costum- bres antiguas, casándose con la viuda. Sus palabras fueron coplas de ciego para Zacarías, que oía otros cantares en su corazón,

7

Viendo lo cual Sarah tomó la palabra y pronunció en hebreo el versículo 7 del capítulo 25 del Deute- ronomio: “El hermano de mi marido no quiere con- tinuar la posteridad de su hermano en Israel, ca- sándose conmigo.”

Zacarías no comprendía el hebreo, por lo cual ella se lo tradujo, y él respondió en idisch lo que se le ocurría, que fue, casualmente, otro versículo: “No quiero tomarla”.

Entonces el Rosch arrojó un zapato de forma es- pecial, que el recalcitrante mancebo tuvo que cal- zarse, Y ella, furiosa, con la mano derecha, se lo arrancó a tirones y lo escupió en el pie y en el rostro, y a coro con los fieles recitaron el otro versículo:

“Así se hará al varón que no edifique la casa de su hermano. Y su nombre será en Israel: la casa del descalzado.”

Y Zacarías respondió, entre dientes, en mal es- pañol:

—¡Ahí me las den todas! pocos el Rosch dijo a Sarah lo que ella anhe-

a:

—Tú puedes ahora casarte con cualquier hombre y recobrar tu dote y los bienes del muerto.

Y Zacarías, que no quería aparecer sin motivos infringiendo una costumbre antigua, manifestó que estaba comprometido con Milka Mir, y en un rapto de lirismo la describió así:

—Para formarte una idea de su belleza ¡oh Rosch! tendrías que tomar una copa nueva de plata y lle- narla de granos de granada, rodear el borde con una guirnalda de rosas y colocarla entre el sol y la sombra; y el esplendor de este objeto apenas llega- ría a la mitad del brillo de la cara de Milka Mir.

El Rosh inclinó la cabeza convencido. Pero Sarah, que sabía más que los rabinos, contestó:

—¡Idiota! Eso está en el Talmud, y es el elogio de Johanann har Napah. Ni siquiera aciertas a elogiar a una mujer con palabras tuyas.

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Y volvió a escupirlo y se alejó indignada.

La rendición de cuentas resultó larga y minuciosa, Zacarías era un hombre prolijo, Nada olvidó, ni el diezmo de la menta y del comino, según las palabras de Jesús.

Sólo sabes, Señor, si el saldo que arrojaron dichas cuentas en favor de la viuda fue la mitad, o siquiera la quinta parte de lo que le correspondía,

Lo que todos sabemos, Señor, es que Zacarías no se habría permitido engañar a su hermano David, de estar vivo, porque el Talmud prescribe que “no es permitido engañar a nuestro prójimo” (Baba Metsia).

Pero Zacarías había averiguado que el infeliz, puesto en capilla, se dejó convencer por el capellán militar y recibió el bautismo católico, media hora antes de ser fusilado.

Lo cual lo rayaba del libro de los prójimos y lo incorporaba al gremio de los goyim o akum (pe- rros idólatras o cristianos).

Y el mismo sagrado Talmud dice: “Es lícito esta- far a un goy” (Baba Kamma).

Pues, conforme a la doctrina talmúdica, expresada en su código civil y criminal (Choschem Hammisch- pat) “el dinero de los akum es semejante a un bien sin dueño”.

Por final de cuentas Zacarías entregó a Sarah unas libranzas sobre Varsovia y un pasaje para Ham- burgo. Y tuvo la generosidad de acompañarla al vapor y despedirla como se despide a alguien hasta la eternidad.

Esta es una parte de la historia de Zacarías Blu- men. Pero hay algo más. Las gentes no saben cómo continuó creciendo su enorme fortuna; pero yo lo y voy a decirlo, para que no olvidemos que a Zacarías Blumen y a sus semejantes la Argentina les debe buena parte de su fama en el mundo.

Lo cual no significa que sus nombres hayan de quedar en la historia al lado de los constructores de Ja nación.

Tal vez, en el reverso de la medalla. 7

TI. La conquista del mundo, sin escuadras ni ejércitos

Restauradas las ruinas de la guerra del Paraguay, sobrevinieron años de gran prosperidad, y se des- arrolló en los argentinos el amor al lujo. Y, como consecuencia, una afición desmedida a los géneros de seda, afición que el gobierno quiso contener, gravándolos con fortísimos derechos de aduana.

Zacarías Blumen se puso en contra del gobierno y en favor de los argentinos; y se dedicó a procu- rarles aquellas preciosas telas, libres de impuestos fiscales.

Comprábalas en el Japón o en Italia y ocultábalas en sus depósitos de la Banda Oriental, entre Mon- tevideo y la Colonia.

Allí las recogían sus lanchas, más veloces y mejor tripuladas que las de la policía aduanera.

En una noche cruzaban el río de la Plata y des- cargaban su rica mercadería en lugares secretos de la costa del Tigre o las barrancas de San Isidro.

En los gastos del negocio, Blumen incluía siempre una partida para el comisario de la región o para el jefe del resguardo. Lo que los argentinos llaman “coima”, En el lenguaje técnico, se dice: “lubrican- te, materia viscosa y fluida que se deposita en los ejes y engranajes para evitar que chillen”,

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A veces algún engranaje rechazaba el lubricante, y los pobres marineros de sus lanchas tenían que andar a tiros con los guardias aduaneros entre los sauzales de la costa y los meandros del Delta.

Pero tales accidentes apenas interrumpían el trá- fico durante algunas semanas. Zacarías curaba a los heridos, olvidaba a los muertos y echaba más lubricante o lograba que se removieran aquellas ruedas inferiores que no se dejaban engrasar debi- damente.

A pesar de estos gastos, las sedas de Blumen po- dían venderse en Buenos Aires a la tercera parte del precio de las que llegaban por el legítimo puer- to. Pero Zacarías se guardaba de venderlas a ese precio, por no arruinar a sus honestos rivales, Se limitaba a rebajar las suyas a la mitad, lo cual le permitía realizar dos cosas buenas: no ganar más de un veinte por ciento y no fundir del todo a los comerciantes honestos. La experiencia le había enseñado que sólo gracias a la honestidad de los hombres hay negocios para los pillos.

De las sedas pasó a los cigarrillos, a los encajes y a la morfina. Los buenos negocios son como las cerezas: en el tronquito de unos se enredan otros.

Y así él, buscando gentes discretas y hábiles que - expendieran sus alcaloides, descubrió un nuevo filón,

Había observado que entre los centenares de miles de inmigrantes que los buques de Europa vuelcan sobre las indefensas playas argentinas, venían mu- chas damas ilustres, baronesas y condesas, de ape- llidos difíciles, ávidas de explotar sus buenos mo- dales y el sonido de sus nombres: Condesa Koz- lowsky; baronesa Zytnitzky.

Y había observado también —pues a Zacarías no se

le escapaba ningún detalle— que los caballeros porteños gastaban con placer su dinero en las guan- terías, y perfumerías, y bombonerías atendidas por jóvenes extranjeras con nombres románticos,

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En aquellos tiempos, cuando Olga, o Eva, o Abi- gail decidían cambiarse nombre, acudían a las óperas y se rebautizaban Gilda, Norma, Aída.

Ahora las óperas han caído en desuso, y las mu- chachas prefieren los nombres en inglés de las ar- tistas de cine,

Zacarías fue el primero en Buenos Aires que rela- cionó esos dos hechos triviales al parecer: el cursi romanticismo de los caballeros porteños, por quienes las jóvenes se cambiaban el nombre, y la sonoridad de ciertos apellidos de damas inmigrantes.

El mismo día que desembarcaron la baronesa Fanny Chmielnitzky y la condesa Ida Glúck, que venían de Amsterdam, con pasaje de tercera clase, Zacarías Blumen las abordó en el hotel de Inmigran- tes, donde las alojó la munificencia del Estado.

—Si yo les doy plata a estas nobles damas —iba pensando el financiero— para que, fingiendo no conocerme, abran guanterías, y bombonerías, y flo- rerías, con esas rubias muchachas que han venido en el mismo buque, y les cambien sus nombres bí- blicos por otros árabes: Zaira, Saída, Zelmira, ha- remos buenos negocios.

De esta ocurrencia nacieron innumerables tiendas en todos los barrios de la ciudad, regenteadas por nobles señoras, vestidas de sedas brillantes y con gruesos collares falsos.

Zacarías Blumen las comanditaba secretamente y cada semana ¡ba con su levita escrofulosa, su barba negra y su espalda arqueada a hacer balance y embolsar ganancias,

Buena porción de éstas se destinaba a engrasar el complicado mecanismo de la policía porteña. Y, como la experiencia le había enseñado que algunas ruedas no absorbían el famoso lubricante, Zacarías Blumen, antes de instalar una guantería, visitaba al comisario del barrio. Y si lo hallaba insoborna- ble, se alejaba de aquella sección,

De lo cual resultó que algunos cuarteles de la ciu- dad no fueron favorecidos por el progreso; pero en

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otros fundó Zacarías tantas sucursales que los vapo- res de Europa no le suministraban ya suficientes baronesas y condesas, y tuvo que hacerlas venir de su tierra, expresamente,

A veces, desbordado por el éxito de los negocios, cuando hallaba una mula vieja de buen aspecto, que se llamaba como quien dice Juana Pérez, él mismo le otorgaba ejecutoria de nobleza, y la Juana Pérez, desde ese día, entraba a llamarse baronesa Taiba Rubinstein.

Tuvo también que preocuparse de las jóvenes em- pleadas, lo cual no era escaso quebradero de cabeza y lo obligó a hacer varios viajes a Europa y a esta- blecer corresponsales discretos en distintas naciones.

Al cabo de algunos años tuvo la satisfacción de ver su obra perfecta. Poseía cuarenta o cincuenta sucursales en la Capital Federal y muchas en las ciudades del interior. Y de tal manera había orga- nizado sus agencias europeas y hasta asiáticas, que Buenos Aires acabó por ser el principal mercado para ciertas mercaderías.

¡Al César lo que es del César! Buenos Aires debe a Zacarías Blumen y a otros extranjeros como él, lo más ruidoso de su nombradía en aquellas naciones de donde importaban sus baronesas y sus modisti- Vas; y, gracias a tales industrias, la ruta de Buenos Aires o, como dijeron los franceses, “le chemin de Buenos-Ayres”, proporcionó argumento a comedias y librejos que han dado mucho lustre al nombre argentino.

Es justo, pues, que tales inmigrantes que al am- paro de las leyes más liberales del mundo han gana- do el dinero más sucio de la tierra, labrándonos de paso una linda fama, vivan en las páginas de este libro, aunque sea con nombres supuestos,

Y nadie se queje, pues los nombres que se usan aquí han enel: , y algunos siguen pertene- ciendo, a personajes de carne y hueso, cuyos re- tratos, impresiones digitales y demás circunstancias

TT

7 J 3

guárdanse en los prontuarios de nuestra policía, Ad perpetuam rei memoriam,

Naturalmente, estos negocios los manejaba Zaca- rías Blumen por intermedio de agentes, subagentes, inspectores, apoderados y comisionistas, que, a me- mudo, no tenían la menor noticia de él.

Su buena fama habría sufrido si la alta sociedad porteña, en cuyos salones acabó por deslizarse con la resplandeciente Milka Mir, cubierta de pedrería auténtica, se hubiera percatado de que él era el capitalista de las baronesas que infestaban ciertos barrios.

Zacarías cuidaba su reputación. Sólo quería apa- recer como dueño del Banco Blumen, y aspiraba a ingresar en el Gran Kahal de Buenos Aires.

Pero, fuese que alguien recordara su historia en la guerra del Paraguay, o fuese que, absorto en sus negocios, hubiese descuidado la política de su na- ción, el hecho es que a los sesenta años, poseedor de cincuenta millones de pesos, no tenía influencia alguna en el gobierno del pequeño Estado, que los prats forman siempre dentro del gran Estado que los acoge.

Eso no debía continuar así. Un día, cuando los negocios le permitieron pensar en los destinos de Israel, se mezcló en las reuniones, derramó dinero o y en el mes de Kislew (noviembre), en

Asamblea General de los judíos, fue elegido elec- tor, miembro del colegio electoral que en la si- guiente Pascua designaría a los que iban a formar el Gran Kahal.

¿Cómo se manejó en los pocos meses que van de noviembre a Pascua? Ello es que el modesto elector del mes de Kislew, en el mes de Nisan (general- mente abril), primero del año israclita, el 14, víspera de la fiesta de Pesach (Pascua), que dura una

semana, durante la cual no se come pan con leva-

dura, en conmemoración de la salida de Egipto,

fue electo magistrado del Kahal,

Al año siguiente, un paso más, y se le designó Rosch, jefe de la secreta institución, síntesis del poderío israelita.

Zacarías Blumen, como muchos otros de su nación, había perdido la fe en el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, pero conservaba el espíritu del Talmud,

Tenía el orgullo de su raza. Creía en Israel, pre- destinado para dominar al mundo. Había estudiado la Ley y sus comentadores, para estar en condicio- mes de usar de la palabra en las asambleas de la Sinagoga.

Veneraba fanáticamente la Thora, porque su con- tenido, los cinco libros de Moisés, no solamente son la doctrina, sino también la historia guerrera y gloriosa de su pueblo. Adoraba los Salmos de Da- vid, donde hallaba, entre cánticos de amor y rugi- dos de contrición, regios fragmentos de la epopeya nacional. Y amaba, sobre todo, a los Profetas anun- ciadores del resurgimiento. Especialmente a Ba- laam, cuya boca, sobornada para maldecir a Israel, estallaba en bendiciones delante del despavorido rey de Moab:

“Balaan, hijo de Beor, el varón de los ojos abier- tos... ¡Qué hermosas son tus tiendas, oh Ja- cob!... Se encorvará para echarse como un león ..... ¿Quién lo despertará? ¡Benditos los que te bendi- jeren y malditos los que te maldijeren!... Una estrella se levantará de Jacob... Un cetro, de Israel... Y perecerán todas las otras ciudades,”

Estas magníficas palabras le hinchaban el pecho y le enrojecían las mejillas.

Y, aunque prácticamente ateo, creía en el adve- nimiento del Mesías, no un mesías personal, sino el propio reino de Israel, que alcanzaría la plenitud de su gloria con la Meoada del Anticristo.

Se puede creer en eso, sin creer en Dios; pero no se puede trabajar por eso, sin trabajar, a la vez, por la destrucción de Cristo, única valla que se opone a la hegemonía de Israel, cuyo nombre extraño con-

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tiene su historia y hasta su política: “el que lucha contra Dios”,

Día de júbilo fue en casa del banquero aquel día J4 del mes de Nisan en que se apoderó de las riendas del Kahal,

Eso ocurrió en 1900, Zacarías Blumen tenía 63 años y se infló de orgullo porque en la misma elec- ción en que a él lo ungieron Rosch (jefe del Kahal), 1 Mauricio Kohen solamente lo hicieron Schemosch (secretario).

Pensó que tenía ahora en su mano el poder de cobrar a su enemigo todas las humillaciones que él y su mujer, Sarah, habían hecho sufrir a los Blumen.

No creyó media palabra de lo que el mismo Mau- ricio le dijera antes de la elección: —Serás Rosch del Kahal, porque yo te haré elegir por mis amigos para mostrarte mi estimación,

Zacarías no agradeció a Mauricio, ni se imaginó que éste, desde su cargo de secretario, era capaz

le manejar al Rosch y al propio Kahal.

Ignoraba que Mauricio Kohen había puesto los ojos en el joven Zacarías Blumen, único hijo del banquero, para su única hija, Thamar, ambicionan- do reunir bajo un solo techo a las dos más podero- sas familias judías del Río de la Plata.

El negocio, planeado por Sarah Zyto, fue bien Jlevado, y Zacarías Blumen (hijo), buen mozo, de 23 años, enamoróse perdidamente de Thamar Kohen,

Al siguiente día de su elección, el viejo, sintiéndose Rosch de veras, llamó a su hijo y le habló con én- fasis digno de la Sinagoga:

—¿Sabes, hijo mío, que solamente las almas de los judíos descienden del primer hombre?

—¿Quién dice eso, papá?

—El Talmud... ¿Y sabes que el mundo ha sido creado sólo a causa de Israel?

Y eso, ¿quién lo dice?

—También el Talmud. Está en el tratado Beres- chitch Rebba, sección 1,

El joven guiñó un ojo y comentó con sorna: í Lo que yo no sabía es que fueras tan sabio, papá. ¿Estás estudiando para gran rabino? = —Desde ayer soy Rosch del Gran Kahal... Escu- cha, MÍO... Zaci bostezó. —Los bienes que poseen los otros hombres, en ' realidad pertenecen a los judíos, Zacarías dejó de bostezar. —¿Y eso también lo dice el Talmud? Sí, con estas palabras: “La propiedad de un no judío es como una casa abandonada; su verdadero dueño es el primer judío que se apodere de ella”. —¡Hum! —hizo el joven—. ¡Lástima que además del Talmud existan el Código Penal y la policíal El banquero, con su mano amarilla, le impuso silencio.

—No importa lo que digan los códigos cristianos, mi lo que piensa su policía. Hoy los hombres de nuestra raza no son más que el 1 por ciento del mundo, pero poseemos el 50 por ciento de todas las

riquezas móviles. No es bastante. Necesitamos la otra mitad, y la tendremos. Yo no veré ese día, pero Los comentadores del Zohar, el Libro del Esplendor, lo anuncian para dentro de 66 años.

—¿En 1966? ¡Psch! Yo seré muy viejo. ¿No po- dríamos contentarnos con la mitad del mundo que ya tenemos? y

Zacarías estuvo a punto de decirle: ¡Bestial

Se contuvo y siguió aleccionando a su heredero.

—En el fondo de nuestra alma hay cuatro senti- mientos... Oyeme bien, y si, por desgrácia, falta alguno de ellos en ti, debo pensar que no eres hijo mío y que tu madre anduvo en tratos con los

goyim.

El joven Zacarías conocía la dura palabra del Tal- mud, que llama goy al no judío (en plural, goyim), generalmente al cristiano,

—¿Y cuáles son esos sentimientos, padre mío?

—Una ambición desmesurada, una avidez insacia- ble, un rencor eterno y un odio inextinguible,

—¡Papá! Puedes creer que mi madre es una santa,

—Hijo mío, eso quiere decir que sientes dentro de ti los cuatro sentimientos del alma judía,

—No, papá; no siento ninguno.

El viejo se rascó la nuca.

—No importa: a los veinte años yo tampoco sabía lo que sentía. Sigue escuchándome: la ambición, de dominar al mundo; la avidez, de poseer todas las riquezas; el rencor, contra los goyim; el odio, a Cristo...

El viejo parecía crecer de estatura y su voz adqui- ría una endiablada sonoridad.

—Padre mío...

—¡Calla y escucha! Un 'solo medio existe para sa- tisfacer estas cuatro pasiones: apoderarse del oro del mundo, de todo el oro. Entiéndelo bien, porque estas palabras son mi testamento; el oro metal, el oro sonante, El resto podemos abandonarlo a los goyim, porque el día que tengamos el oro, aunque ellos tengan lo demás, nada tendrán,

—¿Cómo es eso? —exclamó estupefacto Zacarías, gs las casas, ni los campos, ni las haciendas, ni las 'ábricas-son riquezas dignas de nosotros?

—Nada de eso es riqueza, si el oro está en nuestras manos.

—Explícate, papá; esto me interesa,

—Sí, pero guárdalo, porque es el secreto del Gran Kahal. Para conquistar el mundo no emplearemos una espada, sino un libro,

—¿Qué libro? ¿Acaso el Talmud?

—No, hijo mío —respondió con lástima el banque- ro—. El Talmud no lo leen los goyim. Un libro que ellos leen: la Economía Política. En ese libro hay un capítulo que es la obra maestra de nuestro ingenio, el que trata de la moneda, especialmente del oro, cuya religión hemos predicado desde las universidades y hemos hecho aceptar a los gober- nantes y a los pueblos.

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Ahora el joven Blumen retenía el aliento. ¿Cómo su padre osaba afirmar que los principios sico sobre la moneda fueran doctrina judía?

La mano del viejo volvió a levantarse, No era hombre de libros, pero tenía un instinto portentoso para los problemas financieros,

—La economía política era ciencia cristiana, cuan- do decía que el trabajo es la dignidad humana y base de toda riqueza.. Hoy es ciencia nuestra, por- que nuestros sabios la han adulterado, para meter en los cerebros de los goyim una doctrina que nos conviene: “El trabajo es una mercadería. No hay moneda sana que no tenga por base el oro.” Y como no hay negocio que no tenga por base el dinero, es decir, la moneda, no hay negocio que no tenga por base el oro. Apoderándonos del oro, dominaremos todos los negocios del mundo.

So detuvo para recobrar aliento, El joven lo mi- raba estupefacto. El viejo prosiguió:

Es infinitamente más fácil acaparar el oro que las demás riquezas; porque el oro del mundo no pasa de diez «nil millones, mientras que las otras riquezas son 990 mil millones, Pero no basta apo- derarse del oro si los gobiernos y los pueblos dejan de creer en la ciencia de nuestros sabios. Que muestra doctrina de la moneda se siga enseñando en las universidades, y que nuestros banqueros sigan acumulando el metal oro, y antes de 70 años, como dice el Zohar, habremos conquistado el mundo, sin escuadras y sin ejércitos.

Ya la noche se filtraba por los postigos, y el salón so oscurecía, Hora del Kahal, El viejo se levantó. Desde la puerta, enumerando los dedos, volvió a decir:

—¡Acuérdate! Cuatro pasiones: una ambición, una avidez, un rencor, un odio...

Zacarías, el joven, se quedó pensando si realmente su alma era judía, pues lo único que en ese mo- mento lo preocupaba era el amor de Thamar Kohen.

Ni Zacarías el viejo, ni Milka su mujer, sabían

83.

As

nada de tal asunto; los Kohen habían tendido en secreto las redes, para captar al mozo, Pero Zacarías

(padre) odiaba los recuerdos de la guerra del Pa- raguay, Y la joven Thamar era la reencarnación de la desdeñosa viuda que le contó la historia de Ruth y después lo escupió en la cara.

Al saber que su hijo la cortejaba, tuvo un violento acceso de cólera y lo amenazó con maldecirlo hasta la quinta generación; y, lo que es peor, con echar al mar toda su fortuna, para que no heredase mi un centavo, Y, durante largas semanas, ni él ni su madre lo hablaron ni lo miraron siquiera.

¿Cómo no había de enfurecerse, si aquel amor desbarataba un proyecto largamente acariciado?

Aunque tenían el secreto orgullo de ser judíos, querían casar a su hijo con una cristiana, para en- trar en la sociedad porteña por derecho propio.

Aquella sociedad los toleraba y hasta los adulaba por sus millones; pero en sus cortesías adivinábase un mal disimulado desdén: ¡judíos!

Sería una gran victoria de su pueblo si Zacarías Blumen casaba a su hijo con una aristócrata, aun- que tuviese que hacerlo bautizar,

Se habían fijado en Marta Adalid, la hija menor de aquel Adalid cuyos campos comprara al Kahal muchos años atrás y que tenía en buena parte pri- sioneros de irremisibles hipotecas,

Al viejo Adalid le encantaría entregar su hija al único heredero de su principal acreedor. Y éste podría renunciar a los millones de Thamar Kohen, porque Marta Adalid poscía un apellido ilustre en la Argentina.

“¡Algunas veces hay que ser desinteresado, hijo mio!”

Seis meses duró la batalla, seis meses durante los cuales el joven Zacarías estuvo a pique de cometer diversas locuras: casarse secretamente con Thamar, irse a Europa, pegarse un tiro,

No hizo ninguna de las tres, y acabó por notificar a su padre que estaba resuelto a ser desinteresado,

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Renunció a Thamar y con ella a la herencia de los Kohen; se dejó bautizar por un Obispo, y poco después el Arzobispo de Buenos Aires lo casó con Marta Adalid.

Todavía la gente recuerda el esplendor del baile que esa noche dieron los Adalid.

Zacarías Blumen, el flamante suegro, saboreaba un doble triunfo. Primero, el de emparentar con tan ilustre casa. Segundo, el de observar, ante las damas cubiertas de encajes auténticos y de joyas costosí= simas, que progresaba en los argentinos el amor desenfrenado al lujo.

Política del Kahal era fomentar entre los cristianos la vanidad y la bambolla, obligándolos a meterse en arriesgadas especulaciones, abismo donde pere- cen las más grandes fortunas,

Pero en los salones, justo es decirlo, nadie se acordaba de la novia,

La reina de la fiesta fue Thamar Kohen, que atraía las miradas y hostigaba la curiosidad con una des- envoltura graciosa y vengativa. aros qué ardían sus ojos de aquella manera, y su

era extraña e impertinente?

Ella estaba en los planes de la Sinagoga.

Mauricio Kohen citó al Kahal y al Beth Din, y en

encia de todas las barbas de la judería, acusó

le renegados al Rosch Zacarías Blumen y a su hijo,

por haberse convertido a la odiada religión del Crucificado,

Bajo el masónico secreto que envuelve los proce- dimientos de ambos tribunales, denunció la traición de que había sido víctima la hermosa Thamar,

“Vosotros sabéis, hermanos de Buenos Aires, que el casamiento de un judío con una cristiana es cosa abominable a los ojos del Eterno. Es el ayunta- miento de un ser divino con un ser innoble como una cerda o una asna,

"El Talmud nos cuenta, en-su tratado Safer Ben Sira, lo que sucedió al célebre rabino Ben Sira, gran amigo de Nabucodonosor en tiempos de la cauti-

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vidad de Babilonia, El rey quiso premiarlo y le ofreció la mano de su hija. Y el rabino contestó, orgullosamente: “Sabe, ¡oh rey!, que yo soy hombre y no animal, Por ello el Zohar prohíbe a los judíos casarse con mujeres cristianas, que son, al decir de Jeremías, cisternas rotas, que no retienen las aguas, mientras que las judías son fuentes de aguas vivas. Y el rabino Yossé, en el mismo Zohar, afirma que éste es el segundo de los tres grandes pecados que alejan del Santo (¡bendito sea su nombre! )”.

Desgarró sus ropas, y pidió que, sin acordarse de la ofensa a la dulce Thamar, sino de la ofensa al pueblo judío, se desposeyera a Zacarías Blumen de «su dignidad de Rosch y se les aplicara a él y a su hijo la excomunión del Herem, expulsándolos de la Sinagoga, hasta el día del reinado del Anticristo, cuando el Santo (¡bendito sea El!) coja la tierra co- mo la orilla de un manto, y sacuda a los impíos, como se sacude el barro de las vestiduras. La peroración del Schemosch del Kahal impresionó a la asamblea.

Blumen se levantó para hacerle frente con bravura y sutileza digna de un rabino.

—¡Hermanos de Isracll Lo que este hombre ha tramado es la más perversa intriga del mundo. Y lo que hemos hecho, mi hijo bautizándose para casarse con una cristiana y yo permitiéndolo, está prescripto por nuestra ley.

—¡Blasfemia!

—¡Escuchad! Vosotros sabéis que el judaísmo es indeleble como el color de la piel. Porque no es una religión sino una raza, la primera y la única que salió de las manos del Eterno (¡bendito sea El!). ¿Por qué los judíos mo mandamos misioneros como los goyim? Porque sabemos que ningún con- vertido a nuestra religión se volverá judío. Como sabemos, también, que hay millones de judíos que han renegado aparentemente de su religión, y siguen siendo tan fieles como el más sabio rabino. ¡Acor-

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daos de nuestro Maimónides, que se hizo maho- metano!

—¡Blasfemia otra vez!

—Escuchad con paciencia. Esto no lo digo yo sino el Libro mil veces santo.

Extrajo de sus bolsillos un texto y leyó esta pres- cripción talmúdica;

“El hombre debe ser astuto por temor de Dios”; y a renglón seguido, este comentario del famoso rabino Ben Ascher: “Se permite a un judío engañar a los idólatras haciéndoles creer que se ha hecho cristiano.”

—Recordad, hermanos del Kahal, del Beth Din y de la Sinagoga, nuestra fiesta del Yom Kipur, que una vez por año nos desliga de todo juramento y de toda promesa. ¿Para qué serviría este perdón anual de los perjurios si no pudiésemos engañar a los adeptos de Cristo?

Por los papeles que el Rosch iba sacando, adver- tíase que había ido preparado al combate.

Salomón y Levy y Abraham, que lo escuchaban en los escaños de la derecha, se acariciaban las barbas.

—¡Está bien!

Pero Jacobo y Aarón y Moisés y David y Eleazar, rebullíanse fastidiados, adentro de sus levitas.

—¡Blasfemia! ¡La pobre Thamarl!

Zacarías guardó sus papeles y desde la altura de su dignidad de Rosch, dejó caer sobre la asamblea estas enfáticas palabras;

—Hemos corrompido a los goyim, haciéndoles amar el lujo, que sólo pueden costear con nuestros prés- tamos. Somos un puñado, pero nadie tan poderoso como nosotros, porque tenemos esa fuerza de la finanza, contra la que ningún gobierno puede lu- char, aunque se llame Napolcón. Y en Buenos Ai- res, hermanos míos, ningún otro de mi raza ha hecho más que yo, ni siquiera ha hecho la mitad de lo que yo he hecho. ¿Y a ese hombre hay quien se atreve a acusarlo y a pedir el Herem contra él?

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Zacarías se sentó, creyendo, por la emoción de los semblantes, que había ganado el pleito, a Terrible enemigo aquel viejo Mauricio, que de nuevo se alzó tosiendo y con los ojos bermejos de sangre.

—¡Has blasfemado, Rosch, y mereces la muerte! Mientras nosotros destruimos las aristocracias na- turales, para levantar la nobleza del oro, tú, Rosch, nos traicionas para ingresar en la familia de los aris- tócratas, Mientras nosotros desacreditamos entre los pueblos a los sacerdotes de los goyim, tu hijo, Rosch, se hace bautizar por un Obispo; y vas a besar el anillo del Arzobispo. Mientras nosotros trabajamos en la destrucción de Cristo, tú, Rosch, vas a prostituirte con tu familia en los templos cris- tianos. Verdaderamente el misterio de iniquidad ha comenzado. Pero todavía faltan años de persecución a Israel y de triunfo para Roma. Pero Roma es

la estatua del profeta Daniel. Sus piernas de hierro se asientan sobre pies de barro. Una piedra, que wendrá de rumbo desconocido, derrumbará la es- tatua, Esta piedra será el Rey de la sangre de Sión, el Anticristo que está próximo a nacer y que será anunciado por un Obispo católico, que apostatará a fin de ser su precursor, Si tú, Rosch, puedes afir- mar que el Obispo que ha bautizado a tu hijo es apóstata y será el profeta del Anticristo, podremos -perdonarte, Si no, mereces la muerte del' Herem. Zacarías Blumen permaneció callado; y todos los concurrentes se levantaron gimiendo y rasgando sus vestiduras, con unas navajitas finas, que sólo cor- taban las costuras, sin grave daño. —¡Herem, Herem! Mauricio Kohen había ganado la partida. Blumen tuvo miedo y huyó de la Sinagoga, sintiendo en las flacas piernas los chicotazos de su levita. El Kahal, presidido por el segundo Rosch, votó la

ulsión de padre e hijo. Se apagaron las cuatro

7 os negras encendidas sobre el altar, para que - humeasen durante las maldiciones, y se tocó el Sofar,

cuerno de carnero, que sólo resuena en tales oc: siones. Y el gran rabino pronunció el Herem, q segrega definitivamente de la nación judía, Es tan raro leer en algún viejo libro esta maldi- ción —porque los judíos son en extremo celosos del secreto de sus ritos—, que vale la pena reproducir aquí su extraña fórmula: / “Por la fuerza y la potencia que la palabra san! ejerce, nosotros destruimos, anatematizamos, reba; mos, humillamos y maldecimos, en el nombre del Dios Kahal, en el nombre de los 613 artículos de la Ley encerrada en los libros santos; por este Herem- con el cual Jesús de Narvín maldijo a Jericó; y Eliseo maldijo a los muchachos; y Zazac maldijo a Moraz... ”Por todos los anatemas, maldiciones y execra= ciones proferidos desde los tiempos de Moisés; y el nombre de Dios que contiene 42 letras, que

sea maldito por todos los serafines, ángeles y arcán- geles que sirven a Dios, y "Si ha nacido en el mes de Nisan, durante el cual reina el arcángel Uriel, que sea maldito por este arcángel y por todos los ángeles que le obedecen. (Sigue la enumeración de los otros once meses, impetrando la maldición de sus respectivos arcán- geles, a quienes se designa por sus nombres.) ”Que las desventuras lo persigan. Gran Dios, cas- tígalo; gran Dios, abísmalo; gran Dios, destrúyelo, Que todos los diablos le salgan al encuentro; y. muera de muerte repentina, antes de un mes. . ”Que Dios lo castigue con la tisis, la espada, la locura y la ictericia. Que traspase su pecho con su propia espada y se rompan sus flechas. Que encuen: tre una oscuridad profunda y al final la desespera- ción. Se envolverá en el anatema como en un manto. - Y se destruirá a mismo, Y Dios no lo perdonará é jamás. Y su nombre se borrará del espacio que hay entre el cielo y la tierra, Y será desterrado para siempre de la descendencia de Israel. e aL

"En cuanto a vosotros, que teméis a Dios, vivid en paz y que Dios os bendiga.”

De esta suerte cayó sobre el fundador de la familia argentina de los Blumen la madición de su pueblo, Y eso ocurrió en 1900, cuando el viejo tenía sesenta y tres años.

La maldición pareció cumplirse, porque ese año murió. Pero lo mismo le ocurrió a su triunfante enemigo Mauricio Kohen, con pocos meses de dife- rencia, Kohen dejó dos hijos: Thamar, de veinte años, y Mauricio, de cinco, a más de su viuda.

Han pasado más de treinta años, -

El segundo Zacarías Blumen ha intentado infrue-

tuosamente hacerse levantar la excomunión de la Su deseo se ha estrellado en el odio im-

placable de Thamar Kohen, que envejece soltera y

no olvida, ¿

Zacarías Blumen ha acabado por renunciar a aquel propósito, consolándose con la idea de que el Herem no le ha impedido reunir 300 millones de pesos.

Su mujer le ha dado solamente una hija, la incom: parable Marta Blumen Adalid, la muchacha más elegante de Buenos Aires. -

En no qué iglesia de la ciudad hay un célebre cuadro que representa el episodio bíblico de Rebeca dando de beber a los camellos de Eleazar. pe

Alguien descubrió que aquella hermosa Rebeca, 3 de ojos color de aceituna, parecía un retrato de De: Marta Blumen, de lo cual podía inferirse que alguna lejana abuela sirvió de modelo al pintor, doscientos años atrás,

Pero ese descubrimiento trajo otro: no faltó quién observara que si la Rebeca se parecía a la hija, el camello de Eleazar era el vivo retrato de la madre,

¡Qué salto había tenido que dar Marta Blun

por arriba de sus padres, para no parecerse a nin- ino y ser la cifra de la gracia porteña en un pre- cioso molde judío! - Esbelta y firme, como la palmera del Cantar de los Cantares, su cabeza era ayer negra, hoy rubia, mañana platinada, siguiendo unas veces el capricho y Otras la moda, Y sus ojos, como los de un gato, arrojaban, por entre las sombras de sus pestañas negras, un rayo verde y felino. ¡Lástima grande, y sin remedio ya, que su madre, jue se inició tan bien con aquella exquisita criatura, no siguiera dando hijos al banquero! Se detuvo en la primogénita, so pretexto de que había oído a un - predicador que las criaturas alejan del Creador, No quiso tener más criaturas, que la habrían alejado no sólo del Creador, sino del teatro, de los saraos y -del bridge. Y cuando se hubo divertido bastante y pensó que no convenía que Marta estuviera sola, “ya era tarde, Murió a los cincuenta años. Marta se quedó sola, para heredar a su tiempo los millones de su padre, - Buenos Aires ya no es la ciudad que conoció Mau- -_ricio Kohen. Tiene, con los pueblos circunvecinos, casi tres millones de habitantes; puede considerarse la tercera metrópoli judía del mundo, después de Nueva York y Varsovia. Y duerme en su grandeza como la leona de la profecía de Balaam. ¿Quién la despertará? Cuando siente en sus ijares el rudo latigazo de la revolución de 1930, se incorpora rugiendo. ¿Quién la golpeó? ¿Quiénes son sus enemigos? Olor de sangre y de fuego en el aire,

Berta Ram, la hija del químico Julius Ram, profe-

sor en el Colegio Militar, ayudaba en sus investiga-

clones a su padre y escribía artículos literarios para revistas,

Era joven y apenas conocida del gran público. Aquellas colaboraciones dejábanle pequeñas ganan- cias que le venían muy bien porque su padre andaba siempre envuelto en deudas. De no ser así, habría abandonado la literatura para dedicarse enteramente a la investigación científica, al lado del profesor Ram.

Esa tarde tenía que hacer una de las más fasti- diosas diligencias de su vida de pobre: ver al presi- dente del Banco de la Nación y conseguir que reno- vara unos pagarés del pobre sabio, que estaba en rige de realizar un descubrimiento trascendental,

Al encaminarse a la cita del banco, un mensajero le entregó una carta que la hizo sonreír.

Mal podía quejarse de su modesta pluma, pues le debía la mayor ilusión de su vida.

Sus trabajos no le habían dejado tiempo hasta los 28 años, para pensar en novios. Ni había querido a nadie, ni nadie le había dicho que la quería, Y no lo sentía. De pronto, un cuento, unos versos, una página cualquiera, le ganó la simpatía de un hom- bre que quiso conocerla. Ella quedó con la inquie- tud de haberlo decepcionado, mas no fue así, por- que desde ese día él la buscó y pareció amarla de veras.

¿Por qué no lo decía en alta voz, para que todos lo supieran? ¿Por qué le exigía un secreto que la humillaba?

Aquel hombre ciertamente era libre; podía dispo- ner de su persona; si la quería, podía casarse con ella, Mas nunca le hablaba de eso y hasta parecía temer que ella le correspondiera, ¿Qué extraño im-

«limento era el que permitía amarla, pero le pro- hibía ser amado?

Berta Ram se dejó conducir por aquel amor instin- tivo, como por un guía ciego. Al principio le pareció Liga todas las ventajas estaban de su parte, ya que él sólo pedía que oyera sus palabras ondaa Nunca una respuesta, ni sí, ni no.

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Después sintió el agua mansa y profunda en que insensiblemente se anegaba, ¡Qué dulzura cerrar los ojos y guardar el silencio que él le pedía! Empero, un día le exigió que le explicara su con- ducta, y 6l respondió:

—Hoy no puede ser, Le voy a escribir.

Esta era la carta, y decía así:

“El amor que ha nacido en mí, contra mi propia voluntad, es triste y absurdo, pero no culpable. No me acuso de haberla amado, sino de habérselo di- cho. ¿Se lo he dicho realmente? ¡Confiéseme que no! Pero, ¿hacían falta las palabras? Hay silencios llenos de murmullos, Cuando yo le hablaba le decía menos que cuando permanecía callado, Yo dejé que usted me adivinara, resuelto a no pedir más que su inocente amistad, en cambio de este confuso amor. ¡Tantas cosas nos separan! Por de pronto, una sin remedio: la religión. Yo no soy un hombre de su religión, ni de su raza, y no podría cambiar, ni siquiera por acercármele, y usted tampoco.

*Tal vez por eso mismo, porque la vi lejana, como

una estrella, le dije palabras oscuras, que tuvieron suficiente luz para sus ojos. "Entonces tuve miedo de haberme equivocado. ¿Y si usted, a pesar de todo, llegase a quererme? Quise ponerla en guardia, Pero fui tímido o fui egoísta, no bien, Y guardé mi secreto. Y ahora me ima- gino que es tarde,

peo ser franca conmigo? Hágame una sola confidencia, la primera y última. Después, no ha- blaremos nunca más de esto,

”¿No es verdad que si yo abriese los brazos usted se refugiaría en ellos y apoyaría en mi hombro su cabecita cansada de sus pensamientos? "Contésteme o No. Escríbame una tarjeta que contenga una sola palabra, La fecha y su nombre. Cualquiera que sea esa palabra, sabré ser digno de

ella, ¡Pero una sola palabra! Si escribe más será una 'epción para mí.”

Y firmaba, con rasgos sobrios y fuertes: Mauricio Kohen.

Berta cerró los ojos y apoyó la frente enardecida en el vidrio de 5u ventana, La voluntaria noche en

| que se hundía estaba llena de luz. Cerrando los

ojos, lo veía a él y sentía que lo amaba,

¡Que era de otra raza y de otra religión? ¡Ah, sil Esa comprendía que el amór no es el supremo

| sentimiento de la almas grandes, Hay obstáculos a cuyo pie se estrella el amor, como las olas en un

. peñón inaccesible, Y quedan los labios amargos,

como empapados por ese mar.

Berta se mordió los labios, se sentó delante de su mesita y escribió: No. Abajo, la fecha y su firma.

L Se levantó de nuevo y volvió a apoyar la frente sobre el vidrio, ¡Qué dulzura habría sido apoyarla sobre el pecho de en

Las campanadas de un reloj disiparon los pensa-

mientos inútiles, Tenía el tiempo justo de llegar a

la cita del Banco.

Al cruzar la plaza de Mayo vio que un viejo de buen vestir la seguía a muy corta distancia.

Los dos iban con el mismo rumbo y llegaron al mismo tiempo. La presidencia estaba en lo alto. Ella renunció a la jaula negra del ascensor, donde él se metió, y prefirió subir por la ancha y fácil escalinata de mármol. En el primer piso halláronse de nuevo.

—¿Dónde he visto este pájaro? —se preguntó Ber- ta, y al instante se acordó: ¡Zacarías Blumen!; mien- tras él paseaba sus ojuelos perspicaces por los ca- bellos rubios, los ojos pardos, la nariz respingada, el talle juvenil, de aquella muchacha que realmente + us valía la pena de que un banquero la mirase.

¡Hay tesoros que no están en cajas de hierro! alle él, con una sonrisa indeterminada. ¡Es verdad! —contestó ella—. La señorita Marta

; Blumen, por ejemplo, es un tesoro que ni su padre se anima a guardar. Ahí acabo de verla en ns y voiturette, Ñ b>

mw.

La respuesta no dejaba de tener malicia, pero a - Blumen no le desagradó.

Veo que me ha conocido, señorita.

—¿Quién no conoce al gran banquero?. ...

Iba a decir argentino, mas se contuvo, Perfil de tucán, cuello corto, espaldas cargadas, labios exan- giles, como la carne kocher, de un cordero sangrado por el rabino; fisonomía marcada por el Talmud indeleble; traje pulcro y de buena tijera, pero de- masiado nuevo,

La tremenda pepsina de esta tierra, que asimila sin trabajo todas las razas del mundo, no logra trans- formar en verdaderos criollos ni a los judíos ceris- tianados. ¿En dónde radica la resistencia?

—¿La señorita va a ver al presidente?

Sí, señor.

—¿Quiere que yo la acompañe? Es buen amigo mío, y la puedo presentar,

—Gracias, señor Blumen. Tengo audiencia.

—Como usted quiera. Al menos, la acompañaré hasta la antesala.

—Eso —respondió la joven, que empezaba a per- der su gallardo aplomo.

Berta Ram, acompañada por Zacarías, llegó hasta el umbral de la antesala espaciosa y llena de gente, y allí midió su audacia y tuvo ganas de volverse. Su asunto le pareció baladí, en comparación con los ' que iban a tratar los personajes que aguardaban í turno.

p Un joven secretario del presidente se aproximó a

Berta:

t Su audiencia, señorita, dentro de una hora, ¿Pue- . de esperar?

; —Con mucho gusto.

—Aquí tiene asiento. Mientras tanto, observe los 1 personajes, usted que es escritora... ¿Sabe quién es ése?

—¿Algún banquero, como Blumen? —¡Qué esperanza! Este no tiene dónde caerse erto, Es el doctor Apolinario Cuscuta, historia-

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dor y abogado, Estudia los archivos y de cuando en cuando descubre algún prócer que ha muerto en tierra extranjera, En seguida forma una comisión para repatriar sus restos, Nombra tres o cuatro pre- sidentes honorarios y muchos vices, tesoreros y vo- cales; y él, presidente efectivo. Da la noticia en los diarios, y así aparece en letras de molde, codeándose con personajes, Ha proyectado varias repatriaciones; todavía no ha hecho ninguna.

—Y el presidente, ¿lo recibe?

—¿Y por qué no? Tal vez no lo reciba hoy ni ma- fñana, pero él no tiene prisa...

El secretario se alejó para atender a otros, y Berta quedó sola, contemplando desde un sofá arrinco- nado la escena que se desarrollaba en la antesala presidencial, donde Blumen era el centro de las con- versaciones.

Alguien, tal vez un negociante arruinado, dijo:

—Desde los tiempos de la Biblia, el mejor negocio es no hacer ninguno, Prestar plata a los que hacen negocios. Un año, dos, tres años: el que pide pres-

parece que tiene razón, Pero al cuarto o quinto año viene una crisis, y el prestamista lo ahorca,

Eso ocurre aquí —respondió otro—; la Argentina es una vaca lechera, a condición de ordeñarla desde Londres o desde París, y de no preocuparse mucho por hacerla progresar. Pero no ocurre en otras par- 108...

El joven secretario se aproximó a Berta Ram, y le dijo al oído:

Lo voy a pedir que me ayude a salvar una situa- ción incio,

Con mucho gusto, señor...

Le voy a presentar a una persona que no puede mezclarse con los banqueros, donde está Blumen. ¡Enemigos a muerte! Es hombre muy importante. Usted no lo conoce: Mauricio Kohen.

Berta se puso pálida.

—¿Por qué piensa que yo no lo conozco?

—Porque él no la conoce a usted. Me lo acaba de decir; está en la secretaría, Voy a hacerlo entrar y conversará con usted, mientras le llega el turno,

Mauricio Kohen era, a los treinta y cinco años, uno de los hombres más importantes de las finanzas argentinas, Había heredado de su padre una gran fortuna, muchos consejos y la sangre más judía del Gran Kahal, Se casó, enviudó pronto y no quiso volverse a casar.

Por su físico, más parecía noruego que asistente a la Sinagoga. Era un gallardo mozo rubio, de ojos azules y de tez quemada por los deportes al aire libre,

—¡Sigue usted haciendo la comedia de no conocer- me! —le dijo Berta, resentida, ofreciéndole sitio a su lado, en un pequeño sofá—. ¿Quiere explicarme por qué me niega?

Mauricio la contempló con sorpresa y embeleso, porque bajo el reproche de aquellas palabras había un afecto mal disimulado.

—Los días buenos tienen alas y pasan como flechas —respondió—. No quisiera perder un minuto de este día, explicándole cosas tristes y confusas. ¿Recibió mi carta?

Sí. —¿Me contestó como yo le pedía: una sola palabra?

á. —¿Qué palabra puso? ¿Quiere decirme?

¡Extraña sensibilidad la de aquel hombre! Mane- jaba empresas colosales; hacía temblar a la Bolsa; era el ideal de muchas mujeres; se dejaba admirar con elegante displicencia; parecía absorto en los negocios, y he aquí que tenía los labios secos, al formular una pregunta que se podía responder con una sola palabra.

Berta lo vio palidecer, como si verdaderamente la palabra que ella debía pronunciar fuera una senten- cia inapelable, Y tuvo pena de haber escrito no, uando su corazón gritaba sí,

¡Pero no creía, no creía, no crefal ¿Cómo creer que aquel hombre la amase a ella, pobre muchacha sin rango y sin fortuna y casi desconocida?

Sin duda él comprendió los pensamientos de ella, que marcaban sombras en su pura frente, Y, como respondiéndole, dijo en voz baja una estrofa de un pocma francés: .

Toutes les choses ont des contours; Mais a quoi tient la forme qui touche? Comment fais tu les grands amours, Petite ligne de la bouche?

Berta sintió, como el golpe de un ala suave y fuerte, la emoción de aquella verdad. El la amaba, sin ex- plicarse el hechizo. Pero ella siguió dudando, y dijo:

—La palabra que yo he escrito es; No. Y

Los dos guardaron silencio mirándose como dos adversarios que ensayan el filo de sus espadas.

TI A E O A A

V. Historia de muchos estancieros argentinos

Entonces habló Zacarías Blumen, y todos los oídos se tendieron con avidez.

Cuando un hombre ee trescientos millones, su voz adquiere un sonido particular. El menos codi- cioso se sorprende revolviendo y sopesando sus pa- labras como si fueran las arenas auríferas de un río. ¿Y si de pronto se le escapara el secreto de ganar millones?

—Este señor ha dicho que desde los tiempos de la Biblia el mejor negocio es no hacer ninguno...

—¿Y no es verdad? —preguntó inocentemente el doctor Apolinario Cuscuta, que se había ido acer- cando hasta mezclarse en el grupo de los magnates.

Blumen miró la derrotada vestimenta del abnegado repatriador de esqueletos y, suponiéndolo periodis- ta, respondióle afablemente:

—No, no es verdad, señor mío: en las épocas de erisis brotan los buenos negocios. Pero hay que com- prar cuando todos venden y hay que vender cuando todos compran.

—Y usted, ¿qué hace ahora? ¿Compra o vende?

El húmedo y flaco índice de Zacarías se detuvo en el aire, Vaciló. ¿Diría la verdad? Puesto que no

le iban a creer, le convenía decir la verdad.

100

—Yo ahora compro. Compro todo lo que se me ofrece: casas, campos, terrenos, cereales, pinturas y hasta libros raros. Todo está en baja, porque todos quieren vender y nadie quiere comprar. El dinero contante tiene ahora un poder adquisitivo tan gran- de que parece un crimen utilizarlo...

—Escuche, Berta, con qué cinismo habla —susurró al oído de la joven Mauricio Kohen—. Por' primera vez en su vida dice la verdad, y no le van a creer.

—¡Parece un crimen! —repitió Zacarías—. Ninguno de nosotros es capaz de asesinar a ningún hombre. ...

—¡Evidentementel! —respondió con deferencia el doctor Cuscuta—. El código penal nos lo prohibe.

—Pero todos compraríamos tranquilamente una casa o un campo que vale un millón, por cien mil pesos, aunque supiéramos que luego el vendedor se va a pegar un tiro,

Un impaciente preguntó en voz casi de protesta:

—Pero, ¿con quién está el presidente, que tarda tanto en recibirnos?

Con don Fernando Adalid —responidió el secre- tario—. ¿No lo vio? Es un magnífico viejo que entró hace veinte minutos... Dicen que será el futuro presidente de la República.

—¡Está fundido! —murmuró Zacarías Blumen=. ¡Mi cuñado no puede ser candidato!

Mauricio Kohen alcanzó a oír esta frase, y explicó a Berta:

—El pobrecito Blumen daría cincuenta millones por ser presidente...

En ese momento Fernando Adalid, realmente un magnífico señor, alto y recio, que llevaba con ele- fancla sus sesenta y cinco años, hablaba así al presidente del Banco de la Nación:

Créamo, la obra maestra de los financieros ha sido desencadenar esta crisis, para explotarla.

El presidente objetó:

—No puedo creer; sería un suicidio, porque mu- chos y de los más poderosos se han arruinado,

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—¡Así es! Pero, ¿se ha fijado usted a qué religión pertenecen los financieros arruinados?

—Lo confieso que no. ¿Tiene algo que ver la re- ligión con los negocios?

—¡Sil ¡Mucho! No encontrarán un solo judío entre los arruinados. ¡Y en ninguna parte del mundo!

—Eso querrá decir que los judíos son más pruden- tes, y que en el tiempo de las vacas gordas no han especulado como los cristianos.

Adalid repuso con tristeza:

—Todos ustedes, los banqueros, coinciden en arro- jar la culpa sobre los que han especulado,

Ep es! —Pero, ¿qué quiere decir especular? Nosotros, los Adalid, ¿hemos especulado?

—No sé... ¿Qué les ha pasado a los Adalid?

—Eramos cuatro hermanos varones. Nuestro padre nos dejó diez millones de pesos a cada uno. Todo el mundo pensó: “Podrán vivir como príncipes, via- jando y divirtiéndose.” Desgraciadamente, tres ha- bíamos heredado el temperamento de nuestro pa- dre: laborioso, tenaz, progresista.

¿Por qué dice desgraciadamente?

Mn nuestra tierra, señor, es preferible no ser tra- bajador ni progresista, cuando se tienen diez millo- nes de pesos, Permítame que me explique. Todos nos citaban como ejemplo y decían: “Dentro de treinta años tendrán cien millones”. Han pasado ya los treinta años. Hemos creado las mejores estancias argentinas. Hemos fundado ciudades, que llevan muestro nombre. No hemos viajado, ¿Se puede decir que nos hayamos divertido?... Y dos de los cuatro hermanos están ya en la absoluta miseria; y yo... ¡Mejor no hablemos de mí!

—Pero, ¿qué han hecho para disipar fortunas se- mejantes?

—Lo que han hecho todos los pioneers de la gana- dería y de la agricultura, a quienes algún día lla- 'maremos “los constructores de la nación”,

102

—¿Qué hicieron, pues?

—Nuestros ganados pacían en campos abiertos; he- mos alambrado leguas y leguas; lujo para los que cercaban sus campos con ramas o no los cercaban de ninguna manera, Las vacas se morían de sed en tiempos de sequía; hemos cavado centenares de po- zos e instalado molinos y bebederos y jagiieles arti- ficiales; despilfarro a los ojos de los que no pueden sufrir O progreso. Nuestros peones vivían co- mo los indios, en ranchos de paja y barro; les hemos construido casas, y llevádoles escuelas, y dobládoles los sueldos; crimen para los que tienen alma de ne- greros, Y hemos contratado colonos, y arado la pam- pa, y dilatado cien leguas al sur los campos de cultivo; insensatez, según el criterio de los que ga- naron fortunas vendiendo cueros y sebo y tasajo, y comían pan hecho con la harina de Estados Unidos, y AO que este país no podía ser nunca agrÍ- cola,

—Es verdad. Ahora parece increíble que eso se haya sostenido en la Argentina. Continúe, Adalid.

—Para hacer todo eso, no bastaban las rentas. ¡No- sotros no hemos tenido nunca rentas! Un año te- níamos ganancias; al año siguiente, pérdidas, No importa; ¡adelante! A los diez años el balance nos decía que nuestro capital se había triplicado, Sólo que, para aprovechar esa ganancia, habría sido ne- cesario vender los campos valorizados por los culti- vos, y salir a disfrutar los patacones. ¡Adelante, siem- prel Veinte años. Figurábamos entre los grandes terratenientes del país. Aparecíamos los primeros en todas las listas de beneficencia. ¡Ay de nosotros si hubiéramos negado lo que parecía "obligatorio dar! Eramos los latifundistas, denunciados en las Cáma- ras y en los pasquines. Y los impuestos llovían sobre nosotros, Nuestros balances arrojaban pérdidas. To- davía hubiera sido tiempo de salvar la mitad de la fortuna, sacrificando la otra mitad. Preferimos hipo- tecar confiando en el porvenir. Hemos luchado

103

- treinta años; hemos creado riquezas enormes; y hoy nos confesamos vencidos, —¿Quienes son los vencedores? Adalid miraba la alfombra; parecía no haber es- cuchado la pregunta. Se confiesan vencidos; pero, ¿quiénes son los - vencedores? La crisis es universal, y a todos ha empobrecido, o es asíl ¡Los vencedores son los que no han trabajado: los que han vivido a expensas de los demás! Eramos cuatro hermanos; los tres mayores, un ejemplo de laboriosidad, según decían las gen- tes; el menor, un calavera vividor, Redujo a di- nero su herencia y se marchó a Europa. Ha vivido fastuosamente de los intereses de sus hipotecas. Sólo viene de tarde en tarde al país, rezongando y criti- cando. Hoy tiene veinte millones, y puede comprar los campos y las casas de sus hermanos, por la cuarta parte de lo que hemos invertido en mejoras. Y re- venderlos antes de cinco años por el doble; y seguir prestando dinero a los que trabajan y aguardarlos en la encrucijada de otras crisis, para estrangular- los. Mi hermano, por instinto, ha adoptado la polí- - tica de los judíos. No labrar la tierra, no criar ga- nados, no construir ferrocarriles. Y si alguna vez se - queda con los bienes de un deudor es para reven- derlos en cuanto mejoren los precios, Su fuerza es el dinero líquido. Y algo más: es la herramienta con que elaboran las guerras y las crisis. No creo que un individuo pueda provocar una crisis ni una guerra. -—Un individuo, no, ciertamente, Pero muchos in- - dividuos; animados del mismo espíritu, con medios _ultrapoderosos y dirigidos por una autoridad ocul- ta, omnipotente y universal, ¡síl... -—¿Y qué autoridad existe omnipotente, universal ; oculta? _Adalid observó el vivo interés con que el presi- _dente lo escuchaba y retardó la respuesta. Oíase en

la antesala el rumor de las conversaciones y la voz falsa de Zacarías Blumen,

Adalid sonrió.

—Ese es uno de los responsable de la crisis.

—¿Su cuñado Blumen?

Sí, señor, Esta crisis es una vasta maniobra ju-

para ahogar la civilización cristiana.

—¿Blumen es judío?

—Sí, señor, aunque no ande bien con la Sinagoga, donde predominan Kohen y los Meyerbeer, enemi- gos de los Rheingold, que Blumen representa,

El presidente aguzó la atención, Adalid prosiguió:

—Los judíos son los banqueros del mundo, No hay gobierno que no sea su deudor. Poseen las tres cuartas partes del oro que existe. Y el oro es la base de las monedas y, por lo tanto, del sistema banca- rio de todos los países civilizados. A una señal del Gran Kahal, de Nueva York, que es la autoridad omnipotente y oculta que mueve este colosal meca- nismo, retiran de la circulación parte de ese oro, Sobreviene el pánico y, como resultado, la crisis, que luego los economistas llaman crisis de super- producción. Manera hipócrita de desacreditar a los que producen, para que el mundo no se fije en los que atesoran. ¡Superproducción! ¡Qué casualidad! Al mismo tiempo se ha producido con exceso: baca- lao en Noruega, estaño en Bolivia, carne en la Ar- gentina, automóviles en Detroit, perlas en Ceylán..... No faltan gobiernos que caen en la trampa; limitan la producción; prohiben sembrar; destruyen cose- chas, Y entretanto media docena de personajes aca- 2d por precios viles las más nóbles e indispensa-

les riquezas del mundo.

Cuadro sombrío, pero tal vez exagerado, amigo Adalid,

ón este momento, señor, las mejores propieda- des de esta gran ciudad, las más ricas estancias de la república, van cayendo, por cuatro reales, en po- der de los acreedores hipotecarios, judíos nueve

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nm

veces en diez, porque son los únicos que tienen di-

nero disponible.

—¿Usted cree que eso es injusto?

—Si, señor; más que injusto, inicuo,

—¿Quiere explicarme por qué es inicuo el que un hombre previsor, judío o cristiano, se aproveche del mayor valor que adquiere el dinero en tiempos de crisis? ¿Acaso considera usted inicuo que el dueño de un campo, en tiempo de prosperidad, lo venda por cinco veces el precio que pagó?

Adalid pareció vacilar y el presidente insistió:

—¿No es el oro una mercancía?

—Sí, señor. Pero desde que la estupidez de los cristianos ha consagrado la doctrina judía de que el oro sea la garantía universal de las monedas, ha dejado de ser una mercancía como las demás, Con- vertido en el metro con que se miden todos los otros valores, ya no debiera ser propiedad particu- lar de nadie; es una función social, El retirarlo de la circulación para hacerlo escasear artificialmente y aumentar así su poder adquisitivo, será un delito en las leyes futuras, aunque esté permitido en las actuales,

El presidente dijo en voz baja:

—Voy encontrándole razón: el alza del oro aplasta a los productores y a los trabajadores, que son las nueve décimas partes de la fiumanidad.

—Considere, presidente, el caso mío; hace veinte años, un suizo, M. Sandoz...

—Lo he conocido; gran estanciero en la provincia.

—Efectivamente. El me prestó un millón de fran- cos.

—¿Vive todavía?

—Sí, señor; vive en Berna, Pues bien, para reunir la suma vendió dos mil novillos, y me entregó el dinero. Durante veinte años he pagado religiosa-

mente el 8% de interés, Y ahora debo reembolsar

el capital. Como no tengo dinero líquido, he pro-

puesto a mi acreedor que reciba otros dos mil no-

«villos de la misma clase que él vendió. Me ha con- 106.

testado que debo entregarle diez mil novillos, por- que los animales que entonces valían quinientos francos suizos, ahora no valen cien. Después de ha- berle pagado por intereses un millón seiscientos mil francos suizos, tengo que devolverle cinco veces más de lo que me prestó,

—;¡A causa de la baja de los productos! —murmuró el presidente, impresionado por aquello que no era un apólogo, sino una ruda verdad, el retrato fiel de muchos estancieros argentinos.

—¡No, señor! —replicó vivamente Adalid—, A cau- sa del alza del oro...

—¿No es lo mismo?

—¡No, por cierto! Lo primero es echarle la culpa de la crisis a los productores, al trabajo fecundo que crea riquezas. Decirles: ¡Insensatos! ¡Habéis trabajado de más! La abundancia que vosotros creáis ha empobrecido al mundo, ¡No sembréis! ¡Destruid lo cosechado!

y lo segundo?

—Lo segundo es situar la cuestión en su verdade- ro terreno. La razón de la crisis es el alza del oro, Gracias a ella, un prestamista estéril, que nada crea, devora cinco veces más de lo que ha prestado.

Adalid hizo una pausa, para añadir:

¿No es absurdo haber hecho medida universal de todos los valores, a la cosa más variable en su pro- pio valor, que es el oro? ¿Y no es criminal haber atribuido a una sola cosa en el mundo, el oro, el poder de cambiarse contra cualquier otra cosa 0 mercadería, poder que no tiene ningún otro bien sino el oro? De lo cual resulta que los que tienen el oro, y ya sabemos quiénes son ellos, pueden dis- poner, comprando (o, mejor aún, negándose a com- prar), del valor de todas las otras mercaderías, mientras que los dueños de éstas, por necesarias que sean, trigo, lana, carne, no pueden cambiarlas, si los dueños del oro lo han sustraido de la circula- ción para que nadie pueda comprar...

roles.

—Discúlpeme, presidente, si le he tomado más o del que pensé. No tengo nada que disculparle; me ha interesa. no olvidaré sus palabras. tampoco éstas, que acabo de leer en in libro judío: “Un paso más, y la serpiente simbó- cerrará su círculo. Y cuido el círculo esté ce-

, rodeará a todas las naciones con cadenas in- ctibles.”

viejo estanciero salió, y durante un rato el pre- te quedó solo y pensativo,

VI “Mi raza es la suya”

Altas horas de una noche primaveral. Por la calle Arroyo, en su gran automóvil norteamericano, Za- carías Blumen volvía a su casa, próxima al Retiro.

Abrió su puerta con una llavecita norteamericana como su coche y en un ascensor, también norteame- ricano, subió hasta el segundo piso, donde tenía su dormitorio.

Nadie lo sintió llegar.

La brisa, embalsamada por los jacarandaes en flor, le trajo las armoniosas campanadas de la Torre de los Ingleses.

—¡Las tres! ¿Habrá venido mi hija? ¡Seguramente ya irá por el quinto sueño! ¡Vamos a espiarlal

Hall de por medio hallábase el departamento de Marta Blumen, quien podía entrar y salir por su propio ascensor sin que nadie lo advirtiera,

Su dormitorio, vacío de muebles inútiles, y sen- cillo de apariencia, era extraordinariamente rebus- cado y suntuoso.

Un artista norteamericano, traído especialmente de Nueva York, había imaginado su decoración.

Las lisas paredes en forma circular, enduidas color de ceniza. La cama de largueros invisibles, a dos cuartas del suelo, ovalada como una mesa, tendida de muselina dorada,

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El piso de mármol de leche, lustrado y casi cu- bierto por inmensas pieles de cebra, reunidas de tal manera que sus manchas electrizaban los ner- vios,

Una chimenea de acero cromado y arriba un cua- dro estupendo del gran pintor boer Van Riits, que representaba la imaginaria lucha de una cebra con un tigre, A

Una mesa de cristal negro, una lámpara de porce- lana blanca y ligeras cortinas de lona, que a la difusa claridad del techo despedían el cálido res- plandor de las velas de un buque en mares africa- nos,

¡Ah! Sobre la cabecera, un exangiie Cristo del Greco.

El lecho estaba intacto.

—Pero, ¿a qué hora duerme esta criatura? —ex- clamó Zacarías—. Es la última en acostarse y la pri- mera que se levanta. Tendré que intervenir en sus asuntos...

Con esto se volvió a su habitación y se metió en la cama, y se puso a cavilar, Se había dejado mor- der por la ambición política. Quería ser presidente de la República.

¿Cuánto le costaría? ¿Un millón, diez millones?

La candidatura de Fernando Adalid podría ser un obstáculo insalvable,

Pero tenía en su mano el poder de destruirla, Sabía que el Banco de Sud América estaba en mala situación, por haber concedido muchos préstamos a los ganaderos argentinos, y esos créditos se habían congelado.

Echando a pique el Banco de Sud América, se hundiría la candidatura de su presidente, Fernando Adalid.

Pero existía otro obstáculo: la hostilidad del Gran Kahal.

Blumen era rico, pero odiado por la judería por- teña, sobre la que ahora dominaba Mauricio Kohen.

Era necesario destruir a Kohen y apoderarse del

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Kahal. Para ello tenía que intrigar en Nueva York, desde donde se impartía el movimiento a la inmen- sa maquinaria judía del mundo entero. ;

Revolviendo estas ilusiones se durmió, a tiempo que Marta llegaba, en liviana compañía de amigos,

Frisaba en los veintiocho años, y aunque pasaba por la más elegante muchacha porteña y el mejor partido de la ciudad, no tenía novio ni apuro en tenerlo,

—Me casaré cuando cumpla treinta y cinco años —declaraba—. El amor es bueno, pero es mejor la libertad.

Naturalmente, no sabía lo que es el amor y poscía una idea ingenua de la libertad. Imaginábase libre desde que ni su padre, ni sus criados averiguaban la hora en que volvía, ni con quién, ni en qué boíite había cenado; ni en qué dancing había bailado; ni cuáles eran sus cocktails preferidos, mi los cigarri- llos que fumaba.

Libre, porque un día eligió a su arbitrio la marca de su automóvil, y otro día conquistó el diploma de piloto aviador, y adquirió un avión, como otras muchachas compran una tímida voiturette,

Poseía una sólida certidumbre de que, habiendo hecho Dios el mundo para que criaturas como ella lo usen hasta el forro, nunca les pedirá cuenta de sus actos, ¿Con qué derecho, pues, podrían pedír= sela los hombres y fijar límites a sus deseos?

Mas conviene aclarar que tales pensamientos eran demasiado aburridos para Marta Blumen, que pro- curaba ahuyentarlos, Hay ideas que no caben en una hermosa cabeza platinada.

Al acostarse, por costumbre se santiguó, y su último pensamiento fue que apenas la dejarían dor- mir cuatro horas, ya que a las ocho, en punto, la despertaría por teléfono un desconocido. Esto la hizo sonreír,

La primera vez él se limitó a darle los buenos días. Ella cortó la comunicación, pero se quedó intriga- da, pues el número de su teléfono era secreto de

cd

Ps personas. El segundo día, a la misma a, igual llamado,

—¿Quién es usted?

—No me pida mi nombre, Marta...

—Entonces, no sigo la conversación.

El tercer día, Marta se recordó antes de las ocho ti no bien sonó la campanilla, cogió el tubo y ha-

la primera.

—No me diga su nombre. Dígame sólo cómo ha sabido el número de mi teléfono. Si no me contesta inmediatamente, voy a cortar la comunicación y pe- dir hoy mismo a la empresa que me cambie la línea.

Obtuvo por toda respuesta una carcajada inteli- gente y suave, que la fastidió,

—¡Decídase pronto! ¿Tiene allí su reloj? ¡Le doy medio minuto de plazo!

—¡Por favor, Marta! Me ha pedido dos cosas: ayer, mi nombre; hoy, de qué manera he sabido el nú- mero, No por cuál de las dos comenzar, ¿Cuál le interesa más? ¿Mi nombre o esa historia de su teléfono?

—¡Qué torpe es usted! Con sólo una adivinaré la otra.

—Confía demasiado en su propio ingenio,

—¡Perfectamente! —replicó ella airada—. Si no me explica en el acto cómo ha sabido mi número, hoy mismo lo haré cambiar,

El se volvió a reír, Y ella cortó la comunicación, y horas más tarde fue a la Compañía de teléfonos a pedir otro número,

Cuando se anunció, un ordenanza la condujo al despacho del presidente, Marta, sorprendida, pero halagada de que diera tanta importancia a su pe- queña gestión, se dejó guiar.

Conocía de nombre y aun de vista a Mauricio Kohen; pero debía ser el único hombre importante que nunca se había hecho presentar a ella, Enemis- tad entre él y su padre, rivalidad de negocios tal vez. Lo admiraba de lejos, deseando que el azar se lo entregara. ¡Bendita, pues, aquella ocasión!

112

El la aguardaba de pie, en la puerta del regio des- pacho, En sus pardas pupilas había un rayo de luz burlona, que la desconcertó; pero en su actitud, una perfecta corrección,

—Señorita Blumen, no tengo el honor ni siquiera de conocer a su padre, pero, ya que usted en per- sona viene, no he querido perder la oportunidad de atenderla yo mismo.

Marta le dio la mano y le explicó su asunto, Mau- ricio Kohen sonreía de tiempo en tiempo,

Un hombre como ése, tranquilo y dominador, le habría gustado para novio, Sensible a su belleza, capaz de amarla apasionadamente, pero también de domar a la criatura rebelde y caprichosa... ¿Por qué se le ocurrió que él era capaz de eso?

—Antes de cambiar su número, ¿no prefiere saber quién es el desconocido, madrugador e indiscreto?

¡No! Se pondría orgulloso, si supiera que ando en esas averiguaciones.

ls que no se lo diríamos,

No creía posible que con los teléfonos automá-

No es fácil, en obsequio a su tranquilidad. .. De oso no Made mi tranquilidad. Prefiero no hablar más del asunto. Hágame dar otro número, y quedamos en paz,

¡Con qué gusto va a dormir toda su mañana! —ex- selamó irónicamente él, escribiendo en un papelito—, ¿Lo agrada éste?

¡Ah! ¡qué lindo número! Y fácil de recordar. Lo que llaman los españoles un capicúa.

—¿Qué es eso?

Todo número que puede leerse de izquierda a derecha, o de derecha a izquierda; por ejemplo, óste: 1221... ¡Capicúal

—¿Sabe que tiene un modo muy lindo de decir capicúa? No deje de pronunciar esa palabra delante de un espejo... ¿Quiere decirla de nuevo?

—¡No! Si usted no fuese persona de tanta seriedad, creería que se burla de mí...

113

—¡Oh! Es la primera vez que le hablo y me pa-

rece que la he tratado siempre,

A me ocurre lo mismo. ¡Qué raro que nunca nos hayamos conocido, habiéndonos encontrado en tantas partes!

Por la frente de él pasó una sombra,

—Voy a explicarle, ¿Podemos tener otro secreto, los dos, Marta Blumen?

—¿Otro secreto? Pienso que no tenemos ninguno todavía,

—Sí, el número de su teléfono, que solamente co- nocemos usted y yo. Y el primer secreto, entre una mujer como usted y un hombre como yo, es la pri- mera complicidad, Por allí se comienza.

—Probablemente nunca más nos veremos.

El desvió la conversación,

—No me ha dicho, señorita Blumen, qué razón le dio su desconocido para ocultarle su nombre,

—¡Ah, síl Me aseguró que sería peligroso revelár- melo,

—¿Para quién?

—No alcanzó a decirme tanto,

—¿Y usted creyó?

—¡Qué he de creer! Pienso que fue una escara- MUZA,

El callaba, contemplándola con admiración, y de pronto, como si oyese una voz que desde el fondo de los siglos le dictaba palabras eternas, le dijo.

—“Morena como las tiendas de Cedar, como los pabellones de Salomón...”

—¿De quién está hablando?

—“Sus labios como cinta de púrpura...”

—¿A quién se refiere?

—¿No ha leído el Cantar de los Cantares?

—No he leído nada... ¿Eso está allí? ¿A quién se refiere?

—A la Sulamita, pero...

—Continúe; me ha dado curiosidad.

—Podría referirse a usted, morena, con labios de púrpura.

114

—¿Acaso la Sulamita tenía cabellos platinados? —Tal vez. Entre las mujeres de mi raza, que es la suya, ese matiz de cabellos no es raro.

—¡Mi raza! ¡Su raza! ¿Qué quiere decir? AS —Usted es judía, como yo... Supongo que no lo niega, A —Tampoco lo confieso... ¡Qué yo lo que soy! —¿Le disgustaría que la tuviesen por judía? w —Nadie me ha dicho nada. Es la primera vez que se me ocurre que pueda serlo,

—¿Eso le preocupa?

—No; yo no tengo prejuicios de raza...

El posó en los ojos verdes una mirada magnética y le dijo lentamente:

—No es bastante, Marta Blumen. Debería tener el orgullo secreto de ser judía,

Marta sintióse inquieta. Los ojos de él se le hicie- ron antipáticos, y respondió:

—¿Un nuevo secreto entre los dos? ¿No le parece. que para una primera conversación hemos hablado bastante?

. Mauricio Kohen le estrechó la mano, m HE EN Blumen, que su desconocido ya

mo "lazo! A ] “¿De yeras? ¡Lo había olvidado! —exclamó ella con coquetería, y salió. A

Un minuto antes de las ocho, sin alzar la cabeza de la almohada, miró burlonamente a su teléfono.

—¿Hoy me dejarás dormir, mi desconocido?

Apenas había formulado su advertencia, la campa- nilla se puso a vibrar,

—¡Oh! ¿Qué significa esto?

—Buenos días, Marta Blumen... No esperaba co- municarme con usted... Temía que hubiese cam- biado el número, como ayer me dijo.

—Pero, ¿a qué número ha llamado, mi perseguidor

—Al de siempre.

—¿Y ha obtenido comunicación?

—¡Ya lo ve!

16

—Pues le juro que yo misma fui ayer a la Com- pañía y lo hice cambiar.

—La atendería algún empleado distraído: no han cambiado nada.

—¡No, señorl Me atendió... Pero, ¿a qué estoy dándole explicaciones? Hoy será la última vez que me hable, si no se nombra,

—Ni me nombraré hoy, ni será la última vez que la hable.

—¡Usted está loco!

—Es cierto... ¿Qué hombre de corazón, en nues- tro Buenos Aires, no está un poquito loco por Marta Blumen?

—¿Y para decirme esto me despierta a las ocho?

—Perdóneme; hoy la dejaré dormir... ¡Hasta ma- fanal!

—¡Hasta nunca!

—¡Hasta mañana! —replicó el desconocido.

Trémula de indignación, hojeó la guía de los te- léfonos. ¡El imbécil de Mauricio Kohen! ¿Para qué compararla con los pabellones de Salomón y elogiar la ra de sus labios, si había de olvidagie ne pronto! ps

—El señor presidente —le respondió la (ini ta— no llega nunca antes de las diez.

—Pues dígale al señor presidente, de parte de Marta Blumen.... No, usted no es capaz de transmitirle mi mensaje... Le hablaré luego.

En vano quiso ella irritar a Kohen, increpándolo. El tomó el asunto con mucha calma, y le pidió mil perdones, Confesaba una distracción: no volvería a suceder,

—¿Se olvidó usted de dar curso a mi pedido?

—Sí, señorita; de nuevo le pido perdón. Y espero que mañana su indiscreto desconocido no la des-

pertará, —¡Ah! Yo también lo espero. ¡No faltaría más! Adiós!

Por fin estaba segura de que el odioso llamado no $0 repetiría, Una indefinible inquietud la despertó al quinto día. ¡Qué fastidio, sentirso pendiente de aquel pequeño tirano que la acechaba desde su cabecera! El otro le había dicho ¡hasta mañanal, ella, ¡hasta nunca! Podía ganar la apuesta levantando el auricu- lar. Pero eso no era fair play, como dicen los ingle- sos, juego limpio. Y no le satisfacía ganar con trampa. Miró el reloj. Las ocho. El animalito negro per- manecía mudo, a —¡He ganado! —murmuró con pueril satisfacción=. Perdió mi pistal... ¿Llegaré a saber nunca quién a sido? ¿De veras está enamorado de mí? Todos dicen lo mismo, y no le creo a ninguno. —¡Triiinnn...! —¡Mi teléfono! Me da ganas de llorar y de reír- me... ¿Quién llama? —¡Buenos días, Marta! ¿No me reconoce? —Reconozco la voz de mi desconocido. —¿Está segura de que soy su desconocido? —¿Quién otro podía ser? Reconozco su voz y su nudacia, —Agregue “su locura”... Porque estoy loco. Usted me lo dijo ayer, y estoy empezando a creerlo, —Y yo, que se lo dije, no lo creo. Si lo creyera... —¿Qué ocurriría? =Si lo creyera seguiría la conversación, Ahora con una tijera voy a cortar el alambre para siempre. Ha tenido usted la virtud de hacerme odioso el teléfo- no. Ya ni siquiera me interesa su nombre. —¡Qué lástima! Hoy estaba dispuesto a decírselo. —¡Es tarde! Ya no me importa. —¿Tampoco le interesa saber cómo he acertado con su nuevo número? —Eso sí. Soy capaz de perdonarle si me demuestra que ha gastado ingenio y valor en conseguirlo,

17

—¡Romántical Desgraciadamente, no hay nada de eso, Y es increíble que no haya adivinado quién es su desconocido,

—No, no he adivinado.

—No lo diga a nadie; se reirían de usted, Marta Blumen...

—¡Ahora se burla de mí! Es lo que yo merecía por seguir estas estúpidas conversaciones. Vamos a acla- rar de una vez: mi número de antes no lo sabían sino tres o cuatro personas, mis íntimos...

Sí, y algunos empleados de la Compañía Tole- fónica. ..

—Es cierto; pero hoy mi nuevo número no lo sabe nadie sino yo...

—¿Nadie sino usted?

A síl Nadie sino yo y usted... Mauricio Ko-

¡Con qué ira los filosos dientes de Marta partie- ron por la mitad aquel nombre! Se oyó la risa de Kohen y esta furibunda exclamación de ella: —¡Se burla y se ríe de míl No me ha ocurrido ja- más tan ridícula aventura... ¡De veras, señor Ko- hen, lo detesto!

—Sí, lo comprendo; no merezco otra cosa, Pero acabaremos por ser muy buenos amigos, Siento sólo haber perdido cinco días en esta emboscada, —¿Por qué no me dijo antes su nombre? —replicó ella, tan resentida que se la habría creído a punto de llorar.

—¿Acaso me hubiera prestado más atención?

—No sé; probablemente no: me resulta ahora te- rriblemente antipático. No debiera decírselo, pero las palabras se me forman solas al borde de los labios...

—¡Como cinta de púrpura!

—¡Ah, no! Eso no puedo permitirle. Usted, que apenas me conoce, me trata como a una camarada,

us

—He perdido cinco días, Marta; déjeme recupe- rarlos,

—Y es necesario, además, que me explique por qué me dijo el primer día que el darme su nombre era un peligro... ¿Peligro para quién?

—No piense más, ahora que lo sabe.

—¿Fue una farsa?

—No, Realmente, no debe decir a nadie que habla conmigo.

—¿Peligro para quién? ¿Para o para usted?

El pequeño ser negro permaneció callado, Marta, impaciente, reclamó la respuesta, golpeándolo, Y escuchó entonces no la ligera y burlona voz de su desconocido, sino la viril y armoniosa de Mauricio Kohen, aquel a quien ella desde el primer momento hubiera=amado, si él hubiese querido.

—Tengo muchos secretos que comunicarle, El vier- nes, dentro de tres días, la hablaré, Pero esté dis- puesta a salir.

—¿Salir a las ocho de la mañana?

Í; ¿eso la asusta?

—Es ridículo...

—Lo que usted hace, Marta, nunca es ridículo, y en Buenos Aires acaba por entrar de moda,

—¿Se trata de lanzar la moda de salir a las ocho de la mañana?

—No, porque nadie lo sabrá. Y es indispensable guardar el secreto más estricto...

—¡Por Dios, señor Kohen!...

—No gaste ceremonias; digame Mauricio, como a un camarada...

—Todavía no lo merece, Me ofenden tantas pre- cauciones, tantos secretos...

—Nada más que uno, que comprende todos los eN su relación conmigo no debe conocerla na-

10,

Marta Blumen sintió la atracción de una misteriosa aventura, y acabó por responder;

m9

bien. ¿Adónde os? úlpeme que hoy sea yo el que corte la co- caci Pa LS des die tren. Esta no- estaré a cien leguas de aquí. ¡Hasta el viernes! joven se quedó intrigada. Hubiera deseado ntar a su padre qué clase de rivalidad había e ambos; pero una extraña aprensión la con-

Pasó dos días, y el viernes se despertó antes de la A las ocho en punto sonó su teléfono. lo

Miro: ape vez Marta Blumen aguardaba aquel con

romántica impaciencia.

VIL La señal del Anticristo

—Muchas veces oirá decir, Marta, que ha pasado la época en que se podía hacer fortuna, Que ahora no hay negocios.

—Supongo que eso no es cierto, porque mi padre hace todavía buenos negocios.

—¡Tenga compasión, Marta! El vigilante me va a “anotar a mí, que soy el dueño del auto, una multa por exceso de velocidad... Conduce muy hard i es muy impetuosa, La gente se queda admi:

—O maldiciéndome... ¡Vea cómo gesticula ese viejo!

—¡Su padre hace buenos negocios, ya lo creol ¡Dentro de cinco años tendrá cien millones más!

—¡Feliz mortal! ¿Y es el único?

—No, ciertamente. Hay otros que hacen negocios tan buenos como él. E

—¿Quiénes son?

Si le digo nombres, va a creer que recito una página de la Biblia: Jacobo, Salomón, David, N tali, Eleazar. e

—¿Todos judíos?

—Sí. Pero, ¿qué culpa tenemos los judíos, si los cristianos no saben de negocios? %

Marta se echó a reír y él prosiguió: E

—Cuando pase la crisis, los arruinados y los que

siempre serán pobres se lamentarán, con la eterna excusa: También nosotros pudimos comprar títulos a la mitad de su valor, y casas por la quinta parte, pero no tuvimos dinero,

—¡Esa es la gran razón! No basta ver un negocio: es necesario tener dinero para hacerlo.

Mauricio Kohen mencó la cabeza.

Solamente un bolichero hace negocios con di- nero propio, El financiero los hace con el ajeno. Si el asunto marcha bien, ganan el financiero y su cliente; si sale mal, sólo pierde el cliente. La cues- tión es descubrir un negocio y a la vez un cliente con plata, y embarcarlo.

—¿Sabe que me asombra su cinismo?

—Pregúntele a su padre si no ha hecho él así.

—No lo dudo, pero usted...

—Yo, como los otros. Estoy lejos de ser rico. Al lado de su padre soy un mendigo. Pero antes de dos años o él o yo habremos quedado tendidos en la arena. El vencido valdrá cero,

Marta no pudo disimular que la impresionaban aquellas palabras. No había en Kohen ni jactancia, ni cinismo, Era una franqueza brutal, expresión de fuerza consciente y segura.

—¿Y cuánto valdrá el vencedor?

—Lo que usted quiera, Cien, doscientos, quinientos millones. A esa altura, la cifra no tiene importancia. Lo que importa es la posición: se es el primero, es decir, el jefe, o se es uno de tantos.

—¿Y usted piensa vencer a mi padre? '

—yL

—¡No lo vencerá!

¿Por qué? rque usted habla demasiado y él sabrá pre- venirse, —¿Pero cree, Marta, que esto se lo he dicho yo a alguien? , Sí, a mí. —A usted sí, pero es la única persona que lo oirá. A usted, porque va a ser mi aliada.

122

PAI AO

—¡Qué desatinos está diciendo! ¿Yo, aliada suya en contra de mi padre? ¿Y por qué razón?

El la envolvió en una mirada fanática.

—He dicho mal; no será mi aliada, sino la aliada del Kahal.

—¿Qué es el Kahal? >

—El solo hecho de que usted no haya vído hablar y nunca del Kahal atestigua en contra de su padre. $ El, y no yo, debió iniciarla en el judaísmo.

Marta, confundida y asustada, replicó: ?

—Entonces, no me diga nada; le preguntaré a él.

—Ya no es tiempo de preguntarle. Yo le explicaré, | y usted me guardará el secreto.

El auto llegaba en ese momento a la avenida de La Plata, y tras una violenta curva tomó por la calle Directorio hacia los mataderos de Nueva Chi- cago.

En aquel lejano rincón de la ciudad, cerca del Fri- gorífico Municipal, donde se matan diariamente cuatro mil novillos y vacas para que la inmensa . población, carnívora hasta el despilfarro, tenga las mil toneladas de carne que consume dentro de las veinticuatro horas, se codean el estanciero que venido desde su campo para vender un lote de dos- cientas reses, el tropero que las trajo arreando con sus peones, el rematador que con su martillo de marfil las adjudicará al resero que las compre, el matarife que las carnea, el pobre diablo que espía una changa, y cien tipos más, unos ricos, otros po- bres, sin que'pueda afirmarse que a tal rico no lo desplazará ése que vemos en mangas de camisa, manchado de sangre, y si el revólver de aquél no se medirá con el gran facón que éste lleva cruzado a la espalda.

Porque todos allí sienten la vocación de los nego- cios, y de entre ellos la suerte elige a sus favoritos.

A ciertas horas cruzan la calle y se van a comer un bocado y a beber un vaso de vino. El comedor es grande, Mesas diseminadas; los comensales se arriman sin cumplimientos, Unas tienen manteles,

123

otras no. Lo mismo da. Los ventiladores del techo agitan sus paletas para ahuyentar las moscas y ali- gerar el humo. Huele a carne asada.

La famosa parrilla criolla está a la puerta, para que todos puedan elegir el trozo predilecto,

Un gran fogón con campana; una simple reja de hierro, sobre muchas brasas de algarrobo; los chin- Chulines, la tripa gorda, las mollejas, las costillas, el matambre, asándose en suculentos pedazos, que el cocinero pincha y remueve con un gran tenedor,

Extraño privilegio de la cocina criolla: no pense- mos que esos rústicos manjares, aderezados de un modo primitivo, puedan comerse en los hoteles de lujo. Los ofrecen, pero son cosa bien distinta y uno exclama con decepción: “¿Y esto es una parrillada? ¡Pues no vale la pena!”

Porque tales condumios, fríos o recalentados, en nada se parecen a los crepitantes chinchulines, al sobrio matambre, a la suculenta tripa gorda, a las tiernas mollejas, al clásico asado de costillas, man- jares de reyes, pero que los reyes han de comprar por treinta centavos, y comer en mesas así, codeán- dose con personajes de esa laya.

Como varíen el precio, la compañía y el lugar, la parrilla pierde su sabor.

Mauricio Kohen hizo a Marta por teléfono la des- cripción del ambiente y picó su espíritu de aven- tura.

—Allí —agregó— nadie la reconocérá.

Sentados en el ahumado comedor, el mozo, en mangas de camisa, resplandeciente de sudor, les pro- puso unos chinchulines asados al minuto.

—¿Son frescos? —preguntó ella maquinalmente,

—¡Oh! Tan frescos, señorita, que si se los muestro ahora, se los come crudos...

—Bueno, que vengan.

—¿Y una ensaládita de cebolla y tomate? ¿Y una media botella de vino de la casa? ¿Y un poquito de salchichón de chacra? ¿Y café?

=Sí, traiga de todo; ya veremos,

YA

So habían sentado en un rincón. Precaución inne-

cesaria. Había allí cincuenta tipos de todo jaez, que discutían o cavilaban en sus negocios, pero ni uno solo se dignó mirar a los elegantes señores del co- che amarillo,

—Explíqueme ahora, Kohen, por qué me dice que soy de su raza.

—¿La he ofendido?

Marta se ruborizó. Era judía, por la familia de su padre, mas no le gustaba confesarlo, porque en la alta sociedad tenían por advenedizos a las gentes de esa nación.

—No, no soy judía, ¿Quiere que un día le muestre mi fe de bautismo? ¡Soy católical

—Eso no es nada. Yo también fui bautizado. A los veinte años me bautizó un obispo, que está muy orgulloso de mi conversión.

—A mi padre también lo bautizó un obispo, y lo casó el Arzobispo.

Mauricio Kohen miró los ojos verdes y, como quien hace la primera confidencia a un camarada, le su- surró:

—El judaísmo es indeleble: no hay bautismo de agua ni de sangre que lo borre. Los apóstatas de ER religión “son raros. Muchos fingen abando-

«marla para servirla mejor, Solamente un verdadero renegado conozco yo en Buenos Aires...

Convicción y orgullo, y no cinismo, trascendían sus palabras. Ella lo contempló con admiración. Aquel hombre joven y fuerte, sin prejuicios y sin escrúpulos, animado de una gran pasión, la aturdía, la conquistaba,

—Enséñeme. Ese renegado... ¿es mi padre?

—Sí.

Y yo, que soy de su misma estirpe, y creo en otras cosas, ¿también soy renegada?

—No, usted ignora nuestras leyes, y habla y vive

como una goy. —¿Qué es una goy? ; —Una infiel, una cristiana. Para un judío, todos los

otros pueblos de la tierra son goyim (infieles), sean católicos, sean budistas, sean paganos. Y usted ha- bla como una goy, pero es judía y acabará por sen- tirse orgullosa de ello, aunque nunca lo diga. Y más vale que nunca lo diga. Precisamente la fuerza de los judíos es saber callar, Nuestra nación vive aún, sólo porque ha sabido guardar un secreto durante veinte siglos de persecución.

Marta había probado apenas los ricos manjares que el mozo le presentara. Bebió un vaso de soda y pa- reció impaciente.

—¿Hay entre ustedes un secreto? ¿Cuál es?

También él dejó su plato, apuró su vino y pagó.

—Aquí no podemos hablar. Venga conmigo, Marta.

—¿Adónde?

—Á mi casa,

—¡Cómo! —exclamó ella, sorprendida,

Nunca sus amigos habían conseguido que acepta- se ir a tomar un refresco en sus casas de solteros o de calaveras.

—No. Yo no puedo ir a su casa.

—Tengo cosas graves que confiarle, y en la calle no es posible, ¿Qué teme de mí? >

Ella lo miró de reojo.

—Que me hable de las tiendas de' Cedar, y det . labios color de púrpura. Td a

Los ojos de él, sagaces y puros, le hicieron sentir cómo desentonaban esas palabras frivolas.

—No voy a hablarle de usted, sino de algo que vale mucho más. Ninguna mujer en Buenos Aires representa mejor que usted lo que es la belleza y la fuerza de las mujeres de mi nación. Yo la he estudiado y elegido entre mil y más de mil. Nunca usted sospechó mi persecución silenciosa, Y cuando fue el momento, porque me convencí de que era la que buscaba, me puse en relación con usted, sin ningún intermediario, No dirá que he perdido el tiempo.

La mano de él oprimió la de ella, aferrada al vo- lante,

126

Ao

—¡Vamos a mi casal

Imperiosa dulzura la de su voz y la de su gesto, Como livianas hojas de otoño volaron sus escrúpu- los, Quedó el alma desnuda y temblorosa. Por pri- mera vez en su vida, Marta sintió las corrientes de su sangre judía, y se estremeció al oír misteriosa exclamación:

—¡Hacia la parte de Dan se escucha ya el relincho de los caballos!

—¿Qué quiere decir? ¡Enséñemel

—Es un texto del profeta Jeremías, que anuncia al que vendrá en su propio nombre...

—Nunca nadie me ha hablado de estas cosas... ¿Qué es Dan? ¿Quién es el que vendrá en su pro- pio nombre?

—Dan es una de las doce tribus de Israel, y esas ps se refieren al Anticristo, que nacerá de esa tribu.

Marta Blumen, cegada por un rayo, murmuró:

—¡El Anticristo! El que ha de venir hacia el fin de los tiempos, a disputar a Cristo el imperio del mundo y el amor de los hombres.

En su colegio de monjas había leído una obra sobre el Anticristo, cuyo verdadero nombre se en- cierra en la cifra 666, y a quien la Sagrada Es- critura llama la Bestia salida del abismo, el Hom- bre de pecado, la Abominación de la desolación,

El eco de esas palabras, que leyó de niña, la hirió como una piedra en la frente, Ella, católica, que ha- bía recibido en la Comunión, con alma pura, el cuerpo de Cristo, ¿¡ba a renegar de El por la vana y peligrosa curiosidad de penetrar aquellos secre- tos?

¿Y quién era aquel hombre que se había apode- rado de su mano, haciéndole sentir, a través del guante, el calor de la piel? Habían cruzado apenas algunas palabras, y ella ignoraba todavía sus senti- mientos, sus costumbres, sus intenciones.

—Yo no he leído la Biblia —dijo a manera de ex-

127

4 ,r

cusa—. Yo no nada de lo que usted sabe, y sus frases incomprensibles me llenan de temor.

—¿Qué es lo que no comprende? —preguntó él con la blandura de un maestro que enseña a un niño.

—No comprendo que un hombre de negocios, ca- paz de arruinar a un rival, aunque sea mi padre, se transfigure como se ha transfigurado usted, y me hable en el estilo de los sacerdotes y de los profe- tas,

—¡Es claro! —repuso él, desdeñoso—. Usted no puede librarse instantáneamente de su temperamen- to de goy; ni alcanza a comprender la verdadera alma judía, positiva y mística a la vez, y se escan- daliza ante lo que le parece una contradicción, 70 efecto, una contradicción —repitió ella en voz

ja.

¡Inexplicable hechizo! Ella, la audaz, que amaba la independencia más que la vida, experimentaba una rara fruición en sentirse dominada y vencida. Y es que, en realidad, no había en Marta una volun- tad persistente, sino una sucesión infinita de capri- chos de niña mimada y vanidosa.

Un sentimiento fuerte, semejante al amor, aniqui- laba de repente su vanidad, volviéndola dócil y mansa, como una criatura dormida.

Y para que él no la despreciara, por artificiosa y pueril, ni siquiera intentaba disimular su emoción, parecida al espanto.

El adivinó sus pensamientos.

—¡Pobre goy! ¿Tiene miedo de saber cómo somos? Vuelva los ojos a misma, y lo sabrá sin que yo le explique nada. También en usted hay esa eterna contradicción del alma judía: Somos el pueblo esco- gido y a la vez “el de dura cerviz”, Predestinados para dominar el mundo, no tenemos patria, Nuestro libro religioso, el Talmud, es el más prolijo tratado comercial que pudiera inventar el más alevoso ban- quero. Elevamos altares al Señor, y no bien se aleja Moisés, imploramos a su hermano Aarón que nos fabrique un ídolo. Y él, Sumo Sacerdote de Jeho-

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vah, funde con sus manos un becerro de oro, “¡Is- racl, he aquí tu dios!”

—Extraño, en verdad.

—Todo tiene su clave, Marta.

—¡Muéstremela!

—Somos místicos y religiosos, pero nuestra espe- ranza está solamente en los bienes de este mundo, Ignoramos lo que hay más allá, y establecemos aquí nuestro paraíso. Dios no nos ha creado para ganar el cielo, sino para dominar la tierra. Esa es nues- tra fe. Hace seis mil años la nación espera al Mesías, nuestro rey, que ha de conquistar el universo.

Kohen observó a su hermosa compañera, que iba muda, entrecerrados los ojos, cegada por el res- plandor de la profecía.

Y el coche, guiado por su mano firme, devoraba hileras de edificios, calles tranquilas, avenidas yer- tiginosas, parques donde el calor teñía de sangre los ccibos y de violeta las copas de los jacarandaes, llenando el aire de olores del trópico.

—En esta calle está mi casa —dijo él de pronto—, Doble a la izquierda.

Ella no quiso obedecer, y pasó de largo.

—¿Qué hace? ¿No viene conmigo?

—¡No!

—¡Sí! Rodee el parque y volvamos. Lo que yo ten- go que decirle no puede ser en la calle.

—¿Qué tiene que decirme? Usted habla del Mesías que ha de venir, Yo soy católica y creo que el Me- sías ya vino, y es Cristo, que es Dios.

El la envolvió en una mirada sombría y le respon- dió lentamente, para que la blasfemia atroz mordie- ra el blando metal de su pobre conciencia:

—Cristo no es el Mesías: es el Impostor. El verda- dero Mesías, hijo de Dios, a quien los judíos espe-

ramos, para que por él se cumplan las promesas:

de la raza, es aquel a quien los cristianos llaman el Anticristo, cuyo verdadero nombre nadie sabrá hasta el día de su advenimiento.

129

El corazón de la joven latía atropelladamente. El apartó su mano y le produjo alivio. Pero volvió a apretarla, con más violencia, cual si fuera su marido o señor.

—Yo soy católica —repitió ella casi maquinalmen- te—; y creo que Cristo es Dios.

Y él asestó un segundo hachazo en la raíz de aque- lla fe vacilante,

—Cien generaciones de goyim no bastan para di- Juir con su sangre impura una sola gota de la san- gre de Israe). ¿Cómo no siente arder en sus venas nuestro orgullo inextinguible, usted que es judía desde la punta del pie hasta los brillantes cabellos de su cabeza?

Marta Blumen calló, para mejor percibir las co- rrientes de su corazón. Le pareció, en efecto, que, a pesar del bautismo, siempre había sentido una secreta repulsión hacia las creencias católicas.

Los soberbios ojos de él irradiaban tan extraña luz que ella le preguntó:

—¿Usted no es, por ventura, el que ha de venir en su propio nombre?

Kohen se guardó de burlarse y contestó seria- mente;

—Yo he nacido en Buenos Aires, y el Anticristo nacerá en Babilonia o en Jerusalén, y las mujeres no lo mirarán sín amarlo.

A las últimas palabras ella replicó, ruborizándose:

—¿Qué sabe usted de lo que pasa en el corazón de las mujeres?

El no pareció advertir su rubor.

El automóvil descendía como un proyectil por la avenida Alvear.

—Tome esta calle, Por aquí llegaremos a mi casa.

Marta obedeció. Se sentía envuelta e irremediable- mente dominada,

—¡Doble a la derecha! Esta es mi casa; vivo solo, con un sirviente... Deténgase y bajemos.

El coche se detuvo, y Marta bajó detrás de Kohen, que abrió la puerta con un llavín.

130

Hall fresco y penumbroso. Resonancia de pasos en las baldosas de mármol blanco y negro. Despacho oscuro. Ventana sobre un jardín entoldado por gli- cinas en flor.

—¡Siéntese, Marta! ¿Por qué tiene los ojos tristes

azorados? ¿No se quita el sombrero, ni siquiera los guantes?

Ella sentía la aprensión de penetrar en regiones tenebrosas y sin arrepentimiento.

—¡No solamente el camino de mi casa voy a ense- ñarle yo! Cuántas veces habrá oído la blasfemia de Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad, y la Vi- da...” ¡No! Ni el camino, ni la verdad, ni la vida están en los Evangelios, sino en este libro que ha realizado el más estupendo milagro de todos los tiempos.

—¿Qué libro es? interrogó Marta, hojeando un grueso tomo en caracteres hebraicos.

—El Talmud, muestro código religioso, político y social, mil veces más sagrado que la Biblia.

Y cuál es el estupendo milagro?

—Mantener, a través de los siglos, la fisonomía de un pueblo, Impedir que quince millones de israe- litas oprimidos por dos mil millones de enemigos se fundieran en la masa innumerable de cristianos.

—Parece un milagro, verdaderamente —dijo Marta.

—Más todavía —prosiguió él—. Gracias al Talmud, ese pueblo sin patria no tardará en dictar la ley a todas las naciones.

Marta lo miró con estupor. Empezaba a creer que eso podía ser verdad, y que la Argentina sería, antes de los tiempos del Anticristo, una esclava de la Sinagoga.

Y no se rebeló, Sintió, por el contrario, la fiereza de la apostasía dentro de su corazón de cristiana.

Mauricio Kohen prosiguió:

—Escuche y comprenda los caminos por